Ponerse un traje

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APUNTES PARA UNA TRADICIÓN DE LA ELEGANCIA MASCULINA DESDE ABAJO

 

I

¡MUERTE AL TRAJE!

Hasta que el progreso, encarnado en el AVE de rapiña y el sibilino desmantelamiento de los trenes de cercanías, acabó, quién lo diría, con mi olímpica paciencia, yo era un feliz usuario del ferrocarril. Podría escribir una enciclopedia con todas las cosas que me han sucedido en los innumerables trenes que a lo largo de los años me han llevado de un lugar a otro. Antes de que la obsesión por ganar tiempo y aniquilar espacio nos encapsulase en esos ridículos trenes bala donde todo se reduce a pasar a toda pastilla entre outlets, centros logísticos de Amazon, chabolas y urbanizaciones de lujo postizo, el tren permitía viajar como señores a precios y velocidades razonables. El trayecto era ocasión para el libre vagabundeo del espíritu, para el encuentro fortuito y la charla intrascendente. En ocasiones, su condición de espacio compartido convertía al pasajero en testigo involuntario de conversaciones ajenas.

En uno de mis últimos desplazamientos ferroviarios, antes de arrojar definitivamente la toalla, el eco de un bramido rompió el silencio del vagón; mientras permanecía sumergido en una agradable lectura, zumbaron en mis oídos fragmentos de un discurso destemplado sobre “políticos ladrones”, “fachas”, “traje y corbata”. Intrigado, me giré con disimulo y pude ver a dos individuos de unos veintitantos años con la cara hundida en sus respectivos teléfonos y los pies sobre el asiento de enfrente, una costumbre, según parece, obligatoria entre los viajeros de cercanías. La fugaz ojeada ofreció la imagen de dos ciudadanos de aspecto terriblemente descuidado y vestidos con una negligencia que bordeaba la suciedad; ciertamente, iban cubiertos, que en estos tiempos ya es mucho.

Absortos en sus pantallas no se percataron de mi presencia, lo que me libró de convertirme en blanco de su ira y me colmaran de improperios al tomarme por uno de esos “fachas corruptos”. En aquel momento me vino a la mente una vieja anécdota que contaba Cecil Beaton: “Un día, mientras caminaba por Bond Street pensando en lo impecablemente vestido que estaba con un traje marrón bien cortado, un hombre me gritó: ‘¡A la gente como usted habría que pegarle un tiro!”.

Digo esto porque yo, como Bobby Fischer, me levanto y me pongo un traje. Lo cierto es que uno tiene sus rutinas, y lo primero que hago cada mañana es escoger traje, sólo cruzados o tres piezas,  corbata, pasadores, calcetines de color de caña alta, flor para el ojal (boutonnière), pin collar, guantes (¡imprescindibles en cualquier estación!) y leontina, y todo ello en función de la luz solar y del humor que tenga ese día. En cuanto despierto me encomiendo exclusivamente a la imaginación y ninguna obligación laboral, ningún protocolo, ninguna estúpida recomendación para complacer a un gerente de recursos humanos juegan el menor papel en mis decisiones; lo hago por puro placer, por pura diversión. Y no crea usted, esta ceremonia lleva su tiempo.

Si alguien piensa aún que la presentación pública en tiempos de democratización indumentaria  resulta  intrascendente se equivoca de medio a medio. Apenas pongo un pie en la calle ocurren cosas. Me refiero al efecto que causo entre los transeúntes. Los discretos fruncen el ceño como pidiéndome explicaciones por tanto arreglo; los menos prudentes no se andan con rodeos: “¡Vaya pinta! ¿Adónde vas ‘así’?”; “¿Por qué no te vistes como todo el mundo?” Algunos, llamémoslos “antisistema”, me hacen saber con una mirada desconfiada que no soy uno de los suyos, mientras otros, se les ve a la legua, recitan por lo bajo los versículos del Eclesiastés: “¡Vanitas vanitatis, omnia vanitas!”, vanidad de vanidades, todo es vanidad. Me apresuro a aclarar que, al igual que Oscar Wilde, odiaría que creyese que tengo algo contra la vanidad.

Lo cierto es que a la gente, es natural, le pica la curiosidad; se pregunta por qué alguien se viste como un banquero de los años treinta ahora que los banqueros ya no se distinguen de un sobrecargo o un guardia de seguridad. Stendhal resumió en dos líneas mis tribulaciones: “en el momento en que mi estilo tuvo el valor de darse a conocer todo el mundo se quedó sorprendido; se me tenía por lo contrario de lo que soy”.

