«Cuando las imágenes parezcan vivas, moviéndose libremente, cuando los barcos, como peces, naden bajo el mar, cuando los hombres, superando a los pájaros, escalen los cielos; entonces, la mitad del mundo se hundirá en la sangre».
Profecía del siglo XV hallada en un monumento funerario de Kirby (Inglaterra).

La destrucción de la humanidad es una de esas preocupaciones universales, compartidas tanto por creyentes como por escépticos. No importan ni el credo, ni la edad, ni el origen o el país de procedencia. A todos se les encoge el alma cuando piensan en la desaparición inminente de la especie humana. No obstante, mientras unos destinan sus esfuerzos a la preservación de la humanidad, ya sea desde la perspectiva científica, ideológica, política, religiosa o social, otros la abocan a un final inevitable.

Cataclismos, venganzas divinas, el anticristo, juicios finales, plagas y epidemias mortales, invasiones, hambrunas planetarias, sequías carnívoras, catástrofes cósmicas y climáticas, guerras universales…el cóctel del fin del mundo está aderezado con multitud de estos sucesos. Ya sean fantasías enfermizas, temores primigenios o realidades terribles que afectan a varios países en su vida cotidiana, todos estos acontecimientos tienen cabida en el imaginario popular sobre el Fin del Mundo.

Lejos de lo que pueda parecer, no se trata de una idea nueva en absoluto, ni de una simple superstición, pues esta fijación nos ha perseguido casi desde el principio de los tiempos y para bien o para mal, aunque la extinción de la raza humana parezca una realidad lejana, nadie pone en duda que el nacimiento y la muerte de las distintas civilizaciones ha sido constante desde la aparición del hombre sobre la Tierra.

LAS ETAPAS DEL FIN DEL MUNDO
Aunque existen honrosas excepciones, por lo general el Fin del Mundo siempre va precedido de una serie de etapas bien definidas:

En primer lugar, la época de gloria de una civilización. Es el momento álgido en el que una potencia, una ciudad, o una cultura domina a las demás y se erige como la mejor en todos los sentidos: sus tierras son excelentes, en ellas se pueden hallar todas las riquezas imaginables, y el abastecimiento de la población no es un problema. El auge militar, moral y los avances tecnológicos de dicha civilización no tienen parangón, y se sitúan muy por encima de la media, lo que hace que todas las demás regiones la admiren y la teman, y se conviertan en dignos colaboradores, so pena de ser borrados del mapa.

En segundo lugar, la fase de decadencia. La época de esplendor ha pasado, los gobernantes no dan la talla, el pueblo está descontento, se suceden guerras, malas cosechas, cambios climáticos, revueltas en los territorios que son cada vez más difíciles de controlar sin desatender las cuestiones de la capital, en algunos casos la depravación moral y los vicios llegan a niveles estratosféricos.

Fresco de la isla de Thera
Fresco de la isla de Thera

En tercer lugar, se produce la catástrofe. Esta puede ser consecuencia de lo ya mencionado en el segundo punto, aunque también puede llegar en formas diversas: una debacle climática, un castigo divino, una invasión múltiple, una pandemia…o todas las anteriores juntas. A partir de ese momento, se produce un traspaso de poder hacia los territorios dominados, que consiguen recomponerse y comenzar de nuevo, dando paso al nacimiento de la siguiente civilización, que mantiene rasgos de las anteriores unidos a nuevas concepciones sociales, culturales, tecnológicas, religiosas etc. y que está abocada a seguir los pasos de su predecesora, tarde o temprano.

EL FIN DEL MUNDO EN LAS RELIGIONES POLITEÍSTAS
Algunos ejemplos, a caballo entre la realidad y el mito, son el hundimiento de la Atlántida, la aniquilación total de Sodoma y Gomorra, o el colapso de la civilización maya. A nivel histórico, es la caída del Imperio Romano, sobradamente documentada, el ejemplo más evidente de lo arriba mencionado.

El fin de una cultura, una ciudad o un imperio es una cosa, pero existen mitos más antiguos y más inquietantes, como el de las Edades del Hombre, basada en otras leyendas de Persia y de la India, que sostiene que hubo cuatro razas de humanos antes de la nuestra (teoría apoyada también por un mito de Sudamérica sobre la presunta civilización del Secundario). Según estos mitos, los humanos habrían disfrutado de cualidades semi-divinas hace varios miles de años; lo que se podría considerar la Edad de Oro, y dichas cualidades se habrían ido deteriorando con cada nueva generación hasta nuestros días: a la Edad de Oro, la siguió la de Plata, después vino la de Bronce, la cuarta fue la Raza de los Héroes, y la última, la nuestra, la Edad de Hierro. Eso nos convertiría en la quinta humanidad, que estaría condenada a asfixiarse en una oleada de perversión, violencia, guerras, falta de respeto y de valores, así como un materialismo desmedido y la explotación descontrolada de los recursos; características poco discutibles, en general. Sin duda, se trata de un panorama muy poco halagüeño.

De todo esto se puede deducir que no solo tenemos muy arraigada la creencia de un posible Fin del Mundo, sino que, según los distintos textos religiosos, ya ha ocurrido antiguamente, al menos, unas cuatro veces. Las historias sobre el Diluvio Universal son bastante populares también en diferentes culturas, desde los relatos de las andanzas de Gilgamesh hasta Pirra y Deucalión, pasando por Noé. Y todos parecen estar de acuerdo, además, en que lo que ya sucedió, podría volver a ocurrir.

