No somos caballos

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Notas para una lectura filosófica de El juego del calamar.

¿Qué hacer con los débiles y los desheredados? Sólo dos instintos albergan una respuesta rotunda y firme a esa pregunta a la que cualquier sociólogo o filósofo político debe enfrentarse. El proteccionismo, el cuidado, la solidaridad, ejes centrales de una ética del deber y los principios; frente al individualismo, el darwinismo social, el utilitarismo y el triunfo de los fuertes y los adaptados. Esta dualidad aparece como telón de fondo de toda la pugna simbólico-conceptual de la serie que nos ocupa.

La deshumanización es una de las categorías principales que pueden servir para una lectura simbólica de la serie. Como categoría alude constantemente a nuestra propia identidad como especie que debe adaptarse para la supervivencia en las peores circunstancias y antes las peores expectativas haciendo de lo indeseable e incluso de lo monstruoso algo no sólo potencialmente necesario sino simbólicamente poderoso. Lo pulsional, lo cultural y lo instintivo son alternativas que parecen humanizar y deshumanizar al mismo tiempo y esta confusión se encuentra de lleno en el planteamiento de la obra.

La ideología es otro de los conceptos clave. Se hace referencia a la “ideología” de los dominantes cuando estos ejecutan a varios guardianes y un jugador por haber quebrado la “igualdad” que consideran un eje central de su sistema de creencias. Las fronteras entre el igualitarismo radical (comunista o de otro signo totalitario) y el liberalismo neo con su sagrada libertad individual, su meritocracia y su igualdad de oportunidades quedan desdibujadas desde este eje interpretativo. Tanto la igualdad como la democracia parecen conceptos vacíos y difuminados tal como aparecen en una sociedad capitalista como la actual. ¿Tiene valor político positivo lo que eligen los desesperados?

Recordemos en este sentido que según el contrato de los jugadores estos pueden parar el juego si llegan a un acuerdo por mayoría y recordemos también que votan en una ocasión si seguir o parar las pruebas ganando los que quieren continuar al volver unos días a su vida cotidiana y certificar la crueldad y la miseria de su existencia.

El triunfo de la violencia primitiva remite constantemente a la necesidad de pensar y hacer pensar en un nuevo modelo de sociedad o a presentarnos una alegoría generativa de una nueva sociedad. El origen de la sociedad, la fundación del Estado, la propiedad como origen de la desigualdad remiten constantemente a nociones de Rousseau y de Marx y se plantean como una última llamada a la necesidad del concepto del Bien común frente al reclamo utilitario de lo común como pretexto para el triunfo del individuo. Recordemos de modo simbólico cómo en un momento posterior a una de las pruebas y durante la noche los supervivientes deben autoorganizarse en grupos para defenderse del ataque del grupo contrario. El juego se identifica con la realidad. Son dos los equipos en liza. Uno organizado bajo vínculos de solidaridad y compasión y otro bajo el miedo a un líder agresivo y todopoderoso que puede garantizarles su protección (Jang Deok-su). Rousseau vs. Hobbes.

La serie remite y ejemplifica la dialéctica del Amo y el Esclavo. Tanto en su versión marxiana como hegeliana lo que importa es que este concepto permite pensar el origen y el funcionamiento de la historia y de la sociedad y que cuando el dominio del Amo sobre el Esclavo no es simbólico y libidinal tampoco es material. En la base de este dominio hay deseos y alienaciones que se entrecruzan. Los esclavos desean mantener o recuperar su humanidad, pero los amos también porque como dice el creador del juego (el anciano Oh Il-nam) al equiparar la vida de los miserables y de los capitalistas, ambos están deshumanizados y no encuentran lugar para el deseo, la autenticidad y la incertidumbre que caracterizan la vida humana.

Todo el conjunto narrativo y simbólico que podemos entrever cobra sentido o alcanza uno más desconcertante a la vez que certero cuando conocemos, al final de la temporada, que el origen del juego es el aburrimiento de un gran capitalista. Su ansia de diversión y de experiencias vitales auténticas. Es interesante resaltar cómo el anciano, que debería haber recibido a los VIPs que visitan la isla para la celebración de uno de los eventos prefiere continuar el rol del jugador (y arriesgar su vida). De algún modo se identifica con los jugadores porque él también necesita jugar y moverse dentro de la categoría de lo posible y lo imprevisible.

El juego del calamar| Netflix, 2021

Puede decirse que, en esta misma dirección, y como ya apuntaron filósofos de sobra conocidos, el fetichismo propio de la mercancía ha oscilado de lo material a lo sentimental o afectivo. Las sensaciones y los sentimientos (ligados a deseos ocultos o insatisfechos) son las mercancías del neocapitalismo.

En la misma escena en que el ganador y protagonista de la serie Seong Gi-hun descubre quién ha creado el Juego del Calamar, y a propuesta del creador, el anciano Oh Il-nam que ni siquiera unos minutos antes de su propia muerte puede dejar de jugar, este pregunta: “¿Todavía confías en la gente?”

Oh Il-nam representa a Hobbes en este punto y su pesimismo antropológico. La naturaleza del ser humano es egoísta y despiadada además de individualista. Nadie parará a ayudar al vagabundo ebrio que se ve desde su ventana. El ganador del concurso, sin embargo, representa el optimismo antropológico de Rousseau. La apuesta por la bondad natural. El viejo muere sin ver que el vagabundo ha recibido ayuda segundos antes del plazo establecido lo que no deja de tener un profundo significado simbólico.