Para aliviarme de los semblantes burlones y las miradas como colmillos procuro refugio en el taller de mis sastres, uno de los pocos lugares donde no tengo que escuchar los habituales chascarrillos de gente sin imaginación. Siempre es una fiesta visitar a mis maestros, Aurelio, Ignacio y José Ignacio Campal y su encantador núcleo familiar, habituado a oírme “hablar con ligereza de las cosas serias y seriamente de las cosas ligeras”. Allí no me encuentro con cejas arqueadas ni ojos como platos si aparezco “demasiado vestido”, y Vidalina, alma mater de la sastrería, me deja revolver como un parvulito entre muestrarios, jaboncillos, forros, patrones, cajas de botones y prendas en prueba. Como hablamos el mismo idioma, en cuanto franqueo el umbral del taller me preguntan si la raya del pantalón aguanta bien o necesita plancha, si le damos medio centímetro más a la cinturilla o si sería buena idea añadir una martingala y un fuelle trasero con ojales a un abrigo de cachemir. ¡Ah, qué bellas y adorables conversaciones!

¡Qué esnobismo!, replicará usted de inmediato. Confesar mi pasión por el arte de vestirse y los códigos clásicos no hará sino multiplicar las sospechas sobre mi petulancia. Ahora bien, ¿de qué otros horribles vicios me hace culpable esta pasión? Ya vimos lo que el traje simbolizaba para mis compañeros de tren y, por extensión, para gran parte de una ciudadanía sistemáticamente saqueada por ladrones de guante blanco que sólo ve en el esplendor indumentario la máscara de la corrupción. Ya lo decía Julio Iglesias: “Soy un truhán, soy un señor…”.

En caída libre, el traje mueve antes a la desconfianza que a la lisonja. Y cuando hablo de “traje” me refiero a una colosal elegancia artesana fundamentada en el estudio y la experiencia, no a ponerse un conjunto de pantalón y chaqueta adquirido en Inditex por el precio de un bocadillo. Son dos galaxias distintas. Vístase para una entrevista de trabajo con la primorosa mediocridad que recetan los asesores de imagen y tal vez supere la encerrona; pero pruebe a presentarse como Noël Coward y tenga por seguras dos cosas: que herirá el amor propio del confundido entrevistador y que se irá con las manos vacías. La jerarquía profesional, que ve en la elegancia despampanante un desafío, no perdona estas alegrías. En la oficina, dice una máxima no escrita, nunca te vistas mejor que un superior. Sin duda, esa elegancia sartorial tiene un precio, ¡y qué precio!, pero por esta vez dejemos el dinero al margen.

Noël Coward

Pese a que algunos optimistas han visto en el impulso proporcionado por Internet a la elegancia clásica el presagio de una resurrección, el traje lleva décadas deslizándose hacia los márgenes del uniforme laboral y la indumentaria protocolaria. Según la percepción general, preserva intacta su raíz burguesa y puritana, su aureola discriminadora, y muy rara vez es una opción voluntaria fuera de los entornos profesionales. Eche usted la cuenta de los hombres que visten un tres piezas para dar un paseo, tomar un café o llevar a su sobrino al parque.

A pesar del crispado desprecio de los patrones de la alta tecnología (Zuckerberg, Gates, Larry Page, Serguéi Brin), el traje y la corbata, continúan remitiendo a la prosperidad individual, la arrogancia financiera, la representación política y la alta burocracia del Estado; es el distintivo por antonomasia del rigor formal y el éxito empresarial. Símbolo exterior del establishment, constituye la vestimenta del poder, más concretamente, y dicho groseramente para entendernos, de empresarios, conservadores y simpatizantes de la derecha política, más conocidos como “liberales”. Obviamente no siempre es así; algunos hombres que no son ni tradicionalistas ni conservadores ni de derechas echan mano del traje a diario, casi siempre en horas de trabajo. Esto no los convierte, en absoluto, en elegantes, pero esta es otra cuestión. En todo caso, resulta inconcebible asociar el traje con la crítica social radical.

En materia de vestuario, Edward Bulwer-Lytton aconsejaba no apartarse nunca del gusto general; el mundo, decía, “ve excentricidad y genialidad en las grandes cosas, pero insensatez en las pequeñas”. Sin embargo, esta recomendación se ha vuelto temeraria; y es que adecuar el vestuario masculino al actual “gusto general” no nos conduciría a ninguna sastrería sino a la tienda de deportes, al outlet de prestigiosas marcas de pacotilla y a las corporaciones textiles low cost. A mi entender, la verdadera cuestión es esta: ¿cómo portar un traje en el apogeo del casual desmañado, el streetwear y la traza de alpinista sin pasar por apoderado taurino, diplomático, agente funerario o un repugnante clasista? La respuesta es: de ninguna manera.

 

II

EL PRIVILEGIO DE VESTIRSE

Según una idea muy extendida, en absoluto falsa, la preocupación por la elegancia fue desde tiempos remotos privilegio de una minoría. Esto no puede sorprender, ya que, después de todo, era una actividad que exigía, y sigue exigiendo, al menos en sastrería, recursos y ocio en abundancia. Si durante la consolidación del sistema industrial uno de los requisitos del refinamiento indumentario era estar a salvo de las imposiciones laborales y de una vida material al borde de la subsistencia, hay poco misterio en el hecho de que el juego de la distinción haya sido exclusivo de hombres acaudalados.

