La canción protesta, o canción de autor, es un género musical que surgió en los años sesenta y setenta en torno al mundo hispanohablante, aunque en lugares como Francia, Italia o Estados Unidos ya se estaban escuchando ideas sonoras similares. Nació en un clima de conciencia social y resistencia política frente a las dictaduras y represiones de México, Argentina, Chile, España, Cuba, Bolivia, Portugal, Uruguay, Perú, Brasil, Colombia, y un largo etcétera. Porque sí, así de crudo fue nuestro siglo XX.
Viajar por la cultura musical de Iberoamérica es embarcarse en un transatlántico que navega entre palabras que resuenan en cada país, como ecos reverberando en el pecho de generaciones enteras. Y es que en este género musical la letra es la absoluta protagonista de la composición, acompañada únicamente del rasgueo de una guitarra, los acordes de un piano o la percusión de un cajón.
En México, la voz clara y directa de Judith Reyes, considerada «la madre de la canción protesta», dio a luz a este género, aunando en un grito afinado la protesta estudiantil de mayo del 68. «Yo también me incorporo a las filas del que lucha contra la opresión», grita convencida Reyes (Marcha de los caídos, 1974), mientras una marcha enfurecida y sin miedo, con mucho que ganar y únicamente la vida por perder, se lanza contra un sistema corrupto y asesino. «Tlatelolco no fue su final», proclama, recordando la matanza del 2 de octubre de 1968. Las protestas escalan en un México sumido en la represión policial bajo el autoritarismo priísta. Y Reyes, con su guitarra y su ritmo de cuatro por cuatro, demanda esa nueva sociedad libre de un México que sueña y marcha «en la escuela, en el monte y en el pueblo». En el país entero.

En Argentina, el cantor no calla, porque no calla la vida. La vida que late en las calles del Buenos Aires obrero que sufre, lleno de porteños oprimidos que «no callarán jamás frente al crimen». La letra y la cuerda pulsada de Horacio Guarany (Si se calla el cantor, 1972) tañen la reivindicación de la canción como forma de protesta frente a la censura dictatorial. Mercedes Sosa, con su voz de contralto grave y engolada, acompaña los versos que contienen la rabia acumulada desde el golpe de 1930, creciendo en medio siglo de opresión con los hasta seis regímenes autoritarios que se fueron alternando en la Casa Rosada. «Que se levanten todas las banderas cuando el cantor se plante con su grito».
En Chile, recordar la historia de amor entre Amanda y Manuel (Te recuerdo Amanda, Víctor Jara, 1969) es recordar la precariedad laboral y la injusticia social que vivieron los obreros «de cualquier fábrica, en cualquier ciudad, en cualquier lugar de nuestro continente» (palabras de Jara, julio de 1973). Es recordar que en los cinco minutos de descanso cabe un beso de amor, una sonrisa ancha que ilumina, un chaparrón que moja la calle y el pelo, y un fusilamiento. En cinco minutos la opresión patronal, la coacción y el odio destrozan cuerpos inocentes en la sierra, como una premonición del asesinato del cantautor, torturado y fusilado bajo las órdenes de Pinochet. En esos mismos cinco minutos, la voz queda de Jara desaparece con un punteo de guitarra, mientras suena la sirena de la fábrica que nos recuerda que en los mundos opresivos no hay espacio para el amor, para el dolor o para el luto. Sólo para el trabajo.

En España, el hambre sabe a cebolla, a escarcha y a llanto. Las palabras de Miguel Hernández (Nanas de la cebolla, 1939) fueron musicalizadas 32 años después por Joan Manuel Serrat (1971). El cantautor de la trova catalana le devolvió a España la voz del poeta que la dictadura franquista había condenado y silenciado durante cuarenta años. Hernández murió de tuberculosis tras pasar casi cuatro años en cárceles de todo el país, condenado por sus ideas, y sus versos fueron prohibidos durante los siguientes 40 años. Y es que la dictadura, mediante la represión y el miedo, intentó acallar todas las voces que habían reclamado democracia, justicia y libertad. Hernández leía las cartas de su mujer hambrienta y pensaba en su hijo mamando sangre, pan y cebolla. Miraba a la luna pidiendo una risa infantil, última esperanza de la España republicana, reprimida y fusilada. Una risa infantil que libera, que da alas, que arranca cárceles y soledades. Serrat quiso mostrarle a la España de la Transición que el miedo y la represión nunca son para siempre, que la Libertad con mayúscula había llegado para quedarse (Para la Libertad, 1939 y 1972). La libertad por la que sangraron, lucharon y pervivieron generaciones enteras de españoles.

En Cuba, el futuro se sueña y se dibuja sobre un país de pan, bajo un país de ruinas (Cuando digo futuro, Silvio Rodríguez, 1977). Porque sobre la desesperación, sobre los fierros y las armas, sobre el pasado militar de desesperados, surge una madre, surge una plaza, surgen unos niños sonrientes. Y Rodríguez, que posee la capacidad de hacer poesía de casi todo, incluso del dolor, rasga con alegría y anhelo ese futuro donde los sentimientos más tristes, donde el pesar que nace de la pobreza y el miedo, se transforman en la esperanza futura. «Yo te convido a creerme cuando digo futuro». Las palabras de Rodríguez –defensor de la Revolución cubana, admirador del Che Guevara y combatiente en Angola– cruzaron a nado el Caribe y fueron enarboladas como un himno en Chile, Nicaragua o España. Como una promesa que más parece una profecía autocumplida.
En las dos orillas del charco, el canto social es un grito lastimero, airado y lleno de palabras casi habladas, donde la rabia nace de las entrañas, crece por la garganta y brota en una mueca angustiosa pero clara. Las rimas asonantes, sencillas y atrapantes del pop setentero no existen en estos temas donde las estructuras de estrofa-estribillo-estrofa-estribillo quedan diluidas en favor de la verdad. Una verdad triste y certera que lucha políticamente y reclama con el canto la vida obrera, consciente y resiliente. La vida cruda y cansada pero también convencida. La vida que sigue viviendo a pesar del presente; mirando al futuro.
