Escenas etnográficas: Navidades halal de una familia musulmana

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El ejercicio etnográfico es un trabajo que requiere de un hábito arduo y complejo: se trata de extrañarse de uno mismo, hacerse ajeno para estar en disposición, primero de escuchar y luego, de entender. O al menos eso decía uno de mis profesores de Antropología. Durante el despliegue de esta ars magna antropológica, resulta inevitable descubrirse a uno mismo como el investigador, investigado. El trabajo etnográfico se perfila como el espacio donde desvestir la objetividad para observar los hechos bajo la luz de la desnudez. Este es el punto de partida de la escenografía etnográfica que se desarrolla a continuación. Es una reflexión antropológica divulgativa, con el objetivo de analizar el espacio de confluencia entre las prácticas halal (y también haram), de una familia que se autodefine como musulmana que vive en España. El trabajo se llevó a cabo durante las Navidades, un contexto temporal escogido con total premeditación.

La Navidad y las prácticas reguladas bajo el código normativo halal-haram

Hablar de normativa halal supone abordar una amplia diversidad de prácticas lícitas que engloban desde la indumentaria hasta el tiempo adecuado que uno debe pasar en el baño. Nuestro interés, pero gira entorno al campo de los alimentos permitidos según la normativa halal, contrapuestos a aquellas prácticas alimentarias que son haram, prohibidas o ilícitas.  Este discurso legitimador, haram-halal queda fundamentado sobre la doctrina legal islámica, a saber, la Sharía.

Pensemos en la carne halal. Para ser aceptada como alimento de consumo halal debe pasar por un procedimiento activo, acompañado de la textualidad islámica[i]: degollar al animal con las recitaciones pertinentes y con la cabeza dirección a Meca en el momento de darle muerte para luego extraerle la sangre. Haram es la carne que no haya cumplido con este código de sacrifico. Además, quedan vetados aquellos animales considerados impuros, como el cerdo, pero también la carne que proceda de animales que no hayan sido sacrificados bajo el nombre de Allah (Sura de la Abeja: 115). Fuera del club halal también encontramos las bebidas alcohólicas y cualquier otra sustancia que altere el estado de consciencia (efectivamente, los narcóticos y otras sustancias alucinógenas son consideradas haram).

De qué forma este aparente binomio halal-haram se despliega durante un momento como la Navidad es algo a lo que trataremos de acercarnos desde un ejercicio etnográfico, dónde los juegos de palabras son inevitables como también el sentido del humor. Para empezar, se hizo evidente que resultaba algo parcial hablar solo de Navidades en el contexto musulmán en el que me movía. De ahí que brotara con facilidad el término Halalvidades. Debemos tomarlo como una alegoría de lo que se leerá a continuación, pues si el lenguaje es el juego del habla, quizás no debamos renunciar a ello aún cuando pretendamos hacer un trabajo analítico.

Halalvidades, habla en parte de lo permitido, halal y por eso mismo, emerge a la vez lo prohibido, haram. Sin embargo, no estamos ante una relación dicotómica, enfrentada o excluyente (y eso es de lo que vamos a hablar aquí), ya que halal-haram se relacionan en un contexto particularmente vivo como la Navidad. Esta temporalidad estructura la práctica halal-haram en la realidad íntima, familiar e individual que se despliega en las escenas etnográficas que vertebran este artículo. En otras palabras, la Navidad es un marco que me permite interrogar y examinar el hecho europeo de ser musulmán. De ahí este puzzle de palabras que permite encajar de una forma particular la relación entre lo halal y la Navidad.

Escenas etnográficas: halalvidades en una familia musulmana

La familia que me permitió llevar a cabo este trabajo etnográfico es de origen marroquí. Llegaron a España hace más de treinta años. Mientras que los padres se identifican plenamente como musulmanes, los cuatro hijos de este matrimonio se balancean sobre una superficie de identificaciones, en perpetuo movimiento. Digamos que presentan un amplio espectro de ser musulmán.  Pero lo más relevante es el papel que juega la hija mayor de esta familia que hoy tiene dos hijos junto a su marido, un hombre marroquí que llegó a España hace diez años. Esta familia es mi punto de partida para confrontar la musulmanidad europea en Navidad y como confluyen en ella las prácticas halal-haram alimenticias.

