Marco Mezquida (Menorca, 1987) ha dejado de ser, a sus 30 años, una de las grandes promesas del jazz en España para convertirse en una realidad indiscutible. Formado en música clásica y moderna al mismo tiempo, posee una sólida base que le permite expandir su creatividad a través de la improvisación libre de dogmas y etiquetas. Su trayectoria es abrumadora: cuenta con más de cincuenta discos en su haber, entre proyectos propios y colaboraciones con otros músicos; ha tocado en más de veinticinco países de cuatro continentes; y, además, es profesor de música en el Liceu y la ESEM de Barcelona. Su agenda nunca está vacía. Viene de la Ciudad Condal, se va a Zaragoza y de ahí a Madrid, pasando antes por Huesca.

Aprovechamos su participación en la cuarta edición del ciclo Raqueros del Jazz para hacerle esta entrevista, que tiene lugar momentos antes de que suba al escenario para realizar la prueba de sonido. Le acompañan el baterista Ramón Prats y el saxofonista Ernesto Aurignac. Juntos forman M.A.P., el trío de jazz que, antes siquiera de haber sacado su primer trabajo, ya era aclamado por su apabullante directo. El disco estuvo a la altura de las expectativas y fue recibido como un necesario soplo de aire fresco en el panorama jazzístico nacional.

A pesar de su juventud, Mezquida es un tipo con las cosas claras y no se corta al hablar de todos los asuntos que se le plantean, siempre con el aplomo y la madurez que cabría esperar en alguien de más edad. Sabe que es joven, pero también adónde va y lo que quiere. La música es un juego cuyo valor reside ahí, en jugar sin miedo y sin juicios previos.

Foto: Victor Vélez.
Foto: Victor Vélez.

Nunca se pregunta a los músicos por la inmensa cantidad de tiempo que invierten en viajes. ¿Cómo lo afrontas y cómo afecta a tu actividad creativa?

Bueno, a los 16 años decidí que iba ser músico y, primero, no esperaba estar tan activo y viajando tanto a estas alturas; y, segundo, viajar era una de las cosas que más ilusión me hacía. Siempre me ha gustado descubrir ciudades, patear sus calles. Pero es cierto que la cantidad de horas que uno invierte en organización de los traslados son muchísimas. Ya decía Duke Ellington que a los músicos no nos pagan por los conciertos, sino por las horas de viajes. Eso es así, pero lo vivo con alegría y lo llevo bastante bien, porque vivo para ello y forma parte de nuestro trabajo. Por otro lado, que estemos viajando tanto siempre es buena señal, ya que eso significa que estás en activo.

Sólo por curiosidad, ¿cuál es el sitio más insólito en que has tocado?

Si me permites, vuelvo sobre la anterior pregunta. Cuando empecé tenía como fantasía tocar un concierto en París y uno en Japón. A Japón fui en 2011 y a París un año después y desde entonces no he parado de viajar. He vuelto a ambos sitios, pero también he ido por veinticinco países en cuatro continentes. Es una maravilla haber podido tocar en ciudades como Praga, San Francisco o Tokio, o en garitos como el Blue Note de Nueva York. Y el lugar más raro en el que me ha salido un concierto ha sido en el yate privado de un multimillonario suizo, para cinco personas, en Cannes.

Para entender mejor el trabajo de un músico, es importante conocer su formación y, por supuesto, sus influencias. Háblame de ello.

Te resumo: nací en 1987 en Mahón, una ciudad de Menorca. Soy hijo de dos profesores que, aunque no son músicos ni vengo de familia de músicos, creo que es un detalle significativo. Ellos vieron desde muy pronto que tenía facilidad con el ritmo y para sacar melodías. Me apuntaron a la Escuela Municipal de Música, donde conté con muy buenos profesores. Me hicieron jugar con la música y ver que era algo que no estaba fuera de mi alcance. También me inculcaron la importancia de la disciplina para llegar a hacer algo, pero siempre entendiendo la música como un juego.

