El País del Agua

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Para J. R.

 

I

Un día, el hombre sin zapatillas, se largó al País del Agua sin avisar. Probablemente en su cabeza no existían expectativas, no había imágenes preconcebidas. Tal vez, alguna lectura antigua sobre países en guerra. Sin embargo, el País del Agua llevaba muchos años olvidando, si es que eso se puede borrar de los recuerdos, una guerra que entonces se antojaba interminable.

El hombre sin zapatillas llegó a Saigón una tarde en la que, como todas las tardes, un hormiguero de motocicletas inundaba las calles. Esa fue la primera visión. Nuestro hombre, impenitente peatón por las calles del mundo, pensó que, con un poco de margen, terminaría por acostumbrarse a caminar sorteando obstáculos, con un ojo al frente  y el otro, como un comodín pivotante ante lo que pudiera llegar por el resto de los puntos cardinales.

Desde luego, no era mal sitio aquel. Un hombre que caminara solo podía, en todo momento, sentirse acompañado. Aquel tumulto, aquella algarabía, compensaba cualquier inclinación a la soledad que en otros momentos, como una dama veleidosa, lo había atrapado entre sus brazos.

No obstante, no sabemos cuándo el viajero comenzó a sufrir aquella extraña metamorfosis. Durante unas horas se pierde su pista por las calles del centro de Saigón, del Mercado de Ben Thahn al Hotel Continental. Lo cierto es que a su regreso, mientras bebe una cerveza Tiger en el Saigón Café, el resto de los parroquianos, extranjeros la mayoría, con los que ya ha pegado la hebra en más de una ocasión, ven su rostro transfigurado, con una extraña sonrisa de hombre feliz entre tormentas. Sus ojos parecen ver paisajes incógnitos y hermosos que, por supuesto, no se esconden entre esas calles estrechas y pendientes de cualquier desastre.

A quien quiere oír, el viajero alucinado, le dice que ha conocido a Fuong.

II

Fuong tiene unos ojos que dejan ver el agua. A veces, son la calma, un sueño dulce y narcótico; otras veces, llevan la furia de las corrientes a quien los mira. Ante su hermosura nadie puede ser indiferente. Por eso Fuong  casi siempre está en el medio, entre dos fuerzas incontrolables. Esta mujer debería llevar siempre una venda en su rostro, como la justicia, para que los náufragos no cayeran hechizados. Y sin embargo, ¿cómo resistirse a su contemplación? ¿Cómo ser un hombre impasible?

III

El hombre sin zapatillas ha vivido mucho y ha visto muchos lugares antes de llegar al País del Agua. Sabe de ternuras. El pecho, todavía, se le inflama ante la belleza y gusta de las buenas conversaciones. No conoce demasiado de idiomas extraños, pero sus manos saben hablar y que otros las entiendan. Este viajero ha vivido mucho y ha bebido hidromiel en las tabernas del mundo. Y sin embargo, en sus labios se instala, a veces, la amargura de la hiel, el dolor por el dolor de la Tierra.

El hombre sin zapatillas sabe que no hay inocentes cuando la indiferencia cabalga por las oficinas y por los campos de batalla.

IV

El hombre sin zapatillas ha estado a punto de mojarse algo más que los pies en uno de los canales del Delta del Mekong. Los habitantes del país del agua hacen de la antigua guerra una atracción para turistas. Y aunque él se considera un viajero, intuye con criterio que el final de este río puede ser como una red que atrapa a los que allí acuden con incauta prepotencia.

Las ínfimas barcas recorren silenciosamente los umbríos y mínimos senderos fluviales por los que se supone que transitaban los combatientes disfrazados de selva y tierra.

Y aunque el viajero no tiene la envergadura del enemigo, y además ha arribado en son de paz, puede hacerse una idea de las dificultades de los soldados del imperio, por muy armados que fueran, para sostenerse entonces en la barca y en la guerra.

V

Ante sus ojos pasan los campos de arroz y los pastores de búfalos. Pasan las mujeres de sombreros cónicos sumergidas en el agua hasta la cintura. Pasan hombres en bicicleta cargados hasta extremos inimaginables. Pasan los cielos límpidos y las tormentas. Pasan los árboles y las casas. Y todo es una gran mancha de color llena de colores.

El viajero se esfuerza en guardar cada instante irrepetible como un pintor guarda el futuro en su paleta. Pero este tren que viaja al norte se apresura demasiado. Por el cedazo de los recuerdos se va escapando la vida como lluvia silenciosa. 