Paradójicamente, el ancestro del traje jugó en sus orígenes revolucionarios un papel igualador y democrático en oposición a los encajes y bordados propios de la aristocracia del Antiguo Régimen; simbolizó el triunfo de la Modernidad y su corolario de liberalismo, innovación, nivelación burguesa e intrepidez industrial. Sin embargo, a lo largo del siglo XX su estabilidad y hegemonía fueron radicalmente contestadas, resistiendo a duras penas las embestidas de las subculturas urbanas (a excepción de los Teddy boys y los primeros Mods), la contracultura, la ropa deportiva, el Grunge y, en nuestros días, una sorprendente condescendencia con el harapo.

Ciertamente no ha desparecido, pero su visibilidad se ha reducido de forma drástica; mal que bien, conserva su vigencia como atuendo formal, aunque décadas de relajación indumentaria y la generalización de la imagen pordiosera de los patrones de Silicon Valley han confinado su carga simbólica dentro de los estrechos límites de las finanzas, la judicatura, la política y la ceremonia (excepto los funerales).

Y si la elegancia ha sido coto de elites, también lo ha sido su discusión. Los mejores comentaristas del arte de vestirse y del dandismo, pienso en Barbey d’Aurevilly, Baudelaire y Balzac, aunque sin pedigrí, fueron integristas católicos, monárquicos y, por encima de todo, amantes del orden. Brillantes comentaristas del estilo como Eugène Chapus, Paul Bourget, Abel Léger, André de Fouquières o Eugène Marsan, hagiógrafo de Mussolini y simpatizante de Acción Francesa, no eran precisamente los primeros en las barricadas. En los años sesenta, hasta el mismísimo Duque de Windsor hizo sus pinitos teóricos con su A Family Album.

Hace unos años, Nicholas Antongiavanni publicó “The Suit. A Machiavellian Approach to Men’s Style”, guía para elegantes inspirada en “El Príncipe” de su admirado Maquiavelo. Como nos recuerda Antongiavanni, del mismo modo que hay un arte de gobernar, existe también un arte de vestirse. Aunque de esto último sabe un rato, sus conocimientos sobre astucia política tampoco son despreciables; de hecho, ha redactado discursos para criminales de guerra y mentirosos compulsivos como el señor George W. Bush y la señora Condoleezza Rice. Igualmente, ha puesto su pluma al servicio de personajes tremebundos como Pete Wilson, Rudolph “tolerancia cero” Giuliani y Rupert Murdoch. Un elenco de cuidado.

Para que no faltase nada, Antongiavanni arrancaba su libro con un prefacio dedicado a John Elkann, heredero del emporio empresarial de su abuelo, Gianni Agnelli, claro indicio del público al que se dirige. Por cierto, el libro, rebosante de ingenio, es excelente.

No hay que ser un lince para ver que la elegancia clásica ha tenido poco que ver con la protesta social. Salvo excepciones, muchos de los grandes iconos de la moda masculina han estado conectados de alguna manera con el dinero, los títulos nobiliarios, la política de alto vuelo y la industria cultural. La exigua lista de elegantes que han jugado un papel estelar en la moda masculina es bien conocida. La encabeza un aristócrata, Eduardo VIII, el monarca romántico que primero renunció al trono por amor y después, tras la guerra y a regañadientes, al nacionalsocialismo. Tan poco disimulaba el “fascista de Savile Row” que Churchill se vio obligado a sacarlo de circulación y confinarlo en Bahamas para que dejase de flirtear públicamente con Hitler, su otra pasión, además de la ropa. Y hablando del reverenciado Churchill, qué decir de este sobrio representante del buen vestir que no pestañeaba a la hora de gasear a los árabes en Oriente Medio, bombardear civiles alemanes o carbonizar trabajadores durante su etapa como ministro del Interior. En materia sartorial, el gran estadista se tenía en tan alta consideración que nunca se sintió obligado a honrar las facturas de su sastre. A una figura de su dimensión, sostenía, había que vestirla gratis. Su sastre, claro, no pensaba lo mismo.

En las listas de elegantes nunca faltan aristócratas como Carlos de Inglaterra y empresarios como Gianni Agnelli, el patrón del imperio Fiat. Confieso que nunca he tenido este demócrata cristiano por un hombre elegante; sin embargo, en su tiempo cualquier rebuzno estilístico, cualquier aberración de l’Avvocato arrancaba exclamaciones de admiración y marcaba tendencia. Desde que tuvo la ocurrencia de llevar botas de montaña con traje o ponerse el reloj sobre el puño de la camisa, los comentaristas han estado entretenidísimos tratando de desvelar estos misterios. Algunos han caído rendidos sin más ante su genio; otros, sin restarle mérito, mencionan la visita a una obra y una alergia cutánea para justificar sus jeremiadas. Otro original, Aristóteles Onassis, estuvo a punto de crear escuela con un extravagante four-in-hand anudado hacia dentro. Por las cumbres, ya se sabe, el rey puede ir desnudo y ser aclamado.

El empresario Cesare Romiti, mano derecha de Agnelli, pasó a la posteridad como elegante de postín y hombre de códigos. Con fama de severo, Romiti fue una figura versátil, tan capaz de permanecer de pie durante el funeral de Agnelli, según una costumbre militar que compartía con l’Avvocato, como de poner de patitas en la calle a cuarenta mil trabajadores de la Fiat de una tacada.

