banner-especial-Japon-portadaLa madrugada del 7 de diciembre de 1941, el vicealmirante Chuichi Nagumo observaba el despegue de los aviones desde su buque insignia, el Akagi, donde la bandera “Z”, la misma que ondease en 1905 sobre el acorazado Mikasa durante la Batalla de Tsushima, había sido de nuevo izada, tal era la trascendencia del momento.

Inicialmente proyectado como crucero de batalla, el Akagi había sido reconvertido en portaaviones cuando aún estaba en construcción para cumplir con el Tratado Naval de Washington de 1922. Su gigantesca chimenea de estribor expulsaba un humo blanco que caía al océano mezclándose con la espuma de una mar gruesa, cuyos rociones salpicaban la cubierta de vuelo.

A las seis en punto de la mañana y con el viento en contra para facilitar la maniobra, la Primera Flota Aérea (Kido Butai) se elevaba desde las pistas de los seis portaaviones que componían la Fuerza de Ataque contra Pearl Harbor. Los gritos de júbilo despidieron a los aparatos, pues la tripulación del Akagi había sido autorizada a dejar sus puestos para presenciar aquel momento histórico:

“La ascensión o caída del Imperio dependen de esta batalla. Que cada cual ponga el máximo esfuerzo en cumplir con su deber”, había sido la arenga del almirante Yamamoto a todos los buques de la flota, las mismas palabras que el almirante Togo había dirigido a sus hombres en Tsushima, treinta y seis años antes.

Durante dos horas, entre las 7:55 cuando cayó la primera bomba y las 10:00, momento en que los últimos aviones japoneses se retiraron, la isla de  Oahu fue un infierno de fuego y explosiones. La flota norteamericana del Pacífico, a excepción de tres portaaviones, había sido aniquilada y el gigante dormido que era EE.UU. acababa de despertar.

Acorazado Nagato, fotografía coloreada, 1941.

Pero, ¿cómo se había llegado a esta situación? ¿Por qué Japón había decidido atacar, a sabiendas de que lo tenía todo en contra, a quien ya era la primera potencia económica del mundo? ¿Cuánto hubo de éxito en aquel arriesgado y audaz plan que ha llegado a nuestros días como una acción infame?

A finales del siglo XIX, los EE.UU. y Japón se habían convertido en potencias regionales con un afán expansionista. En 1898, el país americano anexionaba Hawai y, tras derrotar a España, ocupaba las Filipinas y Guam. Sólo tres años antes, Japón había arrebatado a China la isla de Formosa y las Islas de los Pescadores. El mismo océano que hasta entonces separaba a ambos países ahora los convertía en cercanos vecinos. Y esas aguas, que durante siglos habían sido la frontera que mantenía a Japón aislado, pasaban a ser la pista y trampolín para sus aspiraciones coloniales.

Pero el país del Sol Naciente tenía por el momento otro vecino mucho más cercano y peligroso: el Imperio Ruso, cuyos territorios se extendían por Manchuria hasta el norte de Corea y la estratégica base naval de Port Arthur en el Mar Amarillo. Para entonces, los japoneses se habían hecho con los mejores buques de guerra que podían comprarse: maquinaria y armamento Vickers, corazas Krupp; así como de excelentes oficiales que dos décadas antes habían estudiado en el Royal Naval College de Greenwich, entre ellos Heihachiro Togo.

En 1904, el almirante Togo atacó por sorpresa a la flota rusa sita en Port Arthur, en una acción que luego se ha venido considerando como el esquema para el ataque a Pearl Harbor. Al año siguiente, Togo aniquilaba la flota rusa llegada desde el Báltico en el Estrecho de Tsushima, fue entonces cuando izando la señal “Z” comunicó sus famosa arenga. También entonces, un joven alférez Isoroku Yamamoto perdía dos dedos de la mano izquierda en la batalla.

La victoria nipona en la Guerra Ruso-Japonesa de 1904-1905 fue un golpe de lo más sonado, por primera vez un pequeño y lejano país derrotaba a una gran potencia occidental. A partir de ese momento el poderío naval del país asiático fue creciendo. Tras la Gran Guerra de 1914-1918, Japón se había hecho con las islas Marianas, las Marshall y las Carolinas, todas ellas alemanas. Hacia 1920 la Armada Imperial (Teikoku Kaigun) era la tercera mayor del mundo, por detrás del Imperio Británico y EE.UU, mientras los astilleros nipones trabajaban sin descanso en el programa de construcción de la “Flota 8-8” (Hachihachi Kantai) para lograr la paridad con el país norteamericano.