¿El peso en tu formación es clásica o moderna?

Son las dos a la vez. Desde el principio ya me enseñaron a leer partituras pero no solamente potenciaron en mi esa parte más académica, ya que en mis ratos libres siempre me escapaba de la obligación para jugar a sacar canciones de la radio o a improvisar libremente o componer pequeñas canciones. Recuerdo que una de las primeras canciones que saqué era… [tararea] «¡Ese toro enamorado de la luna!», que por aquel entonces estaba de moda. Con 12 años empecé el Grado Medio en el Conservatorio, donde me formé en música clásica y, al mismo tiempo, estudiaba música moderna en la Escuela Municipal de Mahón.

¿Cómo llegas al jazz?

El jazz está en mi manera de ser, obviamente, pero me considero un músico a secas, alguien que ha estudiado mucho y que disfruta de la música en general. Es cierto que me interesó este género muy pronto, gracias a que mi profesor Suso González me daba partituras de standards de jazz, con lo que fui familiarizándome con el cifrado y empecé a improvisar. Por aquella época escuchaba Beatles y grupos de rock, pero recuerdo que me regalaron un cd recopilatorio de Esential Jazz donde un «Lemon Drop» de Ella Fitzgerald, Dave Brubeck y Bill Evans me encandilaron y engancharon al jazz. Luego, con 18 años me trasladé a Barcelona a estudiar en la Escuela Superior de Jazz, con lo cual me orienté más claramente hacia este género.

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Imagen: Víctor Vélez.

Gorka Hermosa, profesor de acordeón en el conservatorio, nos hablaba de lo difícil que resulta seguir manteniendo la distinción entre «música culta» y «música popular», sobre todo si se observa todo lo ocurrido en este ámbito durante el pasado siglo. Teniendo en cuenta tu formación dual, ¿podrías darnos tu opinión sobre ese asunto?

No creo que ese tipo de clasificaciones vengan de los compositores, sino que es algo que viene después y es cosa de la prensa y del público en general. Lo que sí tengo claro es que la música clásica no sería tal si no hubiese bebido tanto de la música popular, porque ésta siempre ha estado presente en todos los grandes de la historia (Mozart, Beethoven, Mahler…). Muchos de esos grandes compositores, que también fueron grandes instrumentistas y a los que se les tiene en un pedestal, también iban a bares, hacían fiestas, etc., y conocían a fondo la música popular del lugar, con una conciencia muy fuerte de su tiempo, y que, por el hecho de que su música de composición haya ocupado otro ámbito y la hayan convertido en música «elevada», con un aura diferente del de la música popular, puede haber tomado ese cariz de «música culta». Injustamente se sigue poniendo a la música popular en un lugar en el que está exenta de culto o calidad, lo cual no debería ser así. Que le pregunten a Bartok, a Mozart y compañía… Para mí, esa conexión entre lo «de la calle» y lo «erudito» es básica y da mucha riqueza al arte.

Yo me identifico plenamente con esto y es ahí donde está mi caldo de cultivo. El jazz sale básicamente de la música popular, del blues, de la músics de baile, y aunque es cierto que se ha ido sofisticando, y mucho, no es ajeno a lo popular y los músicos se sirven de ese conocimiento. Tocamos en gran medida, canciones.

¿Qué crees que explica casos como el tuyo, o el del mismo Gorka Hermosa y otros músicos, que, siendo tan jóvenes, presentan una trayectoria impresionante? Pienso, por ejemplo, en herramientas como internet y el acceso inmediato a información que antes estaba vedada.

