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«Pero, como decía, en conjunto el aspecto de las cosas había cambiado mucho, el pesar y la tristeza se pintaban en todos los rostros; y, aunque algunos barrios casi no habían sido afectados por la peste, todo el mundo parecía profundamente inquieto; y, como veíamos que la epidemia progresaba día a día, todos se consideraban a sí mismos y a sus familias en el mayor peligro. Si fuera posible ofrecer una descripción fiel de aquellos tiempos a quienes no los han vivido, y dar al lector una idea exacta del horror que imperaba en todas partes, no dejaría de producir una justificada impresión en sus espíritus y llenarles de pasmo. Bien podría decirse que todo Londres lloraba; cierto que por las calles no se veía ropa de luto, pues nadie, ni aun por sus parientes más próximos, se vestía de negro ni llevaba encima ninguna prenda de las consideradas de luto; pero la voz del dolor se oía por doquier. Los gritos de mujeres y niños en las ventanas y puertas de las casas en donde tal vez sus parientes más próximos estaban agonizando, o acababan de morir, se oían con tanta frecuencia al pasar por las calles que oírlos bastaba para destrozar el más duro de los corazones. En casi todas las casas se veían lágrimas y se oían lamentos, sobre todo en los primeros tiempos de la epidemia, pues hacia el final los corazones de los hombres estaban tan endurecidos y era tal la costumbre de tener la muerte siempre ante los ojos que ni siquiera se preocupaban por la pérdida de sus amigos, esperando que a ellos mismos les llegase su hora de un momento a otro.»

«Diario del año de la peste» (Alba Editorial, 2020), Daniel Defoe

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