Mapa Japón y sus territorios, hacia 1930 (3)
Mapa Japón y sus territorios, hacia 1930.

Con la intención de fijar un techo a la creciente carrera armamentística que venía realizándose desde antes de la Gran Guerra, en 1922 las grandes potencias vencedoras firmaron el Tratado Naval de Washington. Dicho acuerdo imponía un tonelaje máximo que las armadas podían disponer en cuanto a navíos militares, fijando una proporción 5/5/3 para los mayores buques capitales, los acorazados: 525.000 toneladas para EE.UU. y el Imperio Británico, 315.000 para Japón. Muchos buques en construcción fueron desguazados y otros reconvertidos en portaaviones, pero para los japoneses quedaba clara su inferioridad respecto a quien ya era su enemigo potencial.

Una nueva conferencia se llevó a cabo en 1930 en Londres, a la que asistió como delegado japonés Isoroku Yamamoto. En ella se fijó que las tres potencias limitasen el tonelaje global de sus submarinos a 52.700 toneladas, el problema era que Japón disponía ya de 78.000 toneladas construidas. El acuerdo sentó mal en la Armada Imperial, y más aún en los sectores ultranacionalistas que atentaron contra el primer ministro Hamaguchi, hiriéndolo gravemente y forzando su dimisión.

Fue en este período de entreguerras cuando comenzó la escalada de tensión entre las dos potencias navales del Pacífico. En 1931 el Ejército Imperial invadía Manchuria, en 1933 la provincia de Jehol y, en 1934, los japoneses anunciaron que no renovarían los tratados navales de Washington y Londres.

Las ambiciones del país oriental hacía tiempo que estaban puestas en China, pues Japón requería de grandes mercados donde vender sus crecientes manufacturas, así como extraer materias primas. La guerra comenzó en 1937 pero hacia 1939 se encontraba en punto muerto. El Ejército Imperial parecía incapaz de avanzar tan rápido como deseaba en la conquista y, lo que realmente comenzaba a preocupar, los suministros y recursos para mantener aquella guerra comenzaban a escasear: metales, combustibles y buena parte del petróleo que Japón necesitaba era importado de EE.UU..

En julio de 1940, con la guerra ya presente en Europa, Washington estableció restricciones a la exportación de gasolina para la aviación, a las que siguió el embargo de chatarra de hierro y acero en septiembre del mismo año. Los japoneses presionaron sin éxito al gobierno holandés para obtener concesiones en las colonias de las Indias Orientales, cupos de materias primas y petróleo. La hostilidad en el Pacífico aumentaba por momentos y, a principios de 1941, el Congreso de los EE.UU. amplió las restricciones a la exportación de gran parte de los recursos industriales: carbón, fosfatos, níquel, plomo, cobre, cinc, caucho…

Isoroku Yamamoto (a la izquierda) junto al Secretario de la Armada Estadounidense Curtis D. Wilbur (a su derecha), Washington 1926.
Isoroku Yamamoto (a la izquierda) junto al Secretario de la Armada Estadounidense Curtis D. Wilbur (a su derecha), Washington 1926.

La asfixia económica de Japón era como la de “un pez en un estanque del que están vaciando el agua”, tal y como le diría el almirante Osami Nagano al Emperador. El gobierno del Mikado se vio forzado a negociar y las conferencias con Washington comenzaron en marzo de 1941.

Pero, al mismo tiempo, las fuerzas militares imperiales establecieron un plan de conquista que asegurase el abastecimiento de los tan necesitados recursos. La llamada “Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental”, un vasto proyecto colonial que se extendería desde la Birmania Británica, Tailandia, la Indochina Francesa, las Indias Orientales Holandesas, hasta Nueva Guinea.

El 24 de julio, las tropas japonesas invadieron Indochina. Automáticamente se suspendieron todas las importaciones japonesas de los EE.UU., embargo al que se incorporaron el Imperio Británico y Holanda. Las reservas de petróleo de Japón se preveían para poco más de un año. La guerra se presentaba inevitable, la cuestión era ¿cómo enfrentarse al monstruo americano?