Esta reunión familiar de la que puedo disfrutar en primera fila, no se organiza en torno a la celebración de las fiestas navideñas, y prueba de ello es que no se ha planificado ninguna comida especial ni ningún otro acto. Aquí, todos conocen sobradamente las Navidades y como cambian el calendario escolar y laboral, como se transforman las calles, se llenan de luces y de mercadillos navideños, de anuncios que aluden a la felicidad, a la paz y, sobre todo, que invitan al consumismo sin límites. La casa, pero carece de cualquier elemento que manifieste un indicio de Navidad: no hay un abeto natural o artificial copado de lucecitas de colores de pulso epiléptico, tampoco hay Belén ni un hilillo de festivos villancicos. La Navidad si se infiltra en esta casa, es a través de la televisión, y solo de forma escueta, pues la antena parabólica repleta de canales panárabigos ha sustituido totalmente al medio español.

Pero sí existe una forma efectiva en la que la Navidad se cuela en esta casa inevitablemente, tocando de lleno la ternura visceral: la cesta navideña. Todos los miembros de la familia en activo laboral reciben respectivamente de las empresas donde trabajan, una cesta que simboliza el amor por la Navidad seas de donde seas.  Estas cestas son gestionadas por la madre de la familia. Ella se encarga de los asuntos intestinales, sobre todo a lo que alimentación y nutrición se refiere. Observo ese momento de recepción de la cesta navideña y me cuenta que la cesta de su hijo ha sido especial: es la primera vez que incluye productoshalal. Concretamente un chorizo y un fuet de ternera y pavo, con su correspondiente sello abalado por la Comisión Islámica.

A raíz de esta novedad, resulta interesante trazar una retrospectiva sobre estos aguinaldos gastronómicos. Durante muchos años, recuerdan los hijos de la familia, en la cesta permanecían amortiguados por sus envoltorios los turrones, la caja de polvorones, los frágiles barquillos… todo eso que sí estaba permitido degustar. Marginados en su apartheid haram, botellas de vino que tintineaban junto a cavas y licores, fuets y chorizos de cerdo en el vacío de su vacío, todo ello presidio por una pata de jamón curado. Al parecer, los patés estuvieron flirteando durante un tiempo con el bando halal, pero al descubrir que entre sus filas se escondía la manteca de cerdo, no hubo más opción que condenarles al archipiélago haram. La misma suerte corrieron los roscones de vino años más tarde. Porqué si hay algo que no se perdona es la inconsciencia fingida para proteger algo haram: una vez verificados los ingredientes por los hijos, que leían mejor este idioma extranjero, el rechazo al manjar era implacable.

Ese mundo haram permanecía un breve lapso de tiempo encerrado en un pequeño cuarto, sin más luz que la de la bombilla que entraba de rebote por el pasillo principal. Cuando el padre de la familia salía de casa, el cuarto de los productos haram sufría una merma: un día, una botella de vino, otro día, unos licores… de ese paseíllo, el hombre volvía con la alegría de haber charlado un rato con Albert o Pere, al hacerles entrega de esos elementos altamente prohibidos. El jamón solía ser el primero en caer, me decían entre risas una de las hijas. Su olor, brutal y persistente, invadía el cuarto haram en exceso, de modo que tenían que darle salida cuanto antes. Demasiado presente, demasiado real, demasiado cárnico.

Quizás por eso, porque la apariencia traspasa el sentido de la vista con tal fuerza e intensidad que sentamos cátedra ante esta evidencia con facilidad, la madre confundió el fuet y el chorizo halal de la cesta de su hijo, con fuet y chorizo haram. Me cuenta que casi los relega al cuarto haram: su aspecto era tan confuso que a simple vista no vio ninguna diferencia entre un chorizo de ternera y pavo sacrificados según el trámite ritual halal y otro de cerdo. Una vez verificada la etiqueta que garantizaba su legalidad, dispuso unos cortes circulares en un plato que acompañamos con un esponjoso batbout (pan árabe) recién hecho.

