«Un hombre verdaderamente valeroso está siempre sereno; jamás es cogido por sorpresa; nada perturba la ecuanimidad de su espíritu. En lo más reñido de la batalla permanece frío; en medio de las catástrofes mantiene su espíritu en reposo; los terremotos no le sacuden, ríe ante la tempestad.»

Bushido: el alma de Japón, Inazo Nitobe

Cuenta la leyenda que el kárate nació al amparo de las enseñanzas de Bodhidharma, padre del budismo zen. Durante su ministerio, el monje tomó conciencia de las dificultades de sus discípulos para alcanzar la iluminación. Persuadido del vínculo entre fortaleza y revelación, redactó el Sutra de la Modificación Muscular y el Sutra de la Limpieza de la Médula, con los que dio origen al camino del kárate. De este modo, el Templo Shaolín, epicentro del zen, se convirtió también en la cuna del kenpō, la ley del puño.

Bodhidharma (Yoshitoshi, 1887)
Bodhidharma (Yoshitoshi, 1887)

Se cree que el kenpō penetró en el archipiélago de Ryūkyū como resultado de los intercambios culturales con China a lo largo de varias centurias. En el siglo XV, las islas fueron unificadas por Shō Hashi, señor de Chūzan, quien instauró el Reino de Ryūkyū. Sin embargo, en el año 1609, el clan Satsuma, procedente de la isla japonesa de Honshū, invadió Ryūkyū y derrotó a las fuerzas autóctonas con rapidez. Shimazu, daimio de Satsuma, promulgó entonces un edicto por el que se prohibió la tenencia de armas. En este contexto, los habitantes de Ryūkyū comenzaron a desarrollar un nuevo arte marcial cuyas únicas armas eran las manos y los pies: el kárate.

La etimología del término karate es ambigua. Así como te equivale a «mano» o «manos», los dos caracteres pronunciados como kara aluden tanto a «vacío» como a «china». Dado que no se conservan testimonios escritos al respecto, el sentido originario del vocablo podría traducirse bien como «mano china», bien como «mano vacía». No obstante, la noción de «vacío» parece la más idónea para describir una disciplina de autodefensa que prescinde del uso de armas. Por lo demás, el kárate se adecúa al precepto budista shiki soku ze ku, ku soku ze shiki («la forma del universo es vacío, el vacío es forma»), apropiado para un arte que persigue no ya sólo el vigor físico, sino el perfeccionamiento espiritual de sus practicantes.

SEITO

La fecha de 1868 marcaría un antes y un después en la historia de Japón. Fue este el año de la Restauración Meiji, punto de partida de un vertiginoso proceso de modernización por el que el país abandonaría su estructura feudal tradicional en pos de su homologación con las grandes potencias industriales del momento. En esta encrucijada nació Gichin Funakoshi (1868-1957) en la ciudad de Shuri (Okinawa), capital de Ryūkyū, en el seno de un clan samurái de la clase shizoku.

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Gichin Funakoshi en posición de yoi

Durante sus primeros años de vida, Funakoshi permaneció bajo la tutela de sus abuelos maternos. Su abuelo lo educó en los clásicos del confucianismo, que dejaron un poso indeleble en su pensamiento. Sin embargo, fue en la escuela en donde entabló amistad con el hijo del venerable Yasutsune Azato, aristócrata, hombre de letras y maestro de kárate de Okinawa. Esta circunstancia propició el que Funakoshi se convirtiera en su pupilo para el aprendizaje de este arte marcial.

Por aquel entonces, la práctica del kárate estaba sujeta a severas restricciones. Su persecución por parte de las autoridades había impedido la creación de dojos y la configuración de una red de instructores profesionales. Así pues, los expertos en kárate impartían sus lecciones en la clandestinidad a un número muy reducido de alumnos seleccionados de manera escrupulosa, los cuales no podían revelar su estatus de aprendices bajo ninguna circunstancia.

Los entrenamientos del maestro Azato tenían lugar en su propia casa con la complicidad del cielo nocturno. Pese a que su residencia se hallaba ubicada a una distancia considerable, Funakoshi acudía allí cada noche para someterse a las directrices del estricto sensei hasta despuntar el alba. Sus enseñanzas se vieron complementadas por las de su amigo, el maestro Itosu. Año tras año, kata tras kata, el diligente Funakoshi, con frecuencia al borde de la extenuación, recorrió el largo camino que lo condujo al dominio de la disciplina en sus vertientes teórica y técnica.

SENSEI

A comienzos del siglo XX, el comisario escolar de Kagoshima, Shintarō Ogawa, fue agasajado con una exhibición de kárate en una escuela de Okinawa. Complacido por lo que había presenciado, Ogawa remitió un elogioso informe al Ministerio de Educación a resultas del cual el kárate fue incorporado al currículo de materias impartidas en la Escuela Secundaria de Daichii y en la Escuela Normal Masculina. El kárate, hasta ese momento abocado al secreto, salió así de las tinieblas. A raíz de estos acontecimientos, Funakoshi solicitó permiso de sus maestros para reclutar sus propios discípulos y contribuir así a la difusión del arte al que había de consagrar su existencia.

A mediados de 1922, a instancias del Ministerio de Educación, la Escuela Normal Femenina de Tokio acogió una gran exhibición de artes marciales tradicionales (koryū budō). Funakoshi, a la sazón presidente de la Okinawa Shobukai, fue la persona designada por el departamento de educación de la isla para tomar parte en la muestra. En aquel período, el kárate apenas era conocido fuera de las fronteras de Okinawa, lo cual no fue óbice para que la demostración cosechara un éxito asombroso.