En mi caso ha sido la cantidad de horas que me tirado en casa estudiando. Para mí, eso ha sido una forma de evasión y a la vez un juego. De hecho, creo que evasión y juego son las dos palabras clave que me han convertido en músico. También la disciplina, por supuesto, pero a la vez he sido bastante anárquico. He tenido compañeros que han sido más disciplinados y meticulosos en el estudio. Lo más importante para mí es que nunca he dejado de lado el juego y que gracias a haber encontrado mi escapada fuera de la música clásica, más interpretativa, he podido ir explorando otros territorios. Y todo este proceso ha servido para que hoy sea un músico sano: no tengo tendinitis ni dogmas, tampoco soy purista, sino todo lo contrario, pues trato de fijarme en todo y aprender de todo.

Por otro lado, es cierto que con internet tenemos al alcance mucha información que antes no era tan accesible. Sin embargo, también entraña un riesgo contra el que creo que un músico tiene que luchar, que es la dispersión. Y para eso creo que sigue valiendo el método clásico de estudio, de análisis, de rigor.

Uno de los elementos que caracteriza tu propuesta es el lugar que en ella ocupa la improvisación. Es corriente pensar que se trata de mero caos. ¿Podrías aventurar una definición a partir de tu propia experiencia de lo que significa la improvisación para ti?

La improvisación es un arte, el arte del juego de la creación instantánea. Cuando estoy improvisando, estoy componiendo al instante. Como si tuviese un lienzo en blanco delante, que es el espacio y el tiempo. Es dejarse llevar, escuchar y reaccionar tomando decisiones, aportando y callando. Si estoy con gente improvisando libremente es como si de una conversación se tratase, y si improviso yo solo lo vivo como un monólogo, entonces visualizo una curva que quiero darle a esos «momentos musicales improvisados» y a medida que pasa el tiempo voy tomando decisiones y para mí es un acto consciente donde no hay ningún caos. Puede haber riesgo, vértigo, exploración, pero lo que surge puede ser de una belleza y una riqueza sin parangón, ya que es de verdad y es del momento. Son el conocimiento del terreno (las técnicas creativas y recursos sonoros y tímbricos) y las horas de vuelo (es decir el bagaje musical y personal de cada músico) los que te permiten hacerlo a cada vez más alto nivel y sentir que este es un arte muy serio y muy necesario para la vida sana de un artista. Pero no deja de ser un juego, porque no es- por lo menos así lo siento yo- una praxis tan sesuda como el mundo de la composición o de la interpretación clásica. En este campo hay más libertad, pero también es un universo complejo que merece toda la atención y el estudio. Insisto, quien se permite improvisar es la persona que gusta del juego, del conversar al instante, de tomar decisiones para intentar crear o componer al momento.

Tiene mucho de oficio.

Tiene mucho de proceso, de bagaje y, sí, de oficio, pero también improvisa una persona cuando va por la calle o cuando está hablando. No es caos, es sencillamente ir tomando decisiones y, cuanto más conocimiento y experiencias tengas, mejor te podrás mover y expresar y más rico e interesante será tu discurso, tu arte.

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Imagen: Víctor Vélez.

Porque, ¿de qué va la música? ¿Es contar historias, crear sensaciones, enviar un mensaje?

La música es la maravillosa experiencia de transmitir las emociones, los sentimientos, sin necesidad de recurrir a las palabras. Significa conectar con uno mismo para poder ofrecer un estado, un mensaje. Lo bueno del sonido es que es puro, no hay ni trampa ni cartón. No necesitas saber música para que te llegue lo que hago. Piensa, si quieres, en las posibilidades de engañar que tiene un orador que maneje bien las palabras. Yo trato de convocar con mi música, trato de que cada concierto genere esa evocación que sugiera unas sensaciones a cada oyente. Eso es subjetivo, porque cada uno la recibe de una manera.

Entonces, ¿es un tópico que para disfrutar la música haya que entenderla?

Totalmente. Lo mismo ocurre con una puesta de sol, que puedes disfrutar sin necesidad de plantearte el movimiento de traslación de la Tierra. Saber mucho, en este caso te puede hacer disfrutar más, pero también menos. No espero que el público sea experto en nada. Lo único que espero -y creo que lo voy logrando- es que la gente se siente y que, sin saber nada de ti, con tu actitud, con tu saber estar, no se lleve la impresión de que está ante un niñato y se quiera ir del concierto, sino que se quede a ver qué pasa.

