Puesto ya el pie en el estribo,

con las ansias de la muerte,

gran señor; ésta te escribo.

El 19 de abril de 1616, Miguel de Cervantes Saavedra era plenamente consciente de la proximidad de su propia muerte. El escritor acababa de finalizar la que sería su última narración, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, novela bizantina con la que ambicionaba triunfar en un género entonces tenido por respetable. Una historia, en definitiva, alejada de la de aquel ingenioso hidalgo que tanta fama y reconocimiento le había proporcionado. Para entonces, su estado era de la mayor gravedad; el día anterior había recibido la extremaunción, el último de los sacramentos, administrado en vísperas de la muerte. Impedido para la escritura, Cervantes hubo de dictar el prólogo de su novela postrera. Muy a su pesar, la citada copla le iba «a pelo» a la dedicatoria dirigida a Pedro Fernández de Castro, Duque de Lemos, su protector. Sus versos anunciaban un destino que Cervantes asumía ya con resignación y cuya evitación, en palabras del propio autor, «no sería ventura, sino milagro». La dedicatoria constituía un trámite, un último acto de agradecimiento hacia quien fuera su benefactor en vida, a quien advertía de su cercano deceso.

El prólogo de Los trabajos de Persiles y Sigismunda constituye un ejemplo singular dentro de su género. De una brevedad inusual, ni siquiera se hace mención en él de la obra prologada. Cervantes aprovecha la oportunidad que se le ofrece para hacer del prólogo una sentida despedida, no exenta del humor que impregna el conjunto de su obra. Así pues, cuenta el literato que, a su regreso de la localidad de Esquivias en compañía de dos amigos, un joven estudiante que estaba a sus espaldas pretendía darles alcance. Llegado a su altura, el estudiante los interroga con el propósito de saber a qué obedece tamaño apremio. Uno de los acompañantes del escritor contesta con naturalidad que «El rocín del señor Miguel de Cervantes tiene la culpa desto, porque es algo qué pasilargo». Al escuchar el nombre de Cervantes, el estudiante descabalga de forma un tanto atropellada y, aproximándose para estrecharle la mano izquierda, exclama: «¡Sí, sí; éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre, y, finalmente, el regocijo de las musas!». Con la más profunda humildad, Cervantes corresponde tan gran alarde de cortesía con unas palabras: «Ese es un error donde han caído muchos aficionados ignorantes. Yo, señor, soy Cervantes, pero no el regocijo de las musas, ni ninguno de las demás baratijas que ha dicho vuesa merced; vuelva a cobrar su burra y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta del camino». Durante la travesía, el autor, que se sabe más muerto que vivo, afirma a propósito de su enfermedad: «Mi vida se va acabando, y, al paso de las efeméridas de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida». Cervantes ha perdido toda esperanza en medicinas, remedios y cataplasmas. El estudiante acompaña así al escritor hasta la ciudad de Toledo, en donde éste se despide del joven «agradecido a la voluntad que vuesa merced me ha mostrado».

Miguel de Cervantes falleció el 22 de abril de 1616. Quizá aquel «estudiante pardal» no fuera sino expresión simbólica del público al que el escritor había llegado con sus obras, muy distinto de la audiencia erudita a la que se había propuesto cautivar. Quien aspiraba a cosechar la gloria de las letras en los prestigiosos campos de la poesía y el teatro, terminó por obtenerla en un género, la novela, entonces considerado inferior a aquéllos. En su ingenuidad, Cervantes no podía siquiera sospechar que, en paralelo al acelerado declive de su cuerpo, su alma literaria comenzaba a elevarse hacia la inmortalidad. Puesto ya el pie en el estribo, Cervantes partía confiado y lleno de buenos deseos: «Adiós gracias; adiós donaires; adiós regocijados amigos; que yo me voy muriendo y esperando veros presto contentos en la otra vida».

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