El camino de autogestión al socialismo (1948 – 1980)

Tito, con la concurrencia de su círculo de colaboradores, entre los que destacaba el economista Edvard Kradelj, diseñó un modelo social diferente al de los demás países del bloque soviético. Conscientes de las disfunciones burocráticas inherentes a toda planificación centralizada, decidieron utilizar los mecanismos del libre intercambio entre productores para lograr una asignación más rápida y eficaz de los recursos. No se trataba simplemente de un mercado capitalista puesto que la inmensa mayoría de los medios de producción eran propiedad social bajo control directo de los trabajadores. Este sistema, conocido oficialmente como «socialismo de autogestión», estaba delineado siguiendo una estructura asamblearia desde su base en el campo y las fábricas hasta la cúspide federal de las repúblicas. Irónicamente este planteamiento yugoslavo del que abominaban los autoproclamados marxistas-leninistas soviéticos, estaba mucho más próximo al programa leninista original, expuesto por el bolchevique en El Estado y la revolución (1917), que el resto de los ordenamientos vigentes en las «democracias populares». La hibridación del socialismo yugoslavo consiguió esquivar así buena parte de los defectos que aquejaban a las economías rígidamente planificadas. La formación de los precios, al confiarse en la generalidad de los bienes a la fluctuación de la oferta y la demanda, se mantuvo más acorde a la realidad económica y eludió la eclosión de un mercado negro tan extendido como en las haciendas de tipo soviético. La participación de los obreros en la dirección de los centros de trabajo tuvo un doble efecto positivo. Por un lado, aumentó mucho la productividad, en tanto que una parte del salario estaba vinculado a los resultados de la empresa y, al mismo tiempo, generaba un sentimiento de pertenencia entre los trabajadores ausente en las sociedades en las que el Estado funciona como un empleador monopolista. Por otro lado, el conocimiento inmediato de cada situación laboral permitía decidir con mejor criterio la proporción y el destino final de las inversiones. Por consiguiente, la autogestión socialista demostró ser mucho más exitosa en términos materiales que la planificación centralizada. La economía yugoslava tuvo tasas reales de crecimiento sostenidas durante veinticinco años de entre el 6% y el 9% del PIB. Ningún país comunista, salvo quizás la República Democrática Alemana, podía competir con el nivel de vida alcanzado por Yugoslavia. Ahora bien, existía también la importante diferencia de que, además de un acceso razonable a los bienes de consumo, los yugoslavos, muy al contrario de los germano-orientales, gozaban de plena libertad de movimientos para viajar al extranjero. De hecho, el importante contingente de emigrantes en el exterior, que retornaban remesas en las divisas más potentes del mercado internacional, era una fuente de ingresos clave para robustecer las arcas de Yugoslavia.

Pese a todas sus ventajas competitivas, el socialismo autogestionario no estaba exento de dificultades. Como era previsible, al tratarse de una especie de economía mixta, presentaba algunos contratiempos más propios del capitalismo. En ocasiones, surgían brotes cíclicos de desempleo que, en cualquier caso, eran atemperados por un elevado grado de protección social. La disparidad en la renta también era superior al de otras alternativas socialistas debido a que desempeñarse laboralmente en unos sectores resultaba más lucrativo que en otros. Se intentaba corregir esto a través del lineamiento de fondos de origen federal. No obstante, como la financiación bancaria jugaba un papel relevante en las inversiones, más complicado era atacar, cuando se hacían presentes, el endeudamiento y la inflación. Aún así, la solvencia de Yugoslavia, así como su apertura al comercio internacional, le posibilitó el acceso a préstamos por parte de los organismos crediticios internacionales.