¿Cómo afrontas la creación?

Me siento hermanado con los compositores del siglo XVIII. Eran músicos muy completos, que componían, improvisaban e interpretaban música. Eso es algo que, a medida que avanzaba el siglo XIX y XX, con los conservatorios y demás, se ha ido especializando. Creo que esto supuso, en algún sentido, ruina de muchos músicos, porque el compositor apenas toca, el intérprete apenas compone y ambos dejan de improvisar. ¡Con lo sano y necesario que es! No quiero decir que composición, por ejemplo, no merezca una especialización. De hecho, las tres disciplinas merecen una gran especialización, pero creo que se pierde mucho cuando pasa que, por especializarnos, dejamos de conocer o practicar otras especialidades que enriquecerían aquello que hacemos. Por ejemplo, que el compositor deje de jugar y probar al piano u otro instrumento, o que el intérprete ya no sea capaz de tocar o crear algo que no esté escrito nota por nota en la partitura.

¿Crees que, a nivel general y en perspectiva histórica, la música predominantemente instrumental se ve lastrada por una falta de educación musical extendida?

Sí lo creo. Falta un poco de educación musical y un poco de cultura que te lleve a acercarte a propuestas de tipo instrumental. Más que nada porque este tipo de música también te puede cantar, sin necesidad de que haya un/a vocalista. Desde muy pronto me sentí atraído por propuestas de este tipo, así que no siempre he necesitado que hubiese un guía claramente definido. Por otra parte, la música instrumental puede ser igualmente narrativa, e incluso a veces es hasta mejor, porque deja más poder al oyente para participar aportando su propio bagaje, sus propias imágenes. También creo que ha habido un cambio en la forma de relacionarse con la música, sobre todo respecto a generaciones anteriores, como la de mis padres, para las que era un bien muy preciado, lo cual se traducía, por ejemplo, en comprar un vinilo, escucharlo muchas veces, ir a un concierto, etc. Se ha ido perdiendo el valor intrínseco de la música como algo que te ayuda a crecer como persona. Ahora veo que está todo más ligado al consumo, que todo es más frívolo y más banal. Es el hilo musical de fondo, que se convierte en un ruido permanente, sin lugar para los silencios. Y no sólo pasa en la música, sino en el arte en general. Sentarse sin prisa ante una pintura y dejarse seducir, que te remueva… Bueno, yo es que soy muy romántico y me imagino perfectamente en el siglo XIX sin escuchar música durante una o dos semanas y luego ir al concierto que toque ese mes a quedarte alucinado.

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Imagen: Víctor Vélez.

Cambiemos de tercio, si te parece, y volvamos sobre tu trayectoria. A estas alturas llevas más de cincuenta discos grabados, entre propios y colaboraciones, has tocado en muchos lugares y has participado -y participas- en muchos proyectos. No obstante, quiero preguntarte por el trío con el que tocas en el ciclo Raqueros del Jazz, M.A.P. ¿Cómo surgió la agrupación?

El proyecto surgió gracias a un crítico y escritor que se llama Jesús Gonzalo, que además es un melómano. Después de un concierto de Ernesto Aurignac (saxo alto), sugirió la idea de que formáramos un trío junto a Ramón Prats (batería). Ramón y yo habíamos tocado juntos en otros proyectos y, además, vivíamos en Barcelona; Ernesto estaba en Málaga, pero también nos conocíamos. El encuentro fue fácil y vimos muy pronto que podía funcionar. Aportamos varias ideas, desde distintas influencias (jazz, improvisación, lírica, clásica…), y se generó un buen sonido. Congeniamos, trabajamos y de ahí salió el primer disco, M.A.P. (Mezquida, Aurignac, Prats) [2016], que es el que estamos presentando.