Naturalmente, entre nosotros también ha habido gente muy elegante. Don Alfonso XIII, por ejemplo. Habitual de Savile Row y las exclusivas sastrerías parisinas, fiel lector de Monsieur, la maravillosa revista de Paul Poiret, el flamante Borbón podía llegar a cambiarse de ropa cinco veces al día como si tal cosa; esto, que habla de su respeto por el protocolo, también da una idea de las dimensiones de su guardarropa y de su agenda. Sabía siempre qué ponerse para correrla por Deauville, financiar, y escribir, películas pornográficas con prostitutas del Barrio Chino de Barcelona, procrear bastardos con actrices e institutrices y dar la bienvenida a generales golpistas.

En materia de indumentaria, no cabe duda de que fue un hombre impecable; recordemos la elegancia con la que se fugó a Cartagena a los mandos de un espléndido Hispano-Suiza para tomar el barco del exilio. Don Alfonso deambuló por los hoteles de lujo de media Europa, participó en cacerías, hizo sus chanchullos en las carreras de galgos, pilotó coches de lujo, frecuentó las fiestas del viejo Hollywood acompañado por el flamante Douglas Fairbanks y saludó el triunfo del Glorioso Alzamiento Nacional sin menoscabar jamás su reputación de elegante. Era tan celoso de su imagen que, ya en el exilio, la primera decisión que tomó al llegar a París fue encargarle al embajador español que le comprase una docena de camisas en Sulka.

En el capítulo de los escritores, González Ruano fue sin duda uno de los más distinguidos periodistas españoles, en general poco dados a elegancias, aunque, para decir toda la verdad, al igual que Churchill, mostraba ciertos reparos a pagar sus deudas de sastrería. Su distinción se vio en entredicho por una existencia llena de sombras. En el París ocupado por los nazis, Ruano se pegaba la vida padre, desplumando, según parece, a judíos perseguidos. Y no lo digo yo, sino sus superiores en la empresa estatal de seguridad en la que trabajaba: la Gestapo.

Cuando se habla de elegancia y hombres influyentes no podemos olvidarnos del alto clero. Hace años, unos estilosos zapatos de cuero rojos, símbolo del derramamiento de sangre de nuestro Señor Jesucristo, le valieron al Papa Benedicto XVI el reconocimiento por parte de Esquire, que le distinguió como el “mejor portador de accesorios”. Aunque se rumoreó que los zapatos en cuestión eran de la firma Prada, en realidad habían salido de las manos de Adriano Stefanelli, un hábil artesano italiano que también contó con la bendición de Juan Pablo II. Deseoso de disipar toda sombra de vanidad, el Vaticano zanjó el asunto: “al Papa no le viste Prada, sino Cristo”.

No todos los proveedores del Papa son de tan alto copete. Además de los talleres celestiales, las sotanas del Santo Padre, de treinta y tres ojales en homenaje a la edad de Cristo, proceden de la tradicional sastrería eclesiástica Gammarelli. Su coste, unos cuatro mil euros, a pesar de ser considerable, está lejos de los precios que manejan casas como la parisina Cifonelli, una de las preferida de políticos y gentes del espectáculo de medio mundo. Por supuesto, sus calcetines son también de Gammarelli. Son magníficos, doy fe.

En definitiva, aunque hay excepciones más que notables, la más ruidosa, sin duda, la de Brummell, se da por hecho que la innovación en el campo de la elegancia masculina ha sido cosa de individuos instalados en el vértice superior de la pirámide social: aristócratas nazis (Eduardo VIII del Reino Unido), Borbones fugitivos y conspiradores (Alfonso XIII), políticos sin escrúpulos (Churchill, Eden), turbios empresarios (Agnelli), actores (los formidables Cary Grant y Fred Astaire) e incluso Papas.

A riesgo de generalizar, se puede afirmar que los actuales divulgadores de la elegancia masculina siguen el surco de esta estirpe señorial, y aunque se cuidan de afirmar abiertamente que la brecha entre el gusto vestimentario del populacho y el de la elite es consecuencia natural del darwinismo social, para ellos portar un traje no es sólo un ejercicio estético, sino una cuestión de jerarquía moral. Es aquí donde encaja como un guante la teoría de la elegancia como “valor interior”.

Por fortuna, no es necesario llamar a un psiquiatra o un espeleólogo para ver qué clase de misteriosos valores viven agazapados en las profundidades de los elegantes. Por sus actos los conoceréis, dice San Mateo. Tomemos el caso de un fino degustador del buen vestir como don Alfonso Ussía, figura gigantesca de las letras españolas y autor de unas muy vendidas y muy lamentables parodias sobre las buenas maneras. Con motivo del fallecimiento de un torturador franquista el señor Ussía declaró que el funcionario en cuestión “cumplió en momentos difíciles con su deber”. Como se ve, predicar las buenas maneras no está reñido con “causar pena o sufrimiento intenso y continuado a una persona”; un hombre elegante no deja ser honorable por practicar la tortura. Por la mañana puede inclinarse para besar la mano de una dama, fumarse un majestuoso puro en un club exclusivo tras el almuerzo y por la noche someter al “quirófano”, la “rueda” o la “colgadura” a un subversivo en una tenebrosa mazmorra sin manchar su reputación de hombre galante. Y todo esto con suma elegancia y sin quitarse el traje.