Entre mordisco y mordisco, pregunto si la Navidad significa algo para ellos. Las respuestas son variopintas y reveladoras. Para los padres de esta familia no cabe ninguna duda: «no son nuestras fiestas, son las fiestas de los cristianos…es como su Eid[ii]”. Esta firmeza se desvanece cuando las preguntas alcanzan a sus hijos, especialmente a su hija mayor.

Para ella la Navidad no entrará en casa hasta que su hijo no crezca un poco más, pues considera que es una celebración enfocada hacia los más pequeños.  Puesto que él es “demasiado pequeño como para que pueda enterarse de lo que ocurre”, ha decidido no decorar la casa. En otras ocasiones me ha contado que su hijo asiste a una guardería donde queda inmortalizado junto a sus compañeros en una foto-postal de Navidad. Cantan y escuchan villancicos y todo el ambiente del jardín de infancia está repleto de motivos ornamentales para la ocasión. Además, es la primera vez que su hijo celebra el popular Tió[iii].  La conversación termina con una decisión que parece tomada de antemano. Descarta a Papá Noel frente a los Reyes Magos por ser más conocidos. Al fin y al cabo, la cabalgata es un acto mucho más público que colarse por la chimenea de las casas. Acudirá este año a ver la rúa real para que su pequeño se vaya “familiarizando con la Navidad”.

Me pregunto hasta qué punto se puede un niño contagiar de una festividad si los padres no la han interiorizado como suya, si no la han disfrutado en su plenitud, si al acercarse las fechas el estómago no les ruge con los aromas de la cocina. Se me ocurre que entre todo lo que me ha contado y sus silencios, existe un juego de tensiones.  Una relación medio elástica, medio rígido respecto un afuera que se puede catalogar como navideño-cristiano, el Otro al que se le abre la puerta, a veces con reservas a veces completamente. Y un adentro que podemos llamar Eid-musulmán, un Nosotros que no deja de ser problemático por mucho que haga referencia a la pertenencia de uno mismo. Su primogénito le obliga a una definición, como si lanzara la misma pregunta una y otra vez sin apenas hablar: “¿quiénes somos?”.

Halalvidades y la ley de la prohibición

Las escenas etnográficas me dejan un espacio de reflexión complejo. Pienso de nuevo en ese chorizo halalde la cesta inclusiva que la madre de la familia confunde con un producto haram. Me detengo en ese capítulo de tensión y rigidez que envolvía las palabras de esta joven madre que abre la puerta a la Navidad, oronda y gruesa, para que entre por un resquicio. ¿Cómo dialogan estos discursos, el del Otro y el Nosotros? ¿Cómo conciliar lo haram con lo halal y por qué hacerlo?

Lo navideño-cristiano, lo Otro, me da la impresión de que circula ya no entre, sino dentro del Nosotros. En otros términos, el chorizo y el fuet halal ejemplifican este hecho de la mejor manera: su aspecto confuso, tan haram, es aceptado y salvado no tanto por el hecho de ser halal (por la etiqueta informativa), sino precisamente por guardar un enorme parecido con lo haram.  Lo que cuestiono aquí es que el rechazo del alimento viene dado por su apariencia que apunta hacia una dirección: al cerdo, al vino, a los cristianos…en definitiva, habla del Otro que es visceralmente distinto del Nosotros, de cómo el código alimenticio es un dispositivo cultural que ordena nuestras relaciones Nosotros-Otro y construye modalidades de rechazo cuasi invisibles.