Thor peleando contra la serpiente Jörmundgander | Johan Heinrich Füssli (1788)
Thor peleando contra la serpiente Jörmundgander | Johan Heinrich Füssli (1788)

En la mitología nórdica, destaca principalmente el llamado Ragnarok (catástrofe relatada en el Voluspa, uno de los poemas más hermosos de las Eddas). Lo más curioso de esta creencia, es que dicho acontecimiento no solo significaría la destrucción de los hombres, sino también la de los dioses, algo bastante novedoso. En su concepción del mundo no existía la idea de eternidad, como sucede en otras religiones. Para ellos ni siquiera los dioses eran inmortales, y debían ser juzgados por sus actos, pues también habían cometido crímenes imperdonables. La justicia es, por decirlo de alguna forma, la virtud suprema.

Tras el Ragnarok, no obstante, se producirá un nuevo comienzo. Nuevos dioses, nuevos hombres y un nuevo mundo nacerán de las cenizas del anterior y los supervivientes comenzarán una nueva vida repleta, como siempre, de trabajo, de amor y de dolor.

Por otro lado, entre los Onondaga, una tribu de América, el Fin del Mundo era un lugar físico, y en vez de estar vacío, como podríamos suponer desde nuestra cosmovisión cristiana, era simplemente otro mundo u otra tierra, habitada por dioses, humanos y animales. Un sitio que también podía ser hermoso y apacible, como el Elíseo.

EL FIN DEL MUNDO EN LAS RELIGIONES MONOTEÍSTAS
Si bien en las religiones politeístas las cuestiones morales eran importantes, no gozaban de la misma relevancia que sí se aprecia en las de tipo monoteísta. La necesidad de expiar los pecados era algo que debía suceder por fuerza tras la muerte, pues el sufrimiento durante la vida no constituía castigo suficiente; debía celebrarse un Juicio post-mortem.

Por supuesto, las influencias clásicas resultaban inevitables. Los egipcios creían que cuando un alma accedía a la Duat—nombre que recibía el Más Allá—era guiada por el dios Anubis hasta el tribunal de Osiris. Los dioses colocaban el corazón del difunto en un plato de una balanza, y la pluma de Maat, o pluma de la verdad, en el otro. Después se le realizaban preguntas sobre sus acciones pasadas y el corazón iba aumentando o disminuyendo de peso. Si después del interrogatorio el corazón pesaba más que la pluma, quería decir que su conducta en vida había sido ejemplar. Por el contrario, si la verdad pesaba más, los dioses tomaban el órgano del difunto y se lo entregaban a la bestia llamada Ammyt para que lo devorase. En ocasiones se sustituía esta pena por la de trabajos forzados, algo muy similar a la creencia cristiana.

Anubis pesando un corazón | Sortilegio 125 del Papiro de Ani, Libro de los Muertos
Anubis pesando un corazón | Sortilegio 125 del Papiro de Ani, Libro de los Muertos

En cuanto a las referencias griegas, Hades delegaba sus funciones en tres jueces: Minos, Eaco y Radamantis. Ellos eran quienes se encargaban de juzgar a las almas y decidir a qué parte del Inframundo debían enviarlas.

Las religiones monoteístas absorbieron estas ideas y, además, establecieron la que ellos consideraban que era la forma recta de vivir y la plasmaron en los textos sagrados. De alguna manera estas imposiciones mancillaban las bases del libre albedrío—pese a que hablaban mucho de él— y pretendían controlar la vida de una persona y juzgar sus acciones desde su nacimiento hasta su fallecimiento, dando por sentado que todos los humanos son pecadores por defecto.

La segunda novedad afectaba a la preocupación por el destino del alma inmortal, que pasó de ser individual, a ser colectiva: ¿la humanidad se salvará? El sacrificio de Jesucristo, según los cristianos, se consideró durante mucho tiempo una especie de garantía, algo que evitaba la destrucción del ser humano. Aun así, varias profecías y textos religiosos sugieren que el exterminio de la raza humana solo ha sufrido un aplazamiento, y que tarde o temprano, ocurrirá, y todas las almas serán juzgadas. Un desenlace poco alentador, pues ni si quiera ofrecen una alternativa, como los nórdicos. «Seréis juzgados durante vuestra vida, y también durante vuestra muerte, así que no os relajéis» es el mensaje que predican estas religiones.

Los fragmentos y pasajes que hablan del Juicio Final o del también llamado Día de la Ira, son numerosos, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, y en varias suras del Corán. Dichas profecías nos muestran diferentes versiones de cómo sucederá, las señales de su llegada—algunas presentes también en el libro del Apocalipsis—y hasta se atreven a realizar cálculos aproximados.

El Juicio Final | Van Eyck, 1430
El Juicio Final | Van Eyck, 1430

Las advertencias que nos brindan algunas profecías resultan penosamente familiares. La humanidad perecerá por la guerra y por el agua. La quinta humanidad, el hombre de hierro, se convertirá en un pálido recuerdo de lo que fue una vez y será otra humanidad la que nos sustituya.

Dada semejante perspectiva, al común de los mortales solo nos queda tomarnos el fin de los tiempos con filosofía y recordar la máxima atribuida a Marco Aurelio en la película Gladiator: «La muerte nos sonríe a todos, así que…devolvámosle la sonrisa».

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