Para los profanos, estos valores no se aprecian a simple vista; cuesta trabajo detectarlos porque son “interiores”. “Siempre he estado atrasado en moral, escribió Thorne Smith, pero sé cómo vestirme apropiadamente para cualquier ocasión y eso es más de la mitad de la batalla”. Para los elegantes que empuñan la bandera de los privilegios junto a la de los valores interiores, más que la mitad de la batalla, es toda la guerra.

III

ELEGANCIA RADICAL

En definitiva, se debe reconocer, y no dejo de hacerlo, que en gran medida han sido las elites quienes han dictado las reglas del vestuario masculino. No obstante, esta afirmación sin matices ofrece una visión trucada del asunto. Una mínima precaución sugiere un proceso mucho más complejo. Antes que en sentido vertical, de arriba abajo, el canon es el producto de un flujo incesante de apropiaciones y préstamos entre la alta cultura y la cultura popular. Más que arbitrariedad o imposición señorial hubo inspiración, fusión, contaminación. Las reglas son el particular fruto del mestizaje entre el gusto burgués y las costumbres campesinas y obreras. Buena prueba de ello es el gran número de prendas plebeyas que dieron el salto desde entornos rurales, pantanos, barcos de pescadores y campamentos de soldados rasos a las calles de las grandes capitales, pasillos palaciegos y residencias veraniegas de aristócratas, oligarcas y patricios urbanos.

Si la guerra ha sido una de las grandes inspiraciones del vestuario masculino, también lo fueron el campo, el mar y el barrio. Algunos se llevarán una sorpresa al informarse del origen de la Barbour, los abrigos Loden, los zapatos perforados, las alpargatas, los cuellos vueltos o la gabardina. ¿Habrá que recordar que “chaqueta” y “chaqué” proceden de jaque, la prenda campesina que dio nombre a la Jacquerie, la insurrección de los campesinos franceses en el siglo XIV?

Más chocante aún resulta descubrir que el traje tal y como lo conocemos actualmente no se lo debemos al capricho de un conde o un capitán de industria, sino a un hombre salido de la más negra pobreza, un niño minero, cerril antimilitarista y parlamentario socialista llamado Keir Hardie. En 1892 sus señorías se rieron de lo lindo de aquel paleto escocés cuando tuvo la desfachatez de presentarse en el parlamento británico con “traje corto”, chaqueta, chaleco, pantalón y gorra deerstalker, la indumentaria favorita de la burguesía para su retiros campestres. Diez años después las carcajadas se habían extinguido y los milores vestían el traje de campo popularizado por Hardie.

Así pues, como buen conservador, convencido de que sólo se avanza mirando al pasado, a la hora de vestirme debo decir que estoy del lado de la tradición. Pero, ¿de cuál exactamente? Confieso que mi tradición no rinde homenaje a los elegantes habituales; está enganchada a una corriente estética radical representada por figuras mayores como Morris y Ruskin, el “lujo comunal” esbozado en el manifiesto de la Federación de Artistas de la Comuna de París y una constelación de nombres desconocidos o ignorados por la historia sin relación aparente con la elegancia. Sin entrar en grandes detalles, diré que este lujo comunal no remite a la exclusividad, el despilfarro y la opulencia, sino al lazo que anuda la belleza de las formas con la transformación social. Como probablemente me exigirá ejemplos de este linaje, esbozaré a continuación mi particular galería de elegantes.

*

Comenzaré esta aleatorio y desordenado recuento por el citado Kair Hardie, a quien sentaría junto a Jules Vàlles, figura imprescindible de la Comuna de París. Como el propio Vàlles registró en sus memorias, su gusto por la delicadeza indumentaria estimuló las más disparatadas teorías sobre su filiación política, en especial entre quienes no le conocían personalmente; la única duda que parecía existir era a qué facción de la reacción pertenecía este precursor de los derechos de los niños y director del antimonárquico “Le Cri du Peuple”. Además de elegante, Jules Vallès fue un hombre querido y respetado; cuando falleció en 1885 en el domicilio de Séverine, la talentosísima comunera a quien había iniciado en el periodismo de denuncia, más de sesenta mil obreros acompañaron su cortejo fúnebre.

Sigo mi repaso con dos franceses casi desconocidos, Joseph Robin y Paul Napoleón Roinard. El primero, nacido en París en 1854, fue un insignificante peón de la construcción cuya vida, transcurrida en la más absoluta pobreza, no difirió de la de muchos ácratas de la época. No se sabe gran cosa de su existencia; sin embargo, hay una fotografía… Se trata del retrato que encabeza su ficha policial, elaborada según el método “científico” de Alphonse Bertillon, en la que Robin aparece con sus vulgares y desgastadas ropas de obrero y fular al cuello. Ese fular, único elemento de fantasía en su atuendo, no está anudado de cualquier manera; el nudo encierra un mensaje: el fuera de la ley se ha tomado su tiempo para ser fotografiado, no puede permitirse ningún lujo excepto un sublime toque de coquetería que atrae de inmediato la mirada del observador. Hay mucho orgullo en ese nudo.

