La guerra de liberación en los Balcanes (1939 – 1948)

Al comenzar la Segunda Guerra Mundial, Tito se hallaba en Croacia. El Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, debido a la minoría de edad del heredero entonces a cargo del regente Pablo –hermano del rey liquidado–, se mantuvo oficialmente en la neutralidad. Pero los acontecimientos se precipitaron con la invasión italiana de Albania y su avance hacia Grecia. El ejército de Mussolini embarrancó en la península helénica y solicitó la ayuda alemana. Hitler se mostró dispuesto a prestar auxilio, pero el único camino terrestre para acudir al rescate de los fascistas romanos era atravesar Yugoslavia. Las autoridades del Reino pactaron con Berlín el permiso para que la Wehrmacht cruzase su territorio. Esto fue considerado una traición intolerable por los nacionalistas serbios que, en consecuencia, dieron un golpe de Estado y depusieron al príncipe Pablo de su regencia. Elevaron al trono al joven Pedro II y le rodearon de una corte de cristianos ortodoxos que inmediatamente se lanzaron al ataque de las comunidades germanas y los católicos croatas. Hitler entró en cólera y dictó a la Luftwaffe la orden explícita de arrasar Belgrado y, a las tropas sobre el terreno, la de represaliar a los serbios con quinientos fusilados por cada alemán muerto. Las instrucciones se cumplieron a rajatabla. El rey Pedro II se exilió en Londres y los chetniks serbios se refugiaron en los bosques. Los fascistas croatas, aliados de los nazis, aprovecharon la coyuntura para proclamar un Estado independiente que aplicó la limpieza étnica proporcionalmente más brutal del continente. Impusieron la política de «los tres tercios» sobre los no católicos. A uno lo convirtieron forzosamente, a otro lo expulsaron y a otro lo asesinaron con un grado de barbarismo inimaginable. Se calcula que unos 700.000 serbios ortodoxos fueron pasados a cuchillo por los ustachas croatas.

Tito, que entonces tenía casi cincuenta años y ya era el máximo dirigente de los comunistas yugoslavos, organizó al ejército partisano en mitad de este infierno. Rodeado por los cuatro costados de enemigos feroces –chetniks serbios, ustachas croatas, nazis alemanes e italianos fascistas–, decidió iniciar su particular larga marcha, escaso de efectivos y pobremente armado, hacia las cumbres de los Balcanes. Se parapetó en las montañas y allí, entre valles y gargantas, se agigantó su figura. Por el camino se iban uniendo guerrilleros a su columna, muchos jóvenes que habían quedado huérfanos en las masacres de uno y otro bando, y veían en el líder revolucionario a un justiciero que detenía la violencia indiscriminada y entregaba la tierra los campesinos. Pese a su enorme popularidad, los nacionalistas serbios y croatas todavía se referían despectivamente a los partisanos como «el ejército de las cinco balas». Tan sólo había que esperar a que dispararan un cartucho para que se les agotara la munición. Por esta razón incluso la Unión Soviética, que estaba en guerra con Hitler desde el verano de 1941, apoyaba –por decisión de Stalin como nunca olvidará Tito– a las fuerzas monárquicas y conservadoras serbias. Sin embargo, esto cambió con la retirada de las divisiones de Mussolini que, en su desordenado repliegue hacia Italia, dejaron la mayoría de su armamento atrás. Ahora Tito comandaba a 250.000 soldados bien equipados, extremadamente disciplinados y entregados a la causa revolucionaria, que contaban con el apoyo de las masas populares.

