Tres pistas, tres ambientes, zona disco, zona rock-pop y zona de videojuegos. Vuelven los 90 a base de festivales por toda la geografía nacional. Love the 90´s Festival es un fenómeno cultural que crea tendencia en España. Madrid, Barcelona, pero también la periferia (Santander, Valencia o Gijón). Instalaciones ciclópeas donde resolver tus sueños incumplidos. Revive el suicidio de Kurt Cobain, juega al Super Mario Bros con la Nintendo, ven a nuestro San Junipero nacional y disfruta de tu propia agonía existencial con desconocidos y conocidos que no habías visto en 20 años.  

Los 90 son tendencia otra vez. Ya sabes, en la moda todo vuelve. Las salas de cine distribuyen películas de Rompe Raplh, Sonic para niños o no tan niños y todo sin Pin Parental. Para adultos ya tienes documentales sobre Nirvana, Spice Girls, etc. La vuelta de viejas modas para captar el consumo de los cuarentones es efectivo. Los padres bailan con  Whigfield el “Saturday Night” y más tarde le explicarán a sus hijos que Super Mario es un alegre y bigotudo fontanero que tiene emocionantes aventuras a base de meterse en cañerías y aplastar tortugas que tiran martillos. 

La nostalgia consumista 

El cuadro de consumo se ha modificado, el pulsador de compra evoluciona de un ahora constante cargado de impulsos consumistas, a un consumo basado en una nostalgia añorada que conduce a los sujetos a vivir una segunda juventud a base de productos enlatados listos para deglutir. Nada de experimentar vivencias nostálgicas miméticamente con los jóvenes actuales, tampoco nada de revivir tu juventud por los ojos de tus hijos, sobrinos, amigos o compañeros veinteañeros, no vaya ser que tengas que abandonar tu “zona de confort” individualista. El merchandising lo ha conseguido una vez más. Las técnicas de mercadería fundamentadas por la psicología contemporánea puede captar tus anhelos de volver a los veinte en un festival que te lo da todo. 

El formato de consumo nostálgico te lleva a que no necesites construir un presente significativo a base de vivencias pasadas periódicamente actualizadas con momentos nostálgicos. Los revival televisivos abundan; en la parrilla de la Nochevieja de 2020 además de los programas tipo Night Show, los especiales de José Mota y programas de actuaciones musicales grabadas hace meses… la única forma de evadirse del tedio sin moverte del sofá es poner Cachitos de hierro y cromo y mecerse en dulces recuerdos de nuestra juventud a fuerza de clips y actuaciones en Música Sí, Rockopop y Ponte las pilas 

Solo queremos recordar los buenos momentos, construir una actualidad a base de los buenos recuerdos, no tener una visión crítica del todo, visión que sí tendríamos si viéramos nuestros buenos días pasados a través de las vivencias de la juventud actual, veríamos sus virtudes y errores, recordando también los nuestros, lo entenderíamos como una vivencia comprensiva ligada a un presente y enriquecida con el pasado crítcamente  

El sueño del tiempo trae monstruos     

Podríamos explicar estos acontecimientos argumentando que los sujetos viven en una sociedad apurada, en un turbocapitalismo consumista, en el que los individuos se ahogan en un bucle productivo-consumista que arroja una sociedad unidimensional donde solo se puede vivir neuróticamente, en una intermitente depresión taimada por ansiolíticos. 

Padecemos de una cosmovisión del tiempo acelerada en la que se superponen momentos de hiperconsumo, con momentos de insulso tedio productivo alienante y sin sentido. Producimos cosas que no queremos producir, en lugares en donde no queremos estar, y todo para luego consumir cosas que no necesitamos en realidad. El bucle de la producción y el consumo llena toda la dimensión vital y cultural sin dejar espacio para imaginar un alternativa viable. Los análisis de H. Marcuse en El hombre unidimensional de (1964) parecen estar de plena vigencia. 