Existe un orden sutil e íntimo que toca a nuestras tripas y desde aquí, se fundamenta la distancia entre lo navideño-cristiano y lo Eid-musulmán. Visualmente es más fácil comprender estos conceptos: el fuet y el chorizo no han cambiado de aspecto por ser halal, lo que ha cambiado es que la tripa que todos compartimos (el Nosotros íntimo), solo usa la etiqueta halal como salvoconducto, pues en realidad lo que busca es reconciliarse con la tripa del Otro. Intuyo que, si el rechazo surge en lo más hondo de cada uno y resulta incluso inexplicable a veces, la reconciliación no puede sino partir del mismo lugar.

Nuestras experiencias ocurren con el Otro (que come cerdo y bebe vino). Y en ese rechazo tan visceral que ocurre contra los alimentos (pues son estos que se depositan en lo profundo de nuestras entrañas), hallamos un deseo manifiesto de ser lo Otro.

Decía Arjun Appadurai en El Rechazo de las minorías (2007), donde aborda la cuestión de las minorías musulmanas en Estados Unidos, “los que sueñan y los que odian no son dos grupos. A menudo son la misma persona” (Idem). De alguna manera, en el movimiento de globalización se manifiestan formas determinadas de evaluar los hábitos individuales.  Es decir, que es el gesto de comer chorizo y fuet, a pesar de su aspecto tan navideño-cristiano donde emerge una atracción hacia un modo de vida: el navideño, el cristiano… elwestern way of live que quiere ser engullido. Los gestos y las actitudes revelan más que las palabras: aceptamos en nuestras tripas algo que a nuestros ojos es rechazado. Anhelamos una sociedad y un orden cívico, reflexiona Appadurai, pero aborrecemos y denigramos el llamado “modo de vida americano” (o europeo) que se propaga globalmente.

Y es en este punto donde podemos entender como las representaciones haram-halal no divergen para nada con la naturaleza del sentimiento de aversión-aceptación. Son una y la misma cosa. Esto significa por encima de todo que la prohibición es ley y la ley es natural. Me doy cuenta de que entro en un callejón del que difícilmente se puede salir. Si hasta ahora he trazado caminos de reconciliación e incluso el término Halalvidades va en esa dirección, ahora el escollo se hace más complejo. Pues, ¿cómo superar una ley prohibitiva que se hace carne? ¿cómo saltar el muro haram destinado a legislar sobre algo tan primario y elemental como el alimento? El Islam ha trazado en su cuerpo textual una línea biológica entre el Nosotros y el Otro.

Entiendo que para ese niño que todavía no sabe nada acerca de la Navidad y que no termina de captar estos viejos juegos, la etiqueta halal no le dice nada y lo único que espera es su merienda de las cinco.


[i] Ernet Gellner subraya en La Sociedad Muslmana (1986), la necesidad compartida de las religiones monoteístas de hacer “carne el verbo”. Es decir, no se trata de llevar a cabo la praxis ritual sin más, sino que ésta debe ir acompañada de un discurso que acote la acción ritual al campo legítimo de la religión.

[ii] Eid es una festividad musulmana que celebra dos conmemoraciones: Eid al-Fitr, al final del Ramadán y Eid al-Adha, que recoge el pasaje tanto del Antiguo testamento como del Corán en el que Abraham ha de sacrificar a su hijo. Como muestra de la obediencia a la voluntad divina, justo cuando el padre de las religiones rebeladas está a punto de cumplir con el incuestionable mandato, Dios interviene finalmente proporcionándole un cordero para que lo sacrifique en lugar de a su hijo Ismail. Eid al-Adha se considera el Eid mayor, en el que los musulmanes sacrifican un cordero o un ternero, dando por finalizados los ritos de peregrinación a Meca.

[iii] “ Fer Cagar el Tió”, literalmente hacer cagar al Tió”, es una celebración muy arraigada en Catalunya. Se trata de disponer un tronco al que se le pinta una cara y lleva la famosa “barretina” catalana. Al tronco se le cubre con una caja o una manta al ritmo de una canción que explicita muy bien el acto escatológico que surtirá a los niños de regalos, generalmente dulces a raudales.

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