Desde el tacto y la noche, Un contacto viscoso (2024) nos acerca a la viscosidad blanda del caracol, a la humedad de su lento avance lamiendo el espacio que habita. El caracol aquí nos habla de intimidades raras, de relaciones simbióticas y mutualistas, de políticas emocionales. Nos ayuda a releer nuestra relación con lo húmedo y lo seco, con el asco y con el placer, dualismos que ya desde la Grecia antigua establecieron una diferencia patriarcal en la que sequedad era sinónimo de la salud y pureza del buen hombre, mientras que lo húmedo se asoció con todo aquello difícil de delimitar y controlar, susceptible de pudrir y enfermar al tacto: lo femenino, lo oscuro, lo raro.
Todo contacto es crisis, pues vulnera y diluye nuestras fronteras, nos acerca a otros cuerpos y tensiona los límites entre placer y dolor, individuo y colectivo, cuidado y violencia… En las esferas del tacto, la visión, con sus distancias y sus cánones, pierde la dominancia, convirtiendo tocar y ser tocado en un lenguaje con sus propios ritmos. Los tiempos del caracol, de texturas suaves y blandas, pueden trasladarnos a un espacio de temporalidades y cuerpos dilatados, cálidos y placenteros desde los que re-imaginar las narrativas en base a las que ordenamos nuestras rutinas, cuerpos y relaciones.


