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El término gekiga fue acuñado en 1957 por el historietista Yoshihiro Tatsumi (1935-2015) con el decidido propósito de marcar distancias respecto al manga convencional de mediados del siglo XX, caracterizado por su orientación hacia un público infantil, ávido consumidor de relatos de evasión.

Su génesis como género con identidad propia es indisociable del triunfo de un modelo de negocio conocido como kashihon’ya, cuyos orígenes se hallan en el conocido como período Edo (1603-1868). El kashihon’ya era un pequeño comercio dedicado al alquiler de libros y la venta de golosinas y artículos de papelería. Sus clientes podían tomar obras en préstamo o leerlas en el propio establecimiento a un precio asequible en una época de escasez. Este tipo de librería recibió un espaldarazo definitivo en los primeros años de la posguerra con la publicación del manga Takarajima (1947), el clásico de Osamu Tezuka editado en formato akahon, que gozó de un éxito inédito hasta el momento.

Por aquel entonces, la industria del manga transitaba por dos grandes canales de distribución: publicaciones periódicas (zasshi bunka) y alquiler de libros (kashi-hon). La ciudad de Osaka, que contaba con una exuberante tradición cultural a sus espaldas, fue una de las urbes en las que el sector del kashihon encontró un mejor acomodo. Editores locales contrataron los servicios de mangakas como Tatsumi para satisfacer la creciente demanda de historias por parte de una audiencia en expansión.

Una vida errante (Astiberri, 2009) | Yoshihiro Tatsumi
Una vida errante (Astiberri, 2009) | Yoshihiro Tatsumi

El concepto gekiga vio la luz por vez primera con Yūrei taxi (Yoshihiro Tatsumi, 1957), una historia publicada en el marco de la revista Machi. Su desarrollo estuvo vinculado con la necesidad de discriminar un conjunto de trabajos que se alejaban del tono infantil hegemónico dentro del manga en pro de un enfoque más maduro y realista, dirigido a cautivar a adolescentes y adultos mediante narraciones refinadas cuyos contenidos podían no ser aptos para niños.

En 1959, una serie de mangakas en la órbita de la editorial Hinomaru Bunko -entre los que se incluía Tatsumi- emigraron a Tokyo y fundaron el Taller Gekiga (Gekiga Kōbō). Conformado a iniciativa del propio Tatsumi y con las líneas maestras del gekiga como referente estético compartido, el grupo contó con Takao Saitō, Shōichi Sakurai, Masahiko Matsumoto y Fumiyasu Ishikawa entre sus integrantes. Estos jóvenes artistas convivieron por una breve temporada en el área de Kokubunji, al oeste de la capital japonesa, que se transformó en el gran foco irradiador del movimiento. Su órgano de expresión fue la revista Matenrō, vehículo de experimentación de la nueva tendencia.

En su manifiesto, remitido a los principales diarios, editoriales y dibujantes del momento, Tatsumi incidió en lo refinado de su técnica y la franja de edad de su audiencia potencial como los rasgos definitorios de su rompedor estilo. Pese a las divergencias inherentes a la visión de cada autor con respecto a sus correligionarios -que condujo a la pronta descomposición del grupo apenas un año después de su nacimiento-, el Taller Gekiga supuso toda una afirmación de independencia con amplias repercusiones sobre el medio en su conjunto.

El especialista en literatura japonesa Roman Rosenbaum apunta hacia tres grandes factores como los responsables de la eclosión del género: primero, la labor de Tatsumi y sus colegas, centrada en el relato breve destinado al ámbito del kashihon; segundo, el trabajo de los historietistas Shirato Sanpei y Mizuki Shigeru, deudores de la tradición oral del kamishibai; y tercero y último, la senda inaugurada por Osamu Tezuka, pionero de la narración extensa en el manga y ferviente admirador de los filmes de animación de la factoría Disney. En este sentido, los autores de gekiga, insatisfechos con las analogías antropomórficas de corte disneyano, abrazaron un mayor realismo en la técnica reflejo de la corriente nikutai bungaku o «literatura de la carne». Asimismo, el influjo del cine negro estadounidense de las décadas de 1940 y 1950 y la aplicación de recursos cinematográficos al manga tuvieron un impacto más que notable sobre Tatsumi, su principal abanderado.

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Pescadores de medianoche (Gallo Nero, 2018) | Yoshihiro Tatsumi

El gekiga redefinió las fronteras del manga y favoreció el cultivo de nuevos géneros. El realismo social de sus historias, testimonio de las contradicciones del Japón contemporáneo, condujo a jóvenes y adultos alienados -más víctimas que beneficiarios del veloz crecimiento económico nipón- a identificarse con unos relatos que proporcionaban un altavoz a sus tribulaciones cotidianas. Ni siquiera el maestro Tezuka -crítico con el gekiga en un primer momento- permaneció ajeno a su propuesta, un hecho observable en títulos como Dororo, Black Jack o Adolf ni tsugu, en donde se perciben algunos de sus rasgos.

La obra autobiográfica Una vida errante, con guión y dibujo de Yoshihiro Tatsumi, constituye la crónica oficial de unos años decisivos en la evolución de la historieta japonesa, un escaparate privilegiado para todo aquel interesado en el manga para adultos.

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