Un hombre me contó una vez la historia de la manta del moro. Es la historia que los libros no cuentan y que solo el tiempo se encarga de ir abriéndole hueco entre café y café de sobremesa, de voz en memoria…hasta que llegó a mí. Ésta es la historia que acuna muchas otras historias que todavía están por contar, es una historia del pasado que habla sobre el futuro en el que todavía no hemos escrito ni hemos dejado huella, pero en el que persisten las heridas de una guerra sin cicatrizar.

La historia de la manta del moro es una historia que previene sobre el pasado y predice nuestro futuro. Por eso, porque es un lugar donde ocurre la humanidad, trataré de contar esta historia tal y como lo haría mi abuela; contadora de cuentos y de granos de trigo: rozando el verso y cantando al alma; así es como ella narraba los cuentos que escuchábamos de su viva voz bajo el cielo estrellado de Beni Sidel. Ella hacía de la palabra carne y sangre, era dueña de cada silencio y de cada gesto, pronunciaba el dolor y la alegría como si pertenecieran al mundo ancestral de lo humano. Y así trataré yo de contar esta historia universal: la manta del moro. Solo espero que el hombre que me la contó me perdone por hacer de su historia, mi historia; quizás la única forma de cerrar la herencia de una guerra atroz.

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Evocaré una guerra entre hermanos para contar la historia del infierno. La guerra civil, que es como la Gran Historia quiere llamarla, cuando todas las guerras son atrocidades del civil contra el civil. Esta historia cuenta la guerra fratricida donde empuñar un arma significa la vida y perderla, la muerte. Como en toda pelea entre hermanos, la brutalidad es el sello grabado a fuego. Dos hermanos y ninguno conoce la voluntad del perdón.

Sin embargo, uno de los dos sabe jugar a ponerle cara al miedo para matar de estupor y frío a su hermano. Por eso, inventa una estrategia: busca a otro hombre con rostro voraz, feo, oscuro, lejano… un aliado que solo tiene derecho a carecer de todo y a hacer de su necesidad una supervivencia. De esta forma, otro hombre tiene la oportunidad de convertir su miseria y su hambre en violencia y muerte. Este será el beneficio del que se alimentará el hermano más voraz y así es como en medio de una guerra entre hermanos aparece un tercer hombre; menos que un hombre… le llamaremos moro. Y el moro se convierte en monstruo, en escudo para la inhumanidad de este festín al que ha sido invitado, pero del que apenas podrá saborear los manjares. No muy lejos les espera la batalla decisiva. La batalla del gran banquete al que los hermanos bautizarán con el nombre del río más grande de esta tierra que castiga a la humanidad por no querer entenderse: La batalla del Ebro. Aquí es donde los hermanos olvidarán la sangre y serán trozos de carne.

Hubo de entre los hermanos más voraces dos hombres que tenían entre sus manos una devota misión. Aguardar en la retaguardia, esperar a que el silencio se hiciera presente y solo entonces, subirse a su mula y partir a la tierra del infierno, ese lugar intermedio entre el dolor y la esperanza, ahí donde los cuerpos yacen sobre la duda de una muerte segura. Pero en una de sus incursiones los dos hombres se convertirán sin saberlo en ángeles y en demonios, todo a la vez.  En medio del fuego parten subidos a lomo de su mula y mientras sus ojos buscan a los hermanos con los que comparten el uniforme del paraíso, el infierno se abre y vuela la tierra cielo arriba. Justo en ese instante de vida, cae una bóveda de pólvora del universo y suspende sus cuerpos lejos de la piedra y el barro. Cae un hombre, cae un segundo hombre… y más allá, cae un tercer hombre como palomas sobre el mar.

Uno de ellos hace el ademán de no abandonar. Es uno de los hermanos de la mula que de pie y con la firmeza de un hierro trata de buscar a su compañero de lomo. Pero al mirar entre la humareda y el negro del miedo, ve de repente a un hombre que no es ni él mismo ni su correligionario; tan solo es un hombre y nada más. Se acerca, resiste el grito de la vida que huye por unos instantes, y entonces al tenerlo presente, se da cuenta de la herida mal herida del hombre que yace frente a él. Al detenerse retiene su rostro en el tiempo eterno, y sin quererlo ya no ve a un hombre más, tan solo a un moro y nada más. Entonces, como si de un espejo se tratara, se ve a si mismo muriendo de frío y de adiós, y de su temor nace el amor por el Dios del Dolor. Alarga su mano con firmeza hacia ese moro que es su oportunidad y su futuro, tomando de él lo único que hace que su vida vaya a valer; su manta y nada más. Enfundado en la manta del moro vive y hace de esta historia contada el presente de sus hijos y la herencia de sus nietos. El moro resta ahí, sobre los hombros de este hombre que superó a la vida y que dejó que el mundo rindiera sus cuentas con sus propios miedos.