Joseph Robin

El pintor, dramaturgo y poeta libertario Paul Napoleón Roinard (1859-1930) tampoco les dirá nada a los estudiosos de la elegancia masculina. Tras frecuentar la bohemia parisina, se hundió durante varios años en la mendicidad, de la que emergió gracias a sus grandes dotes como pintor. Lo integro aquí por un retrato de Louis Anquetin de 1893, en el que el ex vagabundo Roinard posa como un señor con levita, chaleco de cruce alto, sobrero de copa y bastón.

Paul Napoleón Roinard

Después de Robin y Roinard, le haría un hueco a Alexander Bergman. Aunque algunas imágenes nos lo muestran con blusones de obrero similares a los usados por William Morris, en otras, en cambio, ataviado con trajes cruzados y adorno floral, da prueba de un gran sentido del equilibrio y el contraste. Sólo por esto se ha ganado un lugar en mi panteón.

Situémonos por un momento en 1897. Un hombre sale de la cárcel tras cumplir condena por sodomía (la despenalización en el Reino Unido, patria del progreso, de esta práctica “antinatural contra la voluntad de Dios y el hombre” se aprobaría en 1967). Su vida está arruinada; no tiene dinero ni más reputación que la de vicioso; vetado por teatros y editoriales, repudiado por muchos de sus antiguos admiradores, privado de su fastuosa vida anterior, es unánimemente acusado de depravado por los filisteos de la buena sociedad; sin embargo, los durísimos años de trabajos forzados no han hecho mella en ese genio llamado Oscar Wilde: “Como el querido san Francisco de Asís estoy casado con la pobreza: pero en mi caso el matrimonio no es un éxito: odio a la Esposa que me ha dado: no veo en su hambre y sus harapos belleza alguna: no tengo el alma de san Francisco: tengo sed de belleza”, escribió desde la cárcel. Cuando recuperó la libertad “enseguida nos tranquilizó”, relata un amigo: “Entró con el porte de un rey que regresa del exilio, hablando y riendo, fumando un cigarrillo, con el cabello ondulado y con una flor en el ojal”. ¡Oh, querido Oscar, qué grandeza!

Oscar Wilde

Con sus calculadas excentricidades y su gusto por la provocación, este amante de los perfumes y el terciopelo no podía faltar en mi lista. “Nadie reconoce y valora como yo la importancia del vestir y su relación con el buen gusto y la buena salud”, se jactaba Wilde. Y ya que menciono al gran Oscar, incluyo con gusto a Arthur Cravan, sobrino por parte de su esposa, la sufrida Constance, que tenía un no sé qué de su tío.

Arthur Cravan

Para que no me acusen de seleccionar únicamente europeos, les he reservado un hueco a dos estilosos brasileños. El primero, Lima Barreto (1881-1921), hijo de un mulato y una esclava, se convirtió en el más afilado cronista de la sociedad de su época. En la obra de este anarquista y antipatriota, que murió joven, alcoholizado y en la miseria, hay abundantes referencias a la elegancia y su importancia social.

Lima Barreto

El segundo, João do Rio, pseudónimo de Paulo Barreto, (1881-1921), menos audaz políticamente que Lima, fue igual de penetrante en sus retratos del Río de Janeiro de la Belle Époque. Atribulado por su homosexualidad, a João do Rio le cabe el mérito de haber introducido, y traducido, a Oscar Wilde en Brasil; como el irlandés y Lima, falleció de forma prematura. Además de sus crónicas cariocas, nos ha legado un estilo con toques wilderianos que aúna afectación y decadentismo.

João do Rio

Vayamos ahora con algunos hombres negros, eternamente aventajados en materia de elegancia debido al tono de su piel, lienzo incomparable para los contrastes cromáticos. Concedo un lugar de privilegio para el genio de Duke Ellington, el poeta Langston Hughes y el multifacético Paul Robeson, barítono, deportista y actor, hijo de un esclavo fugado de las plantaciones sudistas, que durante los años veinte, al igual que Hughes, estuvo vinculado al movimiento de renacimiento de Harlem.

Langston Hughes

Y para que no se diga que no dejo el pabellón aristocrático español bien alto, sugiero el nombre de mi marqués favorito, el denostado y fascinante Antonio de Hoyos y Vinent. En estos tiempos de memoria histórica, es decir, de refriegas entre las diversas memorias del Estado, yo, tan poco amigo de las estatuas, pienso que estamos tardando en erigirle una bien grande a este noble decadente, a este homosexual escarnecido por casi todos, habitual en la prensa anarcosindicalista de los años treinta y en “El Sindicalista” de Ángel Pestaña, que murió como un perro abandonado en una cárcel franquista en 1940.

