Hoy, 18 de diciembre, se celebra el Día Mundial de la Lengua Árabe. Con 422 millones de hablantes (nativos y no nativos), el árabe es el quinto idioma más hablado del mundo. Sin embargo, para muchos es un gran desconocido.

El árabe estuvo presente en la península ibérica durante más de 700 años, lo que dejó una marca imborrable en el castellano. No obstante, hoy es una lengua extraña para la mayoría de hispanohablantes. En este artículo veremos las características más representativas de este idioma y descubriremos qué palabras árabes utilizamos a diario sin saberlo.

¿Árabe o musulmán?
Aunque ya no es tan común, mucha gente sigue confundiendo los términos “árabe” y “musulmán”.  El primero tiene que ver con el idioma y el segundo, con la religión. Un árabe es cualquier persona nacida en un país de habla árabe, mientras que un musulmán es alguien que profesa la fe del islam. Un angloparlante puede ser musulmán y un árabe puede ser cristiano. No todos los musulmanes hablan árabe, pero deben tener ciertos conocimientos para entender el Corán.

Las mil y una variedades del árabe
Como pasa con muchos idiomas, el árabe tiene dos registros muy diferentes. Por un lado está la lengua culta o clásica, la del Corán, que, tras siglos de evolución, ha dado paso al árabe estándar moderno. Este se aprende en la escuela, se usa para escribir y se emplea en contextos formales.

Por otro lado, tenemos el árabe dialectal o coloquial: la lengua del día a día. Siendo idioma oficial en más de veinte países, no es de extrañar que el árabe tenga decenas de dialectos. Algunos ejemplos son el árabe marroquí, el egipcio, el sirio, el palestino, el tunecino o el libanés.

En general, las diferencias entre dialectos son considerables. Para facilitar la comunicación, el árabe egipcio funciona a menudo como lengua franca. Esto se debe a que Egipto exporta gran cantidad de películas, series y canciones, lo que hace que su dialecto se comprenda en casi todo el mundo árabe.

Los rasgos de la lengua árabe
Uno de los aspectos más característicos del árabe es su escritura. Para los que solo conocemos el abecedario latino, su caligrafía nos suele resultar tan bella como incomprensible. Con sus trazos ligados entre sí y en cursiva, el árabe tiene 28 letras, no tiene mayúsculas ni permite dividir una palabra al final del renglón (aunque se pueden alargar los trazos para evitar que esto suceda). Además, se escribe y se lee de derecha a izquierda.

Su pronunciación tampoco es fácil de replicar. Hay fonemas que solo existen en la lengua árabe, como por ejemplo /ح/, una “h” aspirada con un sonido similar al que creamos cuando echamos vaho en un cristal.

En cuanto a vocabulario, el árabe es uno de los idiomas más ricos del mundo. Por ejemplo, tiene cincuenta palabras para “amor” y más de cien para “camello”. Su gran variedad léxica ha dejado huella en muchas lenguas; entre ellas, la nuestra.

El árabe en el castellano
No es de sorprender que, tras casi ocho siglos de convivencia, el árabe nos haya dejado cierto legado lingüístico. De hecho, después del latín, es la lengua que más ha influido en el castellano. Se calcula que un 8% de nuestro léxico (unas 4000 palabras) son arabismos.

Muchos de estos vocablos empiezan por el artículo -al, como alfombra, albóndiga, almohada alcohol o alquiler. También encontramos términos como álgebra o algoritmo, lo que no es de extrañar si tenemos en cuenta que los árabes hicieron grandes descubrimientos científicos.

Un dato bastante desconocido es que nuestros fulano y mengano también vienen del árabe. Y no, no eran dos personajes célebres. Fulano proviene del término فُلَان (fulān), que significa “persona cualquiera”; por su parte, mengano viene de من كان (man kān), “quien sea”.

Nuestro ojalá también se lo debemos al árabe. Más concretamente, al término لو شاء الله (law sha’a Allah), que significa “si Dios quisiera”. Esta palabra adoptó la grafía oxalá en castellano antiguo y evolucionó hasta la forma que empleamos hoy en día.

Para terminar, la mezcla de árabe y latín en la península ibérica dio lugar a numerosos dobletes lingüísticos: palabras con distinto origen etimológico pero que significan lo mismo. Por ejemplo, ¿dices aceituna u oliva? ¿Alacrán o escorpión? ¿Jaqueca o migraña? Si has escogido el primer término de cada pareja, el árabe está más presente en ti de lo que crees.

Ana Cristina González es graduada en Traducción e Interpretación. Compagina la docencia de idiomas con proyectos de traducción, revisión y redacción.

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