Disco que ha sido saludado con mucho júbilo por la crítica. ¿Qué se va a encontrar quien se lo lleve a casa?

En cuanto a las composiciones, se reparten entre nuevas y rescatadas, aunque en este caso les hemos dado una vuelta. Yo creo que es un disco muy vital y alegre, nada oscuro ni pretencioso. Creo que traduce bien la vitalidad de tres jóvenes en torno a los treinta años, lo cual hace que sea versátil, con un buen reparto entre la improvisación y la composición; es variado, no tiene un único color. Lo importante es que cada composición nos da un trampolín para jugar, para versionar y hacer que siempre suene diferente y fresca. Porque en el jazz, que se tiende hacia la estandarización, esto ayuda a que las piezas se mantengan vivas.

¿Estáis pensando ya en un segundo trabajo?

Sí que estamos componiendo ya alguna cosa con vistas a grabar, aunque no creo que llegue de manera inminente. Como te digo, este repertorio todavía tiene mucho recorrido y da mucho juego. También queremos presentarlo en más sitios. Como somos bastante inquietos, siempre van surgiendo nuevas ideas y variaciones según el contexto en el que nos toque. Por ejemplo, aquí [Raqueros del Jazz] vamos a tocar todo el repertorio hilado, sin pausas entre canción y canción. Nos gusta dejarnos influir positivamente por esos factores externos para experimentar, porque no es lo mismo tocar en un auditorio para quinientas personas, donde no ves al público, que en un bar pequeño casi en acústico y con un piano vertical.

¿Qué percibes en el público cuando estás en el escenario?

Creo que el público conecta. Ve a tres personas marcadamente diferentes, pero que, al cerrar los ojos, conectamos entre nosotros y se nota que nos dejamos la piel para que la música fluya. Y cuando esto pasa… es lo que te decía antes, no hay trampa ni cartón. No es algo muy sesudo, pero tampoco banal. Hay mucho juego y eso se transmite.

Brevemente y teniendo en cuenta tu experiencia tanto como músico como docente en el Liceu de Barcelona y la Escuela Superior de Estudios Musicales, ¿en qué situación está el jazz en España?

El panorama actual es bastante fértil. Hay afición, hay cantera y hay escuelas que ofrecen un título superior, lo cual permite hacer una carrera con todas sus formalidades. Sólo en Barcelona hay cuatro escuelas superiores de música moderna, en las que el jazz juega un papel clave. Esto es muy importante, además de que viene a complementar muy bien la parte académicamente más conservadora de los estudios tradicionales de conservatorio. Como digo, es un panorama muy rico, con muchos buenos músicos, que están sacando discos cada año; con jóvenes cada vez mejor preparados y con mucho talento; y también hay escenas jazzísticas en muchas ciudades. ¿El problema? Lo de siempre: falta visibilidad, mayor entusiasmo por parte de la sociedad a la hora de querer descubrir nuevas propuestas, más apoyo y más reconocimiento de esta labor. Y esto independientemente de las etiquetas, que me da igual que sea jazz o sea cualquier otra cosa. Tenemos que potenciar esa curiosidad en la gente. Porque, fíjate, estoy seguro que después de ver un concierto nadie vuelve ofuscado a su casa. Y son importantes esas pequeñas escenas locales, que están cerca y alcance de la mano.

En cuanto a los músicos, soy muy consciente de que han bajado las condiciones, pero a la vez, también hay más posibilidades para formarse y tener una buena base. Y no hay que olvidarse de los que nos precedieron y todo lo que tuvieron que trabajar para realizar sus proyectos. Hay una buena hermandad entre nosotros, entre las distintas generaciones; esa buena sintonía se transmite al público.

Para acabar, ¿qué significa ser un pianista de o en el siglo XXI?

Pues la verdad es que no lo sé. Ya te lo diré en el siglo XXII.

Imagen: Víctor Vélez.
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