I

El avión está a punto de tomar tierra.

A través de las ventanillas, los alrededores de Ispahán nada tienen que ver con la  quimérica imagen de los cuentos. En realidad lo que mis ojos ven es un inmenso erial polvoriento, sembrado aquí y allá por raquíticos matorrales hasta un horizonte caliginoso que invita tentadoramente al espejismo.

Dentro del avión comienza entre las pasajeras la habitual actividad de la que ya me habían hablado. Sin prisa pero sin pausa van desapareciendo los hermosos cabellos, los precavidos escotes, los brazos desnudos, los colores en el atuendo…

Cuando llegamos a la terminal cada una de las mujeres se ha transformado en una versión casi uniforme de la calenturienta misoginia religiosa que reina hoy en día en Irán. Chadores negros como ala de cuervo, chaquetas de paño que ocultan las formas, pañuelos pardos y grises en la cabeza que asustarían a cualquier rizo rebelde.

Aunque avisados, desde luego empezamos mal. La legendaria Persia no parece un lugar para alegrías.

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Puente sobre el río Zayandeh. | Mariano Calvo Haya.

II

Mientras el taxi nos acerca a la ciudad, como en una ensoñación, pienso en el jardinero que huyendo de la muerte cabalgó desde Bagdad a Ispahán, sin saber que aquella misma noche la parca tenía una cita con él en esta ciudad persa. Lo cuenta Jean Cocteau y también Bernardo Atxaga en otra ciudad de leyenda como es Obaba. Pero en realidad es una historia de Sherezade. Como lo es el cuento de la noche 351 que Jorge Luis Borges incluye en  su Historia Universal de la Infamia:

Un hombre que vivía en El Cairo soñó una noche con alguien que le decía que su fortuna estaba en Ispahán. Y hacia allí viajó afrontando gran cantidad de peligros. Cuando llegó a Ispahán, le sorprendió la noche y se acostó a dormir en el patio de una mezquita. Sin embargo acertó a pasar por el lugar el capitán de la guardia, que sospechando que fuera un ladrón le dio una paliza que lo dejó sin sentido y lo envió a la cárcel.

A los dos días el capitán lo mandó llamar y le preguntó que quién era y cuál era su patria; a lo que nuestro hombre declaró: -Soy de la ciudad de El Cairo y mi nombre es Mohamed El Magrebí. El capitán le preguntó: -¿Qué te trajo a Persia? El cairota optó por la verdad y le dijo: -Un hombre me ordenó en un sueño que viniera a Ispahán porque aquí estaba mi fortuna y veo que esa fortuna deben ser los azotes que tan generosamente me diste.

Ante esas palabras, el capitán, riéndose, acabó por decirle: -Hombre desatinado y crédulo, tres veces he soñado con una casa en la ciudad de El Cairo en cuyo fondo hay un jardín, y en el jardín un reloj de sol y después del reloj de sol una higuera y luego de la higuera una fuente y bajo la fuente un tesoro. Y no he dado el menor crédito a esa mentira. Tú, sin embargo, has ido errando de ciudad en ciudad bajo la sola fe de tu sueño. Que no te vuelva a ver en Ispahán. Toma estas monedas y vete.

El hombre las tomó y volvió a su patria. Y debajo de la higuera y de la fuente de su jardín se dio de bruces con su sueño. Y con el del capitán.

Mariano Calvo Haya.
Foto: Mariano Calvo Haya.

III

Pero estoy en Ispahán, y el intenso tráfico me advierte que esto no es un sueño. Con los días comprenderé que es fácil encontrarse en Irán con gente hospitalaria y enormemente agradable, justo hasta el momento en que ponen sus manos sobre el volante de un vehículo.