El primero en darse cuenta del problema que representaban los comunistas yugoslavos fue Hitler. En ningún otro lugar del escenario europeo se ofrecía una resistencia autóctona tan organizada contra los alemanes. Destinó una enorme dotación de recursos para intentar derrotar a los partisanos y bloquear un posible desembarco aliado en el Adriático. Después de fracasar en su empeño tras varias operaciones militares, el Führer diseñó con su Estado Mayor una ofensiva para embolsar al principal cuerpo del ejército guerrillero y capturar a Tito. Dio la orden precisa a sus oficiales para que el líder comunista fuera ejecutado; pero no sin que antes se le rindieran honores militares. La batalla tuvo lugar en la primavera de 1943 a las orillas del río Sutjeska en el sureste de Bosnia. Una coalición de alemanes, italianos y fascistas croatas y búlgaros, cuatro veces superior en número, se lanzó contra los revolucionarios. Tito resultó herido en un bombardeo sobre su cuartel general pero salvó milagrosamente la vida porque su perro, un pastor alemán llamado Luks que siempre le acompañaba, se avalanzó sobre él y recibió el principal impacto de metralla. La columna de partisanos, si bien sufrió enormes pérdidas, logró romper el cerco enemigo abriéndose paso por el desfiladero. El Mariscal de los socialistas yugoslavos salió adelante convertido en un mito. Para aquel entonces los británicos, que tenían intervenidas las comunicaciones del Eje gracias a la máquina Enigma, ya habían enviado una misión secreta para establecer contacto con los partisanos. Churchill, que formalmente también apoyaba a los nacionalistas serbios, no obstante, sabía de primera mano que para los nazis el auténtico peligro lo encarnaban los hombres del tal Tito. Así que el premier envió al excéntrico Fitzroy Mclean, un tory aristócrata y aventurero del cuerpo de operaciones especiales, al frente de un pequeño comando que se lanzó en paracaídas, tras las líneas alemanas, una noche sin luna sobre la cima más alta de Montenegro. Los cinco aliados tomaron tierra cerca del acuartelamiento de Tito. Pronto comunicaron al 10 de Downing Street que ese individuo realmente existía y dirigía la fuerza de choque más ordenada y combativa contra el nazi-fascismo.

“Tito parecía tener un perfecto control de sí mismo. De 1,75 de altura, sus rasgos eran firmes y pronunciados; ojos penetrantes de un color gris claro; movimientos meditados y pausados; una voz calmada, sin alterar el tono en ninguna ocasión. Jamás alzaba la voz, ni siquiera para dar órdenes. Nuestro continuo ajetreo no parecía afectarle. Impecable y elegante, con manos nerviosas y delicadas, fumaba continuamente con una pequeña boquilla de ámbar que dijo haber comprado en Turquía cuando regresó a Yugoslavia desde Rusia, en 1940. Estaba muy bien informado y le gustaba hablar de los acontecimientos mundiales de actualidad, y aunque era un curtido dirigente comunista, Secretario General del Partido Comunista Yugoslavo, no era doctrinario. El aspecto más marcado de su personalidad era su capacidad para discutir sobre cuestiones actuales o históricas, como si no tuviera ideas preconcebidas sobre ningún tema. No era un ciego dirigente del partido, sino todo lo contrario. Tenía una mente extraordinariamente sutil, abierta a cualquier razonamiento”

Desde ese momento, Tito cultivó excelentes relaciones con Churchill –este permitió a su único hijo Randolph unirse a él en el teatro de la guerra continental– y se aseguró el apoyo logístico de los británicos. A finales de la Segunda Guerra Mundial, el ejército partisano contaba con 800.000 guerrilleros comunistas, organizados en cincuenta y dos divisiones, que prácticamente habían conseguido expulsar a los alemanes de Yugoslavia. Aún siendo una milicia irregular y de base popular, sin tener todavía una adscripción estatal que la respaldara, era la cuarta fuerza militar más poderosa de Europa. Cuando Stalin se dio cuenta del error que había cometido al ningunear a Tito en favor de los monárquicos serbios, ofreció a los yugoslavos el apoyo del Ejército Rojo para el asalto final a Belgrado. Los comunistas tomaron así la capital de Serbia con facilidad pero se produjo entonces el primer gran desencuentro entre yugoslavos y soviéticos. Las tropas rusas cometieron abusos contra la población local durante la campaña. Especialmente sangrantes fueron las violaciones masivas de mujeres serbias. Tito advirtió a Stalin de que no iba a permitir semejantes desmanes contra los que consideraba sus compatriotas. Al dictador soviético le irritó sobremanera esa perorata pública de Walter –siempre se refirió a él así, pues esto le rebajaba en tanto que subordinado a su indiscutible autoridad en la Komintern– contra sus soldados victoriosos. A partir de entonces, el enfrentamiento personal entre ambos no hizo sino aumentar al albur de los acontecimientos.

