‘La Pointe Courte’, el descubrimiento de Agnès Varda

//

Para Agnès Varda (Ixelles, Bélgica, 1928- París, Francia, 2019), el cine responde a la fascinación, y a la vez frustración, que le producía el silencio de la fotografía. Pionera de la Nouvelle Vague, movimiento que surge en Francia a mediados del siglo XX en torno a la revista Cahiers du Cinéma y el cine “de autor”, que anteponía la libertad creadora a las exigencias comerciales, Varda fue junto a Marguerite Duras prácticamente la única mujer del grupo y es considerada un icono del cine feminista.

La Pointe Courte (1954) es el primer largometraje de Varda. Su nombre hace referencia al barrio pesquero de Sète, una pequeña ciudad ubicada en la costa sureste de Francia. Varda, que por entonces era una joven de 26 años de edad, se apoya en la fotografía como medio para adentrarse en el lenguaje cinematográfico. De hecho, el rodaje de la película está precedido de su primera exposición fotográfica, mostrada apenas un mes antes en París. La Pointe Courte, al natural, es en ambos casos el escenario elegido y los protagonistas son sus propios habitantes, familias de pescadores, mariscadores y otras personas vinculadas al mar.

Refugiada durante la II Guerra Mundial, Varda conocía perfectamente la ciudad, ya que residió allí durante parte de su adolescencia, acogida por la familia Schlegel algunos años antes de instalarse en París para estudiar filosofía e historia del arte. El retorno a Sète será a partir de aquí una constante todos los veranos hasta principios de la década de 1960. En sus visitas, reencuentra a los Schlegel y callejea por la ciudad tomando fotografías con su cámara Rolleiflex, inmortalizando la playa, los barcos, los pescadores, el puerto…

Las fotografías conservadas por el Instituto de Fotografía de Francia, parte de las cuales se han expuesto este verano en los Encuentros de Arlés (La Pointe Courte. Des photographies au film) revelan el proceso creativo de la cineasta, que oscila entre lo documental y lo artístico, conformando un minucioso trabajo de investigación que constituirá la base del filme. Les joutes o justas naúticas (deporte tradicional de Sète, que consiste en un enfrentamiento anual entre dos embarcaciones de remo, en las que se baten dos marineros que deben evitar caer al agua) captan su atención y adquieren un papel protagonista, que se reflejará posteriormente en la película.

Agnès Varda. Water jousters en Sète, impresión plata, circa 1952. Colección Agnès Varda/ Rosalie Varda.

El trabajo y la vida cotidiana de los vecinos de la Pointe Courte es otra de sus principales inquietudes. Sus encuadres y planos fijos confieren una estética singular a las imágenes, reforzada por un constante juego de luces y sombras. En este ambiente marinero, Varda distingue líneas de fuerza y juega con formas, perspectivas y texturas, llevándolas hasta la abstracción.

En 1954, la Pointe Courte es un barrio precario y alejado de la ciudad, situado entre la estación de tren de Sète y el estanque de Thau. Sus habitantes practican una economía de resistencia, utilizando herramientas y embarcaciones tradicionales, al margen de la tecnología o las novedades técnicas de la época. Agnès Varda se ve atraída por el encanto de este paisaje frío y solitario y se prepara para pasar de la fotografía al cine: autodidacta en cuanto a realización, funda la productora cooperativa Tamaris Films y reúne a un pequeño equipo de técnicos y otros profesionales, entre los que destaca Louis Stein como director de fotografía. Mínimo presupuesto pero máxima independencia: La Pointe Courte se rueda con enorme libertad artística.

El filme narra dos historias paralelas. De un lado, la crisis amorosa de Lui (Phillipe Noiret) y Elle (Silvia Monfort), una pareja parisina que pasa unos días de reflexión en el barrio donde nació y se crió Lui. Del otro, la vida cotidiana de los habitantes de la Pointe Courte y su triste realidad, donde la pesca y el marisqueo se ven amenazadas por la industria, la contaminación y los estrictos controles de las autoridades sobre las zonas de pesca y la higiene de los procesos.

Agnès Varda establece así una contraposición entre dos esferas de la vida, la pública o social y la privada o íntima, poniendo de manifiesto la dificultad para alcanzar el equilibrio entre ambas. La supervivencia está en el aire, tanto de una relación tormentosa («nuestros vínculos son más fuertes que nosotros», dice Elle) como de un modo de vida, la pesca tradicional, en peligro de extinción.

Dos estéticas apoyan esta estructura narrativa, organizada en dos capítulos e inspirada en la novela Palmeras salvajes (1939) de William Faulkner: el estilo formalista de las secuencias protagonizadas por la pareja, influenciado por el teatro, la pintura italiana del siglo XV o la estatuaria egipcia, tal y como explicaría Varda, así como el tratamiento realista que reciben las escenas de los vecinos del barrio, con un estilo más cercano al cine documental.

Escena de ‘La Pointe Courte’

Los tanques de graneles líquidos y las grúas del puerto, la ropa blanca tendida al pie de la calle, los surcos de la madera cortada en los astilleros, el secadero de redes, los botes atracados junto al muelle o las vías del tren componen un paisaje de calma e introspección, donde abundan los planos fijos, en los que los personajes se van alejando poco a poco, desapareciendo de la escena. Estos planos fijos se alternan con otros de movimiento, simbolizando la evolución de la relación entre Elle y Lui, de la vida cotidiana del barrio y, en definitiva, el paso de la fotografía al cine.

Los monólogos existenciales y de gran carga psicológica que aborda la pareja son otra de las principales características de la película, que la conectan directamente con la obra de Ingmar Bergman y especialmente con Persona (1966), evidenciando una enorme afinidad temática y visual. Son monólogos que poco después se transformarán en diálogos con Cléo de 5 a 7 (1962), segunda y más reconocida película de Agnès Varda. Cuando se proyectó por primera vez esta última, Bergman ya había dirigido una treintena de filmes y alcanzado un prestigio universal, no obstante la trayectoria de ambos directores parece confluir ya desde La Pointe Courte, plasmándose en el protagonismo de las figuras femeninas, en la búsqueda existencial de los personajes y en el reconocimiento de la fragilidad humana; en un cine de autor, que huye de las exigencias comerciales y se agarra con fuerza al presente.

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

Ver más

  • Responsable: Amberes Revista Cultural.
  • Finalidad:  Moderar los comentarios.
  • Legitimación:  Por consentimiento del interesado.
  • Destinatarios y encargados de tratamiento:  No se ceden o comunican datos a terceros para prestar este servicio. El Titular ha contratado los servicios de alojamiento web a Dinahosting que actúa como encargado de tratamiento.
  • Derechos: Acceder, rectificar y suprimir los datos.
  • Información Adicional: Puede consultar la información detallada en la Política de Privacidad.

Historia anterior

Cuando Napoleón derrotó a Kubrick

Siguiente historia

Tres fotografías en Viena

Lo último de

Una nueva etapa

Nos adentramos en una nueva etapa: a partir del mes de noviembre, Amberes se transforma en

#9

Poema y fotografía de David González.

El primer paso

Pocas épocas habrán aglutinado tantos enemigos para el profesor comprendido como acompañante y guía de los