Pero en la plaza de Ispahán los únicos vehículos que transitan son los coches de caballos. Si Ispahán fue llamada la mitad del mundo, la plaza de Naghsh i Jahan es el epicentro del territorio legendario. No obstante, mientras contemplo su inmensidad me viene a la cabeza el episodio que Ryszard Kapuscinski cuenta en el libro titulado El Shah o la desmesura del poder. De pronto la inmensa plaza se despoja de multitudes y queda vacía. En medio, solitario en su tragedia, un hombre acribillado en su silla de ruedas, cabizbajo, inmóvil, muerto. Lo de menos es que la manifestación fuera contra el Shah o contra el dominio aplastante de los Ayatollah. Lo que cuentan son los cadáveres silenciosos y los exiliados. No en vano la historia reciente de Irán es una sucesión de desmesuras.

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Vendedor de alfombras. | Mariano Calvo Haya.

IV

Ahora ya sé lo que es un mercado persa. En realidad, puedo observar in situ a qué se refiere la gente cuando utiliza la expresión «mercado persa». Los laterales de la gran plaza son una infinitésima parte del Bazar de Ispahán. Lo recorremos en sucesivas ocasiones pensando que estamos llegando al límite y siempre nos encontramos con una vuelta y otra revuelta, y un pasillo oscuro que nos lleva al lugar en que trabajan los hojalateros o a la parte en que almacenan sus pertenencias los vendedores de alfombras, y luego están los joyeros y las tiendas de especias y frutos secos o los que venden aves y los que sirven té. Y se cruza de una nave abovedada a otra y de pronto se hace de noche y las claraboyas ya no sirven. Y entonces surge de la oscuridad una princesa del laberinto, con pañuelo a la cabeza, que te habla dulcemente en inglés y te guía amablemente hacia territorios conocidos.

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Bazar de Ispahán. | Mariano Calvo Haya.

V  

El río que cruza Ispahán se llama Zayandeh. Durante nuestra estancia no corre por su cauce ni una sola gota de agua. La tierra está cuarteada y repleta de cornejas cenicientas. Los antiguos y hermosos puentes son en estos días una parábola de la inutilidad. En alguno de ellos, cuentan, que hasta hace poco proliferaban las casas de té, en ausencia de establecimientos de enjundia alcohólica, para disfrute de los paseantes.

Ahora tampoco hay casas de té. Dicen que las prohibió la autoridad. Vaya usted a saber qué clase de pecado mortal, venial o administrativo es culpable de semejante situación.

Sin embargo, en una de sus orillas, se reúne cada día un grupo de ancianos en reposada contemplación mientras mantienen al socaire un pequeño montón de brasas que calientan unas rudimentarias vasijas. Al paso, nos ofrecen una taza de té y un rato de conversación. Como corresponde en estos casos nos preguntan que de dónde somos, y tras nuestra respuesta nos miran como si saliéramos del más allá.

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Cauce seco del río Zayandeh. | Mariano Calvo Haya.

VI

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Foto: Mariano Calvo Haya.

A veces uno podría pensar que hay miradas que matan.

Sol, la única mujer de nuestro viaje vive incómoda en su disfraz. No está acostumbrada a mantener un control tan persistente con su indumentaria y con sus actos. No debe mostrar el cabello, no debe recogerse las mangas, no puede enseñar ni un resquicio de su escote, no puede sentarse de cualquier modo. No puede fumar.

Salvo esto último, intenta cumplir con lo que se supone que es correcto en un país en el que las mujeres tienen demasiadas prohibiciones. Demasiadas, son todas aquellas que únicamente afectan a las mujeres.

Y son las mujeres, precisamente, las que más la miran. Por eso hay miradas que matan, pero también hay miradas inquisitivas y miradas curiosas y miradas agradecidas y miradas solidarias. Miradas con sonrisa.

VII

Un poema persa

La calle se pone difícil

si no caminas por la sombra.

Al mediodía todavía es peor

porque las sombras se han derretido

bajo un sol intransigente

que golpea en la piel como un martillo.

Y entonces, por la avenida, sorteando automóviles

caminas tú,

disfrazada de sombra

-aunque yo te prefiera vestida de nube-.

Toda ojos.

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Bazar de Ispahán. | Mariano Calvo Haya.

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