Antonio de Hoyos y Vinent, ¿un elegante? ¡Naturalmente! Soy consciente de que en mi particular lista figuran nombres que, con certeza, causarán perplejidad; habrá quien juzgue esto como una enorme insolencia, y la irritación no hará sino aumentar cuando revele el nombre del tornero leonés Buenaventura Durruti. A simple vista, los méritos de este hombre de acción en el campo de la elegancia son cuanto menos dudosos; no obstante, una ojeada a las fotografías durante su exilio en Bélgica o en la redacción parisina de “Le Libertaire” a mediados de los años veinte sugiere una lectura distinta. Es cierto que en los años veinte y treinta cualquier obrero endomingado resultaba infinitamente más elegante que, pongamos por caso, un Eurodiputado actual. Pero la elegancia no es sólo cuestión de ropa y el fornido Durruti tenía eso que los franceses llaman allure, un aire de distinción que el mejor sastre es incapaz de proporcionar.

Durruti y Émilienne Morin

Curiosamente, Buenaventura acabó sus días en un reducto de elegantes como el Ritz, el mismo hotel donde pocos años después, agasajado por Franco, Eduardo VIII del Reino Unido mantuvo cordiales encuentros con miembros de la diplomacia nacionalsocialista. Antes, ya les había chivado a sus amigos nazis los planes secretos de los aliados en caso de invadir Bélgica. Un patriota ejemplar. Aunque no descarto que el paso del duque y la señora Wallis Simpson por las suites 511 y 512 merezca algún día una placa conmemorativa, se me hace difícil imaginar que la dirección del Ritz tenga un detalle con el anarquista expropiador.

No quiero dejar fuera de mi lista a José Luis Facerías, maquis libertario al que sus compañeros apodaban cariñosamente “Petronio” por su gusto indumentario. En materia de estilo, el elegante Facerías, uno de los “bandidos” más buscados por el régimen franquista, no tenía nada que envidiar a los hipócritas que desplumaba en los mueblés barceloneses, casas de citas frecuentadas por fascistas, burgueses, hombres piadosos y demás soportes del nacionalcatolicismo. En agosto de 1957, cuando fue ejecutado en el trascurso de una emboscada, la policía encontró en un bolsillo interior de la chaqueta del Face, camarero de profesión, un espejo de bolsillo, prueba definitiva de una coquetería soberbia.

José Luis Facerías

Terminaré este breve repaso con dos de mis elegantes predilectos. En primer lugar, Albert Cossery, un egipcio afincado en París que, desde muy joven y para siempre, decidió abstenerse del trabajo asalariado, una decisión que, a decir verdad, no le costó mucho tomar. En realidad, no consagró su vida por completo al ocio, ya que escribió, a mano, ocho novelas; eso sí, a un ritmo que se antoja un tanto parsimonioso: nunca más de una frase al día. Vivió noventa y cuatro años. Además de escritor ocasional, Cossery, buen amigo de Camus y habitual de los cafés de Saint Germain, fue un militante de la elegancia. Siempre a dos velas, sus ropas no eran ciertamente de la mejor calidad; sin embargo, muchos hombres recién salidos de las más reputadas sastrerías parisinas no aguantarían una comparación con este maestro del non far niente. A Albert le chiflaban los buenos zapatos, pero no podía permitírselos; en agradecimiento por sus libros, sus admiradores, que lo sabían, dejaban cajas envueltas con papel de regalo en la recepción del pequeño hotel de la Rue de Seine donde residió durante cincuenta y siete años. Por la noche, de regreso del Café du Flore o el Lipp, Albert Cossery abría las cajas y se probaba los magníficos zapatos que contenían; nunca era tan feliz como en esos momentos.

Albert Cossery

Por último, Miguel Almereyda, mi favorito. Si tuviera que citar sólo a un elegante sería a este sublime vanidoso, esteta combativo y contradictorio y padre de Jean Vigo. Fruto bastardo de un señorito con una empleada, desde muy joven Miguel, que en realidad se llamaba Eugène Bonaventura Vigo, se ganó a pulso un enorme cero en conducta. Rebelde y desafiante, no tardó en flirtear con el anarquismo individualista y abrazar el antimilitarismo. A pesar de no haber frecuentado la escuela, Miguel se reveló como un escritor capaz y vigoroso; fue uno de los fundadores de “La Guerra Social”, “órgano de concentración revolucionaria abierto a todos aquellos que trabajan, por medios diferentes de la acción legal, por la expropiación de la burguesía capitalista con el fin de la socialización de los medios de producción y cambio”, nada más y nada menos.

Pero lo que hacía de Miguel Almereyda una figura despampanante era una elegancia rutilante y campanuda, que dejaba tan desconcertados a sus compañeros como a sus enemigos, policía incluida. Antes de ejercer como editor, a pesar de que no se le conocía actividad remunerada alguna, los registros policiales lo describían como uno de los delincuentes más peligrosos de París y “hombre muy elegante”. También era un hombre de principios. No conozco un gesto más radicalmente elegante que desmayarse de hambre con los bolsillos llenos del dinero recaudado entre los suscriptores de su revista.