Sin embargo, no parece que realmente sea la visión del tiempo acelerado la verdadera razón de nuestro padeceres psicóticos y anómicos. Byung-Chul Han, a través de su Saga de la sociedad positiva, intenta cambiar el foco de los análisis a partir de una concepción distinta del tiempo. Han, en su obra El aroma del tiempo, considera que el problema no es la aceleración, sino la disincronía. La disincronía es una concepción del tiempo donde cada momento se atomiza y se dispersa aunque uno sea igual al otro. No existe una cadencia y tampoco existe un rumbo que establezca un sentido a la vida. En los festivales Love the 90’s se percibe como se desliza el tiempo, como los sujetos sumergidos en los grandes éxitos de los 90 no dejan concluir una etapa de su vida, todas las vivencias son efímeras y fugaces. La canción de Chimo Bayo se terminará y la vida de la que me quiero evadir seguirá en el mismo lugar. 

Han nos invita a pensar que el tiempo ya no es un continuo de duración, sino un tiempo disperso particularizado que libera sucesos que no experimentan la duración. Recuperando la temática clásica existencialista, piensa que lo que tenía que ser el final, la muerte, es un instante más. Es decir, los 90 fueron los años del consumo desenfrenado de drogas en la ruta del bakalao, los 90 fueron también los años de la reconversión industrial que lleva a millones de personas a la exclusión social y a la pobreza. No podemos dar sentido a nuestro pasado a fuerza de festivales neuróticos donde solo queremos ver las cosas placenteras de nuestra memoria colectiva. La experimentación de la vida presente reclama una búsqueda del sentido de la misma basándose en su duración reflexiva, no en atomizados momentos llenos de añoranzas emocionales irreflexivas.  

El tiempo atomizado y el rendimiento 

El tiempo atomizado de Han, el tiempo que no dura nos lleva a un problema existencial. El yo experimenta angustia por la carencia de sentido de su vida. La vida actual centrada en el rendimiento permanente concluye en el final de la vida contemplativa, ya no contemplamos el final, la trascendencia y la vida pierde sentido quedando encerrada en lo único seguro que queda, su entidad física corporal. 

Los gimnasios son los monasterios contemporáneos donde vamos a celebrar diferentes ritos relacionados con el culto al cuerpo. Nos obsesionamos con nuestra salud comiendo a base de superalimentos, odiamos envejecer, peor aún no sabemos envejecer, somos incapaces de “hacernos mayores”. De este modo llegamos al lugar preciso donde debemos encuadrar el formato nostálgico de consumo llamado Love the 90´s. Intentamos evadir nuestra vida sin sentido, escondiendonos entre la muchedumbre para estar todavía más solos. Deglutimos festivales para ahogarnos en nuestra nihilista mediocridad, sin querer ver más allá, sin querer ver la realidad. La realidad radical, como diría Ortega, es que envejecemos, y aunque nos volvemos viejos nuestro hedonismo sistémico y patológico no nos permite hacernos mayores, reflexionar sobre nuestra vida en su conjunto, hacia adelante y hacia atrás, en definitivas cuentas somos incapaces contemplar nuestra existencia. La sociedad actual del rendimiento permanente niega el pensamiento contemplativo categorizándolo como pérdida de tiempo, pervive la razón instrumental, el cómo por encima del por qué.    

¿Cómo salir de todo esto? Quizás la respuesta nos la dio Javier Krahe en “Hoy por hoy”, su canción más existencial y contemplativa:    

Como el tiempo ni siente ni padece. 

Lo mismo si hace alegre o si hace triste. 

Hoy estoy para todo lo que existe, 

Lo que ya va morir y lo que crece. 

 

En este instante me siento quien soy, 

Adelante y atrás todo es mi vida, 

Mi vida a la redonda y esparcida, 

Mezclada con el mundo, ayer y hoy. 

 

Porque ayer me ha pasado su recibo: 

Otro día al alcance de la mano, 

Otro día de asombro cotidiano. 

Porque, en fin, me parece que estoy vivo. 

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