‘El acusado’: los falsos grises del consentimiento

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«No creo que haya un salvajismo intrínseco en los hombres.
Yo hablaría más bien de un consentimiento implícito a este salvajismo, vivido casi como una ley natural».
Annie Ernaux

Escribo en el buscador “El acusado, filmaffinity”. Confirmo mis sospechas al visitar la entrada en busca de las reseñas: “Calculada”; “melodrama”; interesantísima”, “las afrentas que nos asisten”, “retrato complejo y nada maniqueo”, “intenso drama judicial”. Voy poniendo el foco en distintas palabras y expresiones que utilizan los críticos para describir la película. De las once opiniones solo una corresponde a una mujer: Irene Crespo, representante de “Cinemanía”. Esa era mi predicción y ese sigue siendo el problema: la opinión de esta única crítica se pierde en un alud de críticas masculinas. También aquí llevan la voz cantante, también en una película que aborda el consentimiento y los abusos sexuales hacia las mujeres han de monopolizar la opinión. Me gusta la crítica de Irene, no utiliza expresiones grandilocuentes ni vacías, y habla de uno de los mayores logros de la película: abordar el tema del consentimiento contemplando todos sus grises, haciéndonos cómplices de todas las partes implicadas, convirtiendo al espectador en jurado.

Situémonos en la trama del film, para lo que haré un breve resumen libre de spoilers: Alexandre es hijo de una pareja parisina adinerada: su madre, Claire (Charlotte Gainsburg) es una ensayista feminista y su padre Jean (Pierre Arditi) es un periodista mediático. Claire y Pierre están separados pero tienen una buena relación. Alexandre (Ben Attal) estudia en una prestigiosa universidad estadounidense. Durante una breve visita a París, el joven va a cenar a casa de su madre y conoce a Mila (Suzanne Jouannet), la hija de la nueva pareja de su madre. Al terminar la cena él se va a una fiesta donde ha quedado con sus amigos y tras la insistencia de su madre, invita a Mila a ir con ellos. Al día siguiente, Mila presenta una denuncia por violación contra Alexandre. Iremos reconstruyendo la historia de aquella noche a través de los relatos que sus protagonistas comparten en el estrado, en los juicios que se suceden.

Escena de ‘El acusado’ | Foto: Jérôme Prébois

Después de ver El acusado, producción francesa dirigida por Yvan Attal, cuyo título original es Les choses humaines, puedes sentirte confundida, molesta, sorprendida, pensativa, escéptica, pero en ningún caso aliviada. En algún momento de la proyección, ante la falta de información, has dudado de la versión de la víctima, incluso te ha dado pena el joven acusado; has entendido a la madre del agresor, has juzgado a la chica por salir de la fiesta con un joven al que apenas conoce y meterse a fumar con él en un cobertizo en medio de un solitario parque urbano, en plena noche. Has pensado en varias ocasiones que todo ha sido un malentendido.

Sin embargo, hacia el final, descubrimos una única verdad: al salir de ese cobertizo, pasara lo que pasara, una chica de 17 años se sintió humillada, sucia, rota. Tristísima y en estado de shock, subió a un taxi y llegó a su casa, donde no pudo esperar para contarle a su madre­-judía ortodoxa- que habían abusado de ella. Unos segundos antes salía del cobertizo un chico satisfecho, con las bragas de la joven de 17 años en el bolsillo, ganando la apuesta entre amigos que había aceptado un rato antes. La dejó allí, la dejó así para siempre.

Escena de ‘El acusado’ | Foto: Contraste.info

Os animo a ver esta película, a desmontar juicios rápidos, poniendo la mirada en esta problemática que nos afecta a todos: la falta de educación emocional de muchos hombres y mujeres. Mientras, que nuestros políticos sigan enredándose en una vergonzosa disputa antidialéctica por ver quién es menos competente para ocupar su lugar. Que sigan criticando una ley ambigua y paradójica cuyo objetivo era en inicio, sin duda, proteger a la mujer. No seamos cómplices de la frivolidad y el cinismo, del discurso vacío. Escuchémonos, leamos a pensadoras y pensadores, veamos películas de directoras y directores, apoyémonos; luchemos entre todos por una nueva educación sentimental.

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