Miguel Almereyda

Bajo los amorosos cuidados de Séverine, recuerde, la gran escritora feminista y libertaria en cuyos brazos murió Jules Vàlles, Almereyda, fue, según Anne Steiner, su biógrafa, una de las figuras más fascinantes de la Belle Époque: sensible, ofensivo, talentoso e infatigable adversario de los Camelots du Roi, paramilitares ultraderechistas a quienes hacía frente en el Barrio Latino con traje cruzado, pieles de nutria, bastón y una ondulante melena. En la permanente gresca legal que mantuvo con Maurras y su camarilla, Miguel era siempre, con mucha diferencia, el más luminoso en los juzgados. Sus elegantes ropas le acompañaban en la celda donde falleció, muy probablemente asesinado, en agosto de 1917.

*

Hasta aquí mi galería de elegantes, socios de un club que no es ni de izquierda ni de derecha, sino de abajo. Integran una tradición cuajada de marginales, bohemios y pobres de solemnidad; de negros, artistas, comuneros, antimilitaristas, pacifistas, patriotas lamentables, anarquistas individualistas, ateos, dandis, homosexuales hijos de Grandes de España, anarcosindicalistas, estetas sodomitas, flageladores del trabajo asalariado y guerrilleros anarquistas. Ninguno de ellos consideró la elegancia como una flaqueza, como una frivolidad que rebaja a quien la cultiva. Ninguno se preguntó por la importancia de la ropa comparada con la lucha por la emancipación social. Para ellos, esta disyuntiva encerraba una trampa. Planteaba una nefasta disociación entre la imaginación y el arte, por un lado, y la cuestión social y la revolución, por otro. Si “todo está en todo”, como afirmó Eugène Poittier, autor del manifiesto de la Federación de Artistas de la Comuna, desgajar la vida cotidiana del arte equivalía a mutilar la primera y profesionalizar el segundo; porque, ¿qué otra cosa es vestirse sino una bella arte, menor, si se quiere, pero arte de la presentación al fin y al cabo?

Estos hombres, que aspiraron a un mundo más justo, decente e igualitario, sabían que la belleza no excluye nada, ni el fondo ni la forma. A pesar de los continuos apuros, de la represión y la miseria, todo en ellos delata reflexión, experiencia, ensayo y error; delata, sobre todo, voluntad. Vivieron al filo de pobreza, pero suplieron las enormes carencias materiales con un derroche de imaginación; la mediocridad de sus prendas y sus encantadores errores estilísticos no hacen sino acrecentar su elegancia.

Constituyen la prueba definitiva de que la elegancia no tiene nada que ver con la simpleza de ponerse un traje, sino con cómo ponérselo y por qué; se esforzaron por proyectar una imagen  digna y un poco altanera, tan espectacular como tosca, es cierto, pero movidos siempre por un orgullo apenas disimulado y el deseo de impregnar sus ropas de poesía. Si miramos más allá de la apariencia lo que se nos revela es su dramático empeño por hacer de cada hombre un artista, no un proletario o un burgués.

En vano buscarán sus nombres en el índice onomástico de los manuales de historia de la moda. No ocupan ningún lugar en las listas de los mejor vestidos, nadie los reconocerá como árbitros de la elegancia ni se sentirá llamado a tomarlos como inspiración. Eran plenamente conscientes de que las reglas de la elegancia condensan el deber que tenemos para con los demás y el aseo que nos debemos a nosotros mismos (Bulwer-Lytton). Pero a diferencia de los propagandistas de la elegancia como estilo de vida exclusivo, sabían que quienes “hacen de su vestimenta una parte principal de sí mismos, no tienen más valor que su vestimenta” (Hawthorne). A los dos códigos elementales del arte de vestirse, el deber de resultar agradable a ojos de los demás y el derecho a la fantasía individual, les sumaron una nota de rebeldía y una moral del bien común.

Siento que habría podrido ser amigo de todos estos hombres, ¡y de Sèverine!, a quienes les debo casi todo lo que sé sobre los códigos del arte de vestirse. También fueron ellos quienes me enseñaron que la moral es una exigencia de la vida social, no un valor interior. Cuando deslizo la corbata por el cuello o paso por el ojal del chaleco la leontina con el Cuervo y Sobrinos que durante medio siglo acompañó a mi bisabuelo y mi padre en los tajos de Mosquitera y Pumarabule me gusta pensar que soy un conservador que honra y prolonga su tradición. Ni los harapientos pasajeros que me acompañaban en el tren ni los voceros de la elegancia señorial tienen nada que ver con ella.

María Vigón y José Escobio, picador, bisabuelos del autor

1 comentario

  1. Excelente!!! Si elegante es el que elige bien, se mostrará como tal el lector que escoja leer este artículo . Ironía, erudición bien entendida, esgrima polémica… El autor sabe zafarse de la angosta clasificación ideológica para señalarnos una didáctica de lo bueno y lo bello. Solo nos cabe agradecerselo y procurar romper el dasaliño que nos gobierna

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