VI 

Nha Trang es una ciudad en periodo de transformación. Al hombre sin zapatillas generalmente las ciudades le gustan. En todas late un corazón que merece ser descubierto. A este extranjero nada le causaría más placer que la posibilidad de ir deshojando la flor hasta alcanzar su más profundo secreto. Por eso el viajero no se cansa de caminar y de hablar con los albañiles y con los niños que venden lotería en el paseo marítimo, a la sombra de las palmeras. De hecho, dentro de unas horas, tiene una cita con los pescadores que lanzan sus redes al mar desde la playa. Tal vez, si todo va bien, incluso se adentre en las aguas con ellos para ver más de cerca a esas islas como gigantes, que parecen custodiar eternamente la bahía.

Pero, por el momento, el viajero curiosea por el mercado los extravagantes productos a la venta. Él aún no lo sabe, pero en breve va a visitar el humilde despacho del barbero de Nha Trang. Y así saldará la deuda que dejó pendiente en Timbuktú.

VII

El hombre sin zapatillas se ha mandado hacer una camisa en Hoi An. Es azul y tiene franjas con dibujos que el viajero ha creído ver también en otros lugares. Realmente provienen del interior del País del Agua, de las lejanas montañas en donde habitan unos hombres, que apenas conocen los modernos artilugios que hoy atrapan a gran parte de la humanidad. Allí no conocen siquiera el fax, ni saben lo que es el vídeo o la red, la famosa red. Y entonces el viajero piensa en otros hombres que ha visto en otras montañas o en otros desiertos, que retratan con símbolos la vida cotidiana de modo similar y que tampoco saben de la existencia de los hombres del interior del País del Agua.

El hombre sin zapatillas se ha mandado hacer una camisa en Hoi An. Le gusta ir guapo, aunque sin alardes. Y sobre todo, ahí, en Hoi An, le agradará recibir a la angustia, enviada del dolor y de la sabiduría, tal y como se merece.

En Hoi An el viajero, en sueños, vislumbra que este país es un buen lugar para vivir, y también para morir. 

VIII

A la playa de China llega un mar demasiado impetuoso. En su orilla el agua batida se asemeja a una nata espesa que las olas van depositando en la arena.

Al viajero no le parece ésta una playa para el disfrute y para el descanso de guerreros. Tampoco para viajeros ensimismados.

Y no puede creer que en ese mismo lugar los soldados invasores convalecientes, o con permiso por unos días de la obligación de matar o de morir, saltaban sobre el lomo de olas como dragones con sus extranjeras tablas de surf.

Será, quizá, porque hoy corre un viento enfermizo, y tan pronto hace frío como hace calor en este arenal desalmado por el que camina sin rumbo, atento sólo a las inaudibles voces de su imaginación.

IX

Al viajero no le gustan las guerras, ni las pugnas ni las contiendas, salvo que sean dialécticas o aquellas en que se dirimen cosas del amor. Al viajero no le gusta que existan los vencidos, ni los prisioneros, ni los mutilados, ni los desplazados. Tal vez él se haya visto en ese universo en alguna que otra ocasión. Pero sobre todo, al viajero no le gustan los vencedores ni su ferocidad. Él sabe que los que ganan siempre son pocos y que normalmente ganan mucho, porque muchos son los que pierden.

Por eso la Ciudadela de Hue deja en él un regusto amargo. Tanta belleza derribada. Y sin embargo, en la antigüedad, cuando aquel fortín inexpugnable servía para algo, allí se refugiaban de las miradas de los derrotados los que siempre ganan. Qué más da que luego, en tiempos más cercanos, la Ciudadela fuera tomada y retomada por los de casa y por los extranjeros impasibles. Por encima de los muertos de esa guerra y de otras guerras permanecen al acecho, aunque a veces pierdan, los que siempre ganan.    

X

En Halong Bay el hombre sin zapatillas comienza a saber que no hay remedio, que el regreso está cercano. Tanta hermosura puede hacer llorar. Sobre el mar inanimado, inmóviles como montañas, padecen del mal de la eternidad remotas víctimas de un extraño encantamiento. Sabe que a él le ha podido ocurrir. Pero también sabe que hay que volver a casa para tener la posibilidad de regresar más tarde a estos lugares; y que hay demasiadas voces, demasiado fuertes y sonoras, que le llaman y de las que es imposible sustraerse.

Cuando se aleja, de regreso hacia Haiphong en la lancha rápida, con la íntima tentación de mirar atrás, ya es consciente de que, a cambio, ha recibido el don de la melancolía, la fiebre de los nómadas.

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