Por todo ello, la Yugoslavia de Tito disfrutaba de un considerable prestigio global. Después de la muerte de Stalin, Kruschev normalizó las relaciones entre los dos países. Pero la firme negativa del presidente yugoslavo a subordinarse a alguna de las dos potencias en discordia durante la Guerra Fría le llevó a fundar el Movimiento de Países No Alineados, cuya conferencia inaugural tuvo lugar en Belgrado en 1961. Esto le otorgó una enorme proyección entre las jóvenes naciones del Tercer Mundo. Al margen de quién ocupara la oficina principal en el Kremlin, Tito era, sin ninguna duda, el líder comunista más relevante del hemisferio occidental. Sólo la irrupción en la escena internacional de Fidel Castro podía hacerle sombra. Cuba se integró también en el MPNA pero su no-alineamiento, debido a la difícil situación de bloqueo y la consecuente dependencia de los subsidios soviéticos, se quedó en un formalismo retórico. Si bien Castro actuaba con independencia en su particular pugna con los Estados Unidos, sembrando América Latina de movimientos armados y llegando a desplegar 70.000 soldados en África, no tenía margen de maniobra para confrontar con la Unión Soviética. Esto quedó definitivamente de relieve durante los trágicos sucesos de la Primavera de Praga en 1968. La revolución cubana había despertado la esperanza de una generación de izquierdistas que también veía con simpatía la propuesta de un «socialismo con rostro humano» que se construía en Checoslovaquia. Tito, que guardaba un especial afecto por los checos desde sus tiempos de emigrante en la fábrica de Skoda en Pilsen, se puso del lado del Partido Comunista de Checoslovaquia contra las injerencias soviéticas que pretendían abortar las reformas democratizadoras. De hecho, apenas dos semanas antes de la invasión de Checoslovaquia por cuatro ejércitos del Pacto de Varsovia, Tito visitó al presidente checoslovaco Alexander Dubček para prestarle su respaldo. El Mariscal de Yugoslavia fue recibido en Praga con un baño de multitudes entre gritos de “¡libertad!, ¡independencia!, ¡socialismo!”. Las alarmas saltaron en Moscú al contemplar al más ilustre de sus díscolos entrometerse en un proceso que amenazaba con contagiarse a los países satélites. Los hechos se precipitaron y el 20 de agosto los tanques soviéticos ocuparon Checoslovaquia. Lejos de amilanarse, Tito telefoneó a Dubček para ofrecerse a tomar un avión y presentarse allí con el propósito de ayudarle a organizar la resistencia popular frente a los invasores. El comunista eslovaco declinó el ofrecimiento y aceptó abandonar el poder en favor de los pro-soviéticos para evitar la guerra en Checoslovaquia. Los eventos de Praga convulsionaron a la izquierda mundial. Unos optaron por justificar la intervención soviética y otros repudiaron la represión. Pero todos miraron hacia La Habana esperando una respuesta. El mensaje del Comandante en Jefe se hizo de rogar pero finalmente apareció y en una alocución televisada, después de una larga digresión en la que consideró abiertamente ilegal la invasión de Checoslovaquia y se solidarizó con la población, optó por apelar a razones de Estado para no condenarla. Tito quedó como el único dirigente comunista en el poder –exceptuando al rumano Nicolae Ceaușescu que, aún siendo miembro del Pacto de Varsovia, se negó a participar en la aventura soviética– capaz de rechazar los abusos de la URSS. Fidel Castro sería, por cierto, la ausencia más subrayada en el sepelio de Tito; más aún si se tiene en cuenta que eran los únicos líderes que habían logrado conducir una revolución socialista a la victoria en Occidente.

