Supongo que mi relación con la obra de Daniel Clowes puede caracterizarse como atípica. Mi primer acercamiento a su trabajo se produjo a través del celebrado Ghost World, que me pareció -y aún me parece- un tebeo enormemente sobrevalorado. Sin embargo, di una segunda oportunidad a su autor al hacerme con Como un guante de seda forjado en hierro, título por el que me sentía atraído a causa de su supuesta atmósfera lynchiana. El saldo fue una nueva decepción, pero cualquier asomo de objetividad bien pudo verse lastrado por las grandes expectativas que había despertado en mí y que, tarde o temprano, me empujarán a su relectura. Hubiera sido un buen momento para desistir en mis empeños, pero decidí leer El Rayo Mortal, que me pareció de lo más entretenido, y pocos meses después hice lo propio con Wilson, con el que me divertí sobremanera. Mi itinerario terminó por conducirme hasta la acogedora localidad de Ice Haven y, en consecuencia, a uno de los cómics más brillantes que he tenido entre mis manos en largo tiempo.

Ice Haven es una novela gráfica -no lo digo yo, lo dice su cubierta- ambientada en la ciudad ficticia del mismo nombre. Su origen está en la serie Eightball, de cuyo número veintidós se extrajo esta historia para ser editada por separado en el año 2005, viéndose publicada en España por el sello Reservoir Books. En ella, se narran los hechos vividos por un variopinto grupo de personajes que residen o están de paso por este enclave en los días del secuestro de un apocado niño llamado David Goldberg. Este eje argumental vincula de algún modo a unos personajes con otros, tengan o no directa relación con el caso que entonces conmociona a la ciudad.

El repertorio de personajes de Ice Haven es, sin lugar a dudas, uno de sus puntos fuertes, tal vez el mayor de todos: Random Wilder es un poeta ansioso de un reconocimiento que le es negado y a quien escama el éxito ajeno que, como no podía ser otro modo, cree inmerecido; Harry Naybors, un joven y reflexivo crítico de cómics, es un individuo que se toma muy en serio su labor y cuya presencia en la narración parece operar a modo de conciencia del propio autor; también está Charles, un colegial sensible, maduro e inteligente que vive con angustia un amor que debe mantener en secreto; Mr. Ames, por su parte, es un detective privado absorto en su trabajo y, no obstante, poco perspicaz. Son sólo algunos de los sujetos más memorables que pueblan las páginas -y las viviendas- de Ice Haven, por no mencionar a otros que irrumpen de forma estelar, como El Conejito Azul, delincuente nihilista incapaz de integrarse en la sociedad, protagonista de uno de los episodios más alocados de esta historia.

La factura técnica de Ice Haven resultará perfectamente reconocible para todo aquél que esté familiarizado con el estilo de Clowes, si bien no faltan las ocasiones en que el autor se desmarca de la que es su propuesta habitual de dibujo -predominante a lo largo de la mayor parte de esta obra- para experimentar con otros trazos y colores que aportan un carácter distintivo a episodios como los alusivos al crimen perpetrado por Leopold y Loeb -ejercicio metaliterario y clara referencia a la película La soga, de Alfred Hitchcock- que, al igual que el cavernícola Rocky, nos trasladan al pasado de este espacio. La propia tipografía de los diálogos y monólogos -mediante los cuales se nos dan a conocer las interioridades de sus protagonistas, representando una de las notas características de la narración- cambia con ocasión de las distintas historias y sus personajes. A partir de la amargura y el absurdo existencial, Clowes construye una historia llena de comicidad en la línea que ha caracterizado su obra desde los mismos inicios de su trayectoria profesional.

Ice Haven es, por derecho propio, un cómic indispensable para todo aficionado al trabajo de Daniel Clowes, pero también una vía óptima para adentrarse en los mundos creados por este gurú del underground.

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