La estrategia japonesa para la guerra con EE.UU. siempre fue defensiva: una vez los ejércitos imperiales desembarcasen y tomasen rápidamente las colonias británicas, francesas y holandesas, se dispondrían a protegerlas frente al esperado ataque estadounidense. Para ello se establecería un amplio anillo defensivo en el Pacífico, compuesto por las islas y archipiélagos de las Marianas, las Carolinas, las Marshall, Gilbert y Salomón. La flota americana, más potente que la japonesa, tendría que atravesar el océano, siendo desgastada por el ataque de los submarinos y aviones nipones. Para cuando llegase a su destino, la flota americana sería interceptada por la japonesa y podrían medirse en igualdad en una batalla decisiva (kantai kessen) como la de Tsushima. De esta manera Japón tendría alguna posibilidad de ganar.

Éste habría sido el plan japonés de no haber sido por la intervención del almirante Isoroku Yamamoto. Yamamoto había pasado algunos años en los EE.UU., donde estudió economía, interesándose por la industria petrolífera y de automoción. Posteriormente sería agregado naval de la embajada japonesa en Washington. Su conocimiento y amplia visión del mundo, y en especial de los EE.UU., le convirtieron en un marino innovador opuesto a la tradicional doctrina de la batalla decisiva en combates con acorazados. Al contrario, como viceministro de marina (1936-1939) apostó seriamente por el desarrollo de la aviación naval y los portaaviones, un arma que pronto demostraría ser decisiva. A su vez, Yamamoto conoció de primera mano el poderío económico americano, un gigante militar que permanecía dormido. Se opuso siempre a una guerra contra los EE.UU., irónico papel para quien terminaría dirigiendo el ataque a Pearl Harbor.

En noviembre de 1940 los británicos realizaron un exitoso ataque aéreo sobre la mayor base naval italiana, en Tarento. Veintiún aviones torpederos despegaron desde un único portaaviones, el Illustrious, hundiendo o dañando tres de los seis acorazados allí fondeados. La noticia de aquella operación causó una gran impresión a Yamamoto, quien debió ver confirmada su apuesta por la doctrina de la aviación naval.

Poster para la pelicula Tora, Tora, Tora!, Robert McCall, 1970
Poster para la pelicula Tora, Tora, Tora!, Robert McCall, 1970.

A partir de este momento Yamamoto concibió, con la inestimable ayuda de sus colaboradores Takijiro Onishi, Kameto Kuroshima y Minoru Genda, el plan de ataque a Pearl Harbor: se lanzaría un único y sorpresivo golpe contra la base naval de Oahu, aniquilando la Flota Estadounidense del Pacífico. Sólo entonces Japón dispondría del tiempo suficiente para conquistar y asegurar los territorios de su nuevo imperio colonial. Para cuando la fuerza naval norteamericana se hubiese recuperado, Japón podría resistir en una larga guerra y, eventualmente, negociar una paz en la que se respetasen parte de  sus conquistas.

Yamamoto desplegó no uno, sino seis grandes portaaviones y cerca de trescientos cincuenta aviones para su propio Tarento del Pacífico. El resultado aquel fatídico 7 de diciembre fue que siete de los ocho acorazados que componían la Flota del Pacífico fueron hundidos o dañados e inutilizados.

La operación habría sido un rotundo éxito de no ser porque los tres portaaviones de la escuadra norteamericana no se encontraban fondeados en Pearl Harbor, y por tanto seguían indemnes. Por un golpe de suerte, la armada estadounidense había logrado salvar a los buques que compondrían la espina dorsal de los combates navales de la guerra que acababa de comenzar.

Tan sólo cinco meses después, en mayo de 1942, Japón recibió el primer revés en la Batalla del Mar del Coral, cuando una flota con dos portaaviones norteamericanos hicieron fracasar la invasión japonesa de Port Moresby en Nueva Guinea.  Al mes siguiente, en junio, cuatro de los seis portaaviones de la Armada Imperial eran aniquilados en Midway en un decisivo enfrentamiento aeronaval que marcó el punto de inflexión en la Guerra del Pacífico.

El preciado tiempo que Yamamoto buscaba ganar con su golpe maestro apenas duró medio año, tras el cual tendría que resistir en una guerra de la que él mismo nunca creyó poder salir victorioso.

Hoy día la bandera “Z” sigue ondeando sobre el mástil del acorazado Mikasa, que ahora es un buque museo, en el puerto de Yokosuka. También  allí, como un gigantesco mastodonte de acero, se encuentra fondeado el moderno portaaviones norteamericano USS Ronald Reagan, como parte de la Séptima Flota del Pacífico.

Barco-museo Mikasa en Yokosuka
Barco-museo Mikasa en Yokosuka.

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