El ganador del concurso, Seong Gi-hun, es el único jugador que no mata a otro para salvar su vida. El único que no rompe sus principios y aquél que menos parecía preparado para mantenerlos. Incluso segundo antes de que termine el último juego ofrece un acuerdo a su rival para salvar la vida de ambos. De su vida sabemos que trabajó en una fábrica de automóviles donde vio morir a un compañero a manos de la policía, que tuvo otros trabajos ocasionales como el de chófer y que tiene serios problemas financieros además de la necesidad constante de apostar en las carreras de caballos. Vive del escaso sueldo de su madre anciana y tiene muchas deudas.  El héroe sólo lo es para el espectador no para la sociedad en la que vive.

Frente a él, Cho Sang-woo el último finalista es alguien socialmente bien considerado, pero interiormente inmoral y pragmático. Los dos son amigos y fueron juntos al colegio pero frente al fracaso de uno el otro es un héroe del barrio de ambos por haber llegado a una prestigiosa Universidad y ser un economista de éxito (al que sin embargo quiere detener la policía por múltiples estafas y malversaciones económicas). El antihéroe sólo lo es para el espectador no para la sociedad en la que vive.

Este par de personajes representan una suerte de daimones contrarios que el propio autor de la serie, Hwang Dong-hyuk, ha reconocido como propios en una de sus pocas declaraciones sobre el origen y el sentido de su obra. Una suerte de voces biográficas de su propia infancia que revelan dos caminos paralelos. Este par también remite a la duplicidad Realismo moral/político vs. Utopismo moral/político.

No parece casual la presencia de una jugadora de origen norcoreano (Kang Sae-byeok) pues además de lo ya dicho, hay una categoría fundamental que atraviesa todas las ya mencionadas: La desconfianza y el enmascaramiento (literal, simbólico y conceptual). La joven Kang Sae-byeok que es vista con recelo y desconfianza por su origen e incluso como posible traidora o espía acaba por revelarse como uno de los personajes más humanamente destacables y altruistas.

La élite que apuesta a los “desheredados y descarriados” como si fuesen caballos (los jugadores quedan relegados a un número como los caballos en algunas de las carreras destinadas a apuestas) se presenta como culta y deshumanizada. La escena en la que observan uno de los juegos con sus prismáticos barrocos remite al poder simbólico y a la imposibilidad de que la cultura pueda liberar a los esclavos. (No hay lugar para confiar en el intelectualismo moral platónico). Los VIP citan a Shakespeare y a otro poeta oriental mientras ven morir a la chusma en el consabido concurso. La educación como erudición no parece el remedio para la educación o la justicia social. Se remite constantemente a una bondad natural como clave para una sociedad nueva.

El juego del calamar| Netflix, 2021

Otra cuestión interesante que merece consideración es el papel de los guardianes. Han asumido sus funciones, están jerarquizados y obligados a guardar silencio y viven, se comportan y reciben órdenes de un modo similar al de los jugadores. Incluso algunos de ellos trafican con los órganos de los jugadores eliminados, lo que ejemplifica, una vez más y de modo poderoso, el proceso máximo de deshumanización que plantea la serie.

Desde una perspectiva genealógica o incluso psicoanalítica resulta especialmente significativo que sea un juego de la infancia el que de nombre y vertebre la trama de la serie. Un juego, el juego del calamar, en el que hay dos equipos contrarios, con claros límites de ubicación. Parece como si la asunción de las reglas sociales y la cultura de la competición se asociasen a los diversos juegos tradicionales que se convierten en eliminatorios durante la serie. Los vínculos afectivos y el sentido de comunidad de la época son rememorados por el protagonista como reminiscencia, quizá también para el espectador, de que durante la infancia se prepara al niño para vivir en sociedad sin poder cambiarla, para ser jugador sin poder cambiar las reglas establecidas. En Sociedad hay reglas antiguas e inamovibles que no debemos cuestionar ni siquiera pensar como posibilidad.

La serie ya es un éxito de público y pronto sus símbolos se reproducirán en camisetas y redes. Lo realmente importante y necesario además de interpretar los significados de la trama es preguntarse por el motivo de este éxito. En un momento, como el actual, donde el consumismo simbólico ocupa un lugar central del ocio, se ha puesto de manifiesto el lugar prioritario que el fetichismo de las frustraciones tiene para nosotros y especialmente para la clase social más pasiva y desfavorecida.

Los símbolos se rebelan y pudiendo servir para la libertad y la autoconciencia cumplen una función ideológica de reconocimiento y aceptación. De reconocimiento de la imposibilidad de cambiar. Prueba de ello es la existencia de una categoría anti-sistema en la plataforma Netflix y otras. En El juego del Calamar el espectador asiste al triunfo de la violencia real sobre la violencia simbólica. La misma violencia real posible queda sublimada ahora en lo simbólico de la serie y sus personajes. Los símbolos triunfan vacíos o enmascarados.

En esta y otras series hay un reconocimiento lúdico de nuestra esclavitud. El éxito no se esconde tanto en su ingenio o la trama creada por el director sino en su carácter altamente simbólico y en la verosimilitud distópica que ofrece al espectador. Las épocas de ebriedad distópica como la actual nos hablan del fracaso social y de la necesidad de volver a vincular lo ético y lo político.

La tragedia griega hacia posible al espectador penetrar en el orden simbólico que justifica el orden social, la ambivalencia de sus valores y sus mitos positivos y negativos. Cuando, en mitad de la trama de la temporada, empezamos a comprender que el protagonista, Seong Gi-hun, acaba por convertirse en héroe simplemente por negarse a la deshumanización total que exige el juego, entrevemos una moral tan desconcertante como actual y certera: Atreverse a ser humano hoy es el último acto de resistencia y quizá el único posible.

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