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El sensei Funakoshi ejecutando el kata Heian Nidan

Aunque el propósito inicial de Funakoshi era regresar a Okinawa tan pronto como concluyera la primera de estas exhibiciones, el entusiasmo suscitado por la disciplina lo convenció de la gran oportunidad que su permanencia en la capital podía representar para la propagación del kárate por todo Japón. Funakoshi fijó su nuevo domicilio en Mesei Juku, residencia de estudiantes que hospedaba a alumnos oriundos de Okinawa. Su sala de lectura hizo las veces de dojo en estos tiempos de penuria: el maestro carecía de ahorros y tampoco contaba con el respaldo de su familia en Okinawa, inmersa en su particular lucha por la supervivencia. De ahí que, en paralelo a su actividad como sensei, Funakoshi desempeñara una variopinta nómina de trabajos entre los que se contaron los de conserje, celador, jardinero o encargado de la limpieza.

Con todo, su inquebrantable determinación obtuvo recompensa. El número de alumnos fue en aumento con el transcurso de los años, lo que atrajo el interés de institutos, facultades y academias militares, que contrataron sus servicios como maestro de kárate. Fue así como Funakoshi pudo dedicarse por entero a su pasión.

Allá por el año 1935, el Comité Nacional de Ayuda al Kárate solicitó ayuda financiera para erigir el primer dojo de kárate de Japón. Su petición fue atendida, y en la primavera de 1936, Funakoshi accedió al edificio, cuya entrada estaba presidida por un cartel que rezaba «Shotokan». El comité había bautizado el dojo con el seudónimo poético del maestro, Shoto, esto es, «pino que se balancea», un homenaje a los bosques de coníferas de su Okinawa natal. Lejos de apoltronarse, el maestro redactó un reglamento y un programa de estudios y encomendó a sus estudiantes más avezados la misión de instruir al creciente número de alumnos de kárate de las distintas universidades. Con el tiempo, muchos de estos karatecas exportaron su arte a otras ciudades de Japón y fundaron nuevos dojos bajo la supervisión del anciano Funakoshi.

Con motivo del estallido y posterior recrudecimiento de la Guerra del Pacífico (1937-1945), un gran número de estudiantes fueron enviados al frente, del que muchos no regresaron. En la primavera de 1945, el Shotokan quedó destruido tras un bombardeo sobre Tokio, un castigo rutinario al que sus ciudadanos ya se habían habituado. La capitulación de Japón en septiembre de aquel año selló el destino del país e inauguró una dramática posguerra.

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Gichin Funakoshi practicando con el makiwara

Con la ocupación de Japón por las fuerzas estadounidenses, los soldados allí destinados tuvieron la oportunidad de conocer de primera mano la ancestral cultura nipona. Algunos de estos militares expresaron su deseo de aprender kárate del mismo Funakoshi. Tras la firma definitiva de la paz en 1952, el maestro fue invitado a realizar una serie de exhibiciones para los pilotos estadounidenses con la asistencia de los karatecas Isao Obata, Toshio Komata y Masatoshi Nakayama, fundadores de la Japan Karate Association (JKA), creada con el fin de preservar el legado del maestro: la internacionalización del kárate había comenzado.

Ō

Como pone de manifiesto el legendario relato sobre la génesis del kárate, el camino de la mano vacía fue concebido como una senda mediante la que fortalecer cuerpo y mente. La técnica (jutsu) jamás debe anteponerse al camino (); el auténtico progreso reside en partir de la primera para adentrarse en el segundo.

La esencia del karatedō descansa sobre una sencilla premisa: en kárate no existe primer ataque. Un verdadero karateca debe estar siempre alerta, pero nunca recurrir a sus destrezas para dañar a otros, salvo que su vida corra un serio peligro. En palabras de Funakoshi sensei:

«Sólo aquellos que siguen el camino correcto en todo momento son capaces de lograr un dominio de movimientos que trascienda los métodos establecidos, y alcanzar una verdadera comprensión de las técnicas.»

Gichin Funakoshi falleció en 1957, reconocido de forma unánime como el padre del kárate moderno.

4 Comentarios

  1. En contra de los que dice este artículo, el Kanji correcto para “Kara” es el de China. Lo dice el propio Funakoshi en su libro “Mi camino”. Reconoce que se cambió por el de puño porque, en aquella época, todo lo relativo a China estaba mal visto. Al principio se escribía con el Kanji China “Puño o mano china” y luego lo cambiaron por el de “Puño o mano vacía”.

  2. De hecho, yo no he dicho que su traducción como «vacía» sea la correcta, sino que la etimología es ambigua a falta de testimonios escritos que confirmen una u otra versión. Lo único que podemos afirmar es que aquélla se ha impuesto -con el aval de Funakoshi- no ya porque se corresponda con su sentido originario -el maestro se inclinaba porque era el de «china»-, sino porque resulta más adecuada para describir la disciplina marcial conocida como kárate. Un saludo.

  3. […] Gichin Funakoshi y los orígenes del kárate moderno: “La fecha de 1868 marcaría un antes y un después en la historia de Japón. Fue este el año de la Restauración Meiji, punto de partida de un vertiginoso proceso de modernización por el que el país abandonaría su estructura feudal tradicional en pos de su homologación con las grandes potencias industriales del momento. En esta encrucijada nació Gichin Funakoshi (1868-1957) en la ciudad de Shuri (Okinawa), capital de Ryūkyū, en el seno de un clan samurái de la clase shizoku.” […]

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