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Y ahora su nieto me cuenta su historia que yo cuento desde el mundo del cuento que mi abuela me regaló. Y es aquí donde las historias se cruzan con la voluntad de ser contadas por las voces que carecían de relato que contar.  Esta es una historia universal, por hacerla mía y narrarla desde el lugar que me otorga mi propia historia. He pensado en ese instante mágico e irrepetible en el que las miradas de ambos hombres se encuentran. ¿Quién sería este hombre que tomó la manta de un moro moribundo en la Batalla del Ebro? ¿Quién sería este hombre que abandonó la vida sin manta y lejos de su familia en tierra de nadie al que bautizaron como moro? Tal vez, la historia narra la agresión natural de la voluntad de vivir como el único imperativo que nos permite estar aquí. Pero ¿cómo hacer un juicio de valor, cuando el único valor de la historia es vivir o morir?

Quizás por eso pienso en quién me cuenta la historia. Un compañero de trabajo, él es español y tal vez no tendría ninguna duda en corroborarlo.  Quien escucha y narra la historia soy yo. Yo soy marroquí, amazigh, española, catalana. Y tampoco tendría ninguna duda en confirmar todos estos epítetos. Es sencillo visto así, que la historia de su abuelo no es sino la historia de mi abuelo y eso es lo que la hace única. Mi abuelo fue un moro de la Batalla del Ebro, su abuelo un hombre sobre una mula rescatando soldados azules que caían esparcidos por el fuego de sus hermanos. La verdad de estas historias reside en contagiar el corazón del presente. Tal vez por eso, cuando escuché esta historia permaneció en mí de manera latente y busqué una forma de entenderla desde el lugar que ocupa ahora.

Recordé cómo Todorov constataba que el mayor peligro de los pueblos era la “tentación del bien”, es decir, el carácter moralizador en el que vivimos inmersos tratando de juzgar severamente a los demás desde unos criterios de bien del cual todos debemos participar. Pero aún es más moralizador dice este filósofo, acudir a la memoria del mal para aleccionar mejor a nuestros contemporáneos. Confieso que la historia de la manta del moro me dejó la sensación hueca del que no ha sido invitado a la Gran Historia. Entendí días más tarde que la forma en la que hemos abordado la Historia (en mayúsculas) sobre la Guerra Civil española es en gran parte moralizadora. Quienes estamos al margen de esta Historia (los moros) no somos menos; también juzgamos nuestra desgracia actual desde los parámetros del mal que sufrimos en el pasado.

Esta historia, a diferencia de la Gran Historia, no trata de moralizar, ni siquiera seríamos capaces de juzgar lo ocurrido de una forma justa o injusta. Y pensé en mi abuelo, que vivió esa batalla con nombre de río. Pensé en las pocas historias que tengo de él y por su ausencia, carezco de un espacio en el que hacerlo revivir, un tiempo en el que contar su historia universal, una oportunidad donde su historia carente de moralina pueda hallar su verdad en el tiempo. Por eso agradecí esta historia; a través de ella y desnudándola de juicio encontré la historia de mi abuelo. Es una forma de hallar la huella de las historias jamás contadas y que los libros de texto que orientan la enseñanza de la Historia de los jóvenes debieran de empezar a plantear. Yo he heredado la identidad de los historiados, que ahora buscan narrar su historia y tal vez de esta forma se pueda contar la historia de un mundo que busca el perdón de una guerra y que todavía no se ha dado. Al fin y al cabo, contar es una forma de hacer vivir la palabra a través de la voz que nos pertenece; este ha sido el legado de mi abuela a quien le debo el don de contar historias.

Imagen: La Guardia Mora del Generalísimo | Archivos de la Comunidad de Madrid.

1 Comentario

  1. Así es como la historia llega y sirve donde se lamenta el dolor o baila la alegría,en nosotros herederos despistados de esas historias que fueron….

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