Así las cosas, Yugoslavia y su presidente tenían un estilo de proceder bastante diferente al acostumbrado en los Estados de inspiración marxista. La federación de repúblicas socialistas era un destino turístico popular en el mundo capitalista. Se promocionaba con un lugar soleado del Mediterráneo donde habitaban un mosaico de eslavos con humor meridional. Desde luego, su máximo representante no poseía el aspecto plomizo del típico burócrata soviético. Los ademanes de Tito recordaban más bien a los de un aristócrata. A vista de todos se comportaba como un dignatario imperial. Es más, antes del Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos creado después de la Primera Guerra Mundial, sólo existía el precedente de Napoleón, que recuperó la antigua provincia romana de Iliria, como unificador de la región en una sola unión político-administrativa. El presidente yugoslavo nunca hizo ascos a un culto a la personalidad que se esperaría atribuir a su compatriota Diocleciano. Se le consagraban canciones, retratos, estatuas, calles y ciudades. Tito vivía en las villas y palacios que los monarcas austro-húngaros habían construido en la costa del Adriático. De su pasión juvenil por la mecánica y los automóviles conservaba su afición a los vehículos de alta gama. El revolucionario comunista se desplazaba en Rolls-Royce o en un tren de decoración neoclásica. Le gustaba pescar y salir a navegar por las islas en los mismos yates que un día él construyó cuando organizaba a los sindicatos en los astilleros croatas. También criaba caballos de pura sangre para salir a montar y cazar como había hecho desde niño en la granja de su familia. Siempre vestía ropa de sastre y elegantes uniformes con lustrosas medallas. Contaba con frecuencia que la primera gran desilusión de su vida se produjo cuando, siendo todavía un adolescente, había ahorrado durante meses para comprarse un traje y, después de lavarlo y haberlo dejado secar, se lo robaron. Entonces se juró a sí mismo que nunca volvería a tolerar una cosa igual. Todos estos detalles daban a los yugoslavos una imagen representativa del carácter de Tito. Disfrutaba viendo cómo las estrellas de Hollywood acudían a grabar a Yugoslavia y se dejaba ver almorzando con ellos. Ofrecía banquetes homéricos a sus visitantes. Viajaba por todo el mundo estableciendo relaciones diplomáticas con los destinos más exóticos. Pero casi nadie en Yugoslavia se lo reprochaba. La mayoría hacía bromas al respecto pero se le consideraba legitimado para vivir así. Le veían como un semejante. No en vano era el hijo de una aldeana que consiguió destronar a un rey y expropiar a los propietarios de las fábricas donde él había trabajado, repartió la riqueza entre los campesinos y obreros, derrotó a nazis y fascistas, pacificó un territorio en constante guerra civil, integró la diversidad étnica y religiosa y aseguró la soberanía del país. Con ello proporcionó una vida digna a sus compatriotas como nunca antes habían conocido.

En efecto, tras su desaparición, los peores augurios se cumplieron. El declive de la ideología socialista, que asentaba la unidad de Yugoslavia en el bien común, abrió pasó al rebrote de la discriminación religiosa y al ascenso del nacionalismo excluyente. La federación se disgregó en un rosario de conflictos bélicos que trajeron de vuelta los asesinatos masivos y la limpieza étnica entre las comunidades yugoslavas. A las puertas del s. XXI, Europa volvió a ser testigo de un horror inédito desde la Segunda Guerra Mundial. Como se temía al momento de su muerte, la autoridad de Tito y el sistema que él representaba era el verdadero dique de contención de este odio soterrado. Nadie pudo sustituir su papel en el arbitrio de las tensiones. Pocas veces la realidad social ha ofrecido un caso tan evidente de simbiosis entre una comunidad política y el individuo que la encabeza. Tito llevó este fenómeno al paroxismo y probablemente los rasgos narcisistas de su personalidad contribuyeron a enterrar su legado. Gobernó como un emperador pero él no tenía heredero. Dejó un mecanismo constitucional en el que la federación era manejada por un órgano colegiado y rotatorio, en el que todas las nacionalidades y territorios autónomos estaban representados, con la descentralización administrativa y el derecho de autodeterminación como garantía de que no pudieran existir imposiciones unilaterales. A los diez años todo esto saltó por los aires. Se había abandonado el socialismo de autogestión y quedó el camino expedito para los chantajes y reivindicaciones nacionalistas. Serbios, croatas y eslovenos comenzaron a perseguir exclusivamente su propio beneficio en detrimento de las demás repúblicas más pobres. Eslovenia y Croacia proclamaron su independencia y Serbia se lanzó a la guerra contra ellas. El minutero de la Historia se retrasó medio siglo y regresaron las salvajes matanzas de chetniks y ustachas. La OTAN intervino, demasiado tarde, para detener el genocidio en los Balcanes. Yugoslavia quedó en la miseria material y espiritual. El país de Tito desapareció de la faz de la tierra. Cuarenta años después de la muerte del Mariscal de los partisanos, para muchos sólo es el recuerdo de una vida mejor. Un veterano camarada montenegrino decía recientemente, ante su estatua en Podgorica, que “Tito fue el hombre que Yugoslavia necesitaba y los yugoslavos nunca merecieron”.

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