Paradójicamente, en el primer período de posguerra, Tito tenía mucha peor reputación en occidente que Stalin. Se le consideraba un marxista-leninista radical con un enorme potencial desestabilizador. Esto se debió a que Yugoslavia se vio involucrada en varios conflictos remanentes mientras Moscú intentaba negociar la paz y las fronteras con los aliados. Tras la caída definitiva de Berlín y el suicidio de Hitler, la última gran batalla de la Segunda Guerra Mundial en el frente europeo se produjo entorno a Trieste. Este importante enclave portuario, situado en la frontera italo-croata y que había pertenecido históricamente al Imperio Austro-Húngaro, estaba en disputa. Allí se encontraban atrincherados los últimos destacamentos de las SS a la espera de rendirse a los aliados. Stalin negociaba el estatus de la ciudad pero Tito mandó atacar a los alemanes. Los recelos contra Yugoslavia aumentaron aún más con motivo de la Guerra Civil Griega. En el país helénico se produjo una insurrección comunista en 1946. Los yugoslavos apoyaron desde el primer momento al bando izquierdista y los milicianos griegos lanzaban ataques desde los campamentos instalados en su territorio. Estados Unidos y el Reino Unido estaban persuadidos de no permitir un gobierno comunista en Atenas e intervinieron decisivamente en favor de la monarquía griega. En este contexto, Stalin prefería entregar la Hélade a los americanos para no tensionar más la relación entre las dos superpotencias y asegurarse así el control efectivo de Europa Oriental. Pero Tito no veía con buenos ojos el establecimiento de un reino conservador y anticomunista en su frontera sur. Así que optó por apoyar al Ejército Democrático Griego contra el criterio de Stalin y, para mayor estupor del Kremlin, se atrevió a derribar dos aeronaves estadounidenses que sobrevolaban sin permiso el espacio aéreo yugoslavo. La Casa Blanca clamaba contra el villano sureuropeo que desdeñaba el buen juicio de Stalin.

El gobierno provisional de Yugoslavia, en el que además de los partisanos estaban representados los monárquicos conservadores, convocó elecciones para dirimir la forma del naciente Estado tras la Segunda Guerra Mundial. Tito, considerado un héroe a la cabeza del Frente Popular, arrasó en las urnas y la asamblea constituyente depuso la corona de Pedro II y proclamó el socialismo. El nuevo líder poseía una visión paneslavista: su sueño era aunar a todos los eslavos del sur de Europa bajo el paraguas de una misma unidad multiétnica y plurinacional. Ignorando la política exterior de la URSS, que ejercía un férreo control sobre su campo de influencia, el gobierno de Belgrado inició conversaciones con Bulgaria para explorar la posibilidad de incorporarla a la federación. Este alarde de independencia agotó la paciencia de Stalin –que, por supuesto, se tenía a sí mismo como el único Mariscal del proletariado internacional– y supuso la ruptura total con Tito en 1948. El Kremlin retiró todo el apoyo técnico a los yugoslavos, decretó su expulsión unilateral de la Internacional Comunista y los excluyó de la COMECON. Esto dejó a Yugoslavia en una difícil situación de aislamiento internacional y ahogamiento económico. En un principio, buscaron apoyo en la recién creada República Popular China pero descubrieron que Mao Zedong era un mandatario de estricta observancia estalinista que reproducía las acusaciones de «social-fascismo» contra los yugoslavos. Durante este período, conocido como el Informbiro por su acrónimo serbocroata, en los partidos comunistas se desataron persecuciones auspiciadas desde Moscú contra los militantes sospechosos de simpatizar con el «titoísmo». Tito aceptó el pago con la misma moneda. En Yugoslavia se reprimió sin miramientos a los peones de Stalin. Se calcula que unas 10.000 personas fueron confinadas en la prisión de Goli Otok, una isla deshabitada del Adriático, que operó a la manera de los gulag siberianos. El jefe de la Unión Soviética se tomó la contienda con Walter como una afrenta personal y mandó varios sicarios para eliminarlo. Sin embargo, los agentes soviéticos fueron descubiertos por la contrainteligencia yugoslava y Tito dirigió un telegrama directamente a Stalin: “deje de enviar personas a matarme; ya hemos capturado a cinco, uno de ellos con una bomba, y otro con un rifle (…). Si no deja de enviarme asesinos, enviaré uno a Moscú y no tendré que enviar un segundo”. El Ejército Rojo comenzó una concentración de tropas que parecía anunciar una invasión inminente. El presidente yugoslavo utilizó sus viejos contactos en occidente y su conocida habilidad diplomática para buscar ayuda en el extranjero. Londres convenció a Washington de que era conveniente aprovechar este cisma en el campo socialista para debilitar la hegemonía de la URSS en Europa del Este. En consecuencia, la Yugoslavia comunista recibió asistencia financiera del mundo capitalista para pertrechar a sus fuerzas armadas y modernizar su economía. El Ejército Popular Yugoslavo se convirtió en la única organización militar capaz de enfrentar una ocupación del Pacto de Varsovia con alguna mínima posibilidad de resistencia. No obstante, es probable que sólo el oportuno inicio de la Guerra de Corea, en 1950 al otro lado del hemisferio, salvara a Yugoslavia de un ataque soviético